Interludioangharad governal |
Puedo volver a soñar.
Veo la cara que invade mis vigilias y mis sueños.
Espero algo que nunca podrá ser. Sin embargo, cuánta alegría me produce esa imagen. Una felicidad intangible.
Anhelo tocar esa mejilla, acariciar con mis dedos los contornos de esa cara, trazar su forma para grabarla en mi memoria: un vínculo físico con la imagen que persigue mis ojos.
La poesía y la luz quedan capturadas en una sonrisa. Un destello de los ojos, una bendición buscada.
Pelo del color de la noche y ojos de un profundo azul celeste.
Cuánto cariño en esos ojos... ¿Consiguen ver la tontería de los míos... el amor absoluto que irradian? Una muerte feliz, efectivamente...
Los besos en el cuerpo provocan lágrimas.
Un verso de un pergamino que leí hace tiempo resuena en mi mente. He soñado con esto, con tocarla así desde hace tanto tiempo. Siento el corazón lleno a rebosar.
Las circunstancias de locos que han producido esto, que por fin nos han unido en esto, no están claras en mi mente.
No es nada y lo es todo al mismo tiempo.
La existencia, la vida, el universo, nacen en este momento.
No existía nada antes de esto.
No existirá nada después de esto.
Es sólo el ahora.
El ahora es lo único que importa.
Mis dedos siguen los contornos de su piel; su suavidad en la punta de mis dedos; su calor fundido con el mío. Su piel es más embriagadora que cualquier vino que haya probado, sus efectos igual de potentes.
Se me corta la respiración. Parte de mí no consigue creer que esté ocurriendo esto.
Alzo los ojos y me encuentro con el azul de los suyos.
Veo deseo en esas profundidades.
Veo amor.
Mis dedos se mueven por voluntad propia. Nuestras miradas se unen cuando mis dedos la tocan. Sus ojos se cierran mientras le acarició delicadamente el sexo. Me maravilla la suavidad que descubro.
Un suave suspiro se escapa de entre sus labios.
Tengo el corazón en un puño. Me invade una súbita timidez. Mi caricia se hace más lenta, aunque su necesidad me insta a continuar.
Abre los ojos y sus dedos se enredan en mi pelo y se mueven para acariciarme la mejilla.
Es bella. Ese pensamiento atraviesa ardiendo mi mente. Una epifanía. Su belleza me roba la voz, el aire mismo de los pulmones...
Cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, recupero la voz. Es un murmullo. Un susurro.
—¿Puedo besarte aquí?
La acaricio de nuevo; muevo la mano con delicadeza sobre su sexo.
Oigo cómo se le corta el aliento y mi nombre se derrama de su boca en un susurro de apremio.
—Gabrielle.
El sonido de su voz me atraviesa.
Me quema el alma como la sensación de su piel me quema los sentidos.
Mi nombre en sus labios es una bendición. Una santificación. Rezo en su altar.
Me robaste el corazón, hermana mía, esposa, me robaste el corazón con una sola mirada de tus ojos, con un solo sartal de tu cuello. ¡Cuán bellos son tus amores, hermana mía, esposa; cuánto mejores que el vino son tus amores! Y el olor de tus perfumes excede a todos los bálsamos. Panal destilan tus labios, esposa; miel y leche hay bajo tu lengua.
Me robaste el corazón, guerrera mía, me robaste el corazón...