Muro de silencio

Gabrielle Goldsby



Capítulo 9

—Mmm, café —murmuré mientras luchaba por salir de mi estado comatoso. Le daría al botón de la alarma intermitente y me quedaría sobando un poco más antes de ir al trabajo. Alargué la mano hacia la mesilla de noche con los ojos aún cerrados. Olisqueé un momento las sábanas desconocidas y abrí los ojos de par en par, buscando en vano a la desdichada que se había acostado conmigo la noche pasada. Vi la extensión azul oscura del suelo y la realidad regresó en tromba como una patada en el culo. Esto no era un sueño. Era una persona requerida por la ley. Fugitiva como los innumerables hombres y mujeres a los que yo misma había perseguido durante los últimos ocho años.

Busqué a Riley y al no verla, decidí meterme en la ducha. Cogí mi camiseta del DPLA y me la metí por la cabeza. Era lo bastante larga para taparme un poco, pero tenía que darme prisa si no quería enseñarle a Riley mis escasos encantos. Cuando pasaba ante la habitación donde había dormido, oí una respiración fatigosa que salía de dentro. Retrocedí un paso y atisbé por el hueco que dejaba la puerta entornada. Riley estaba sentada en un banco para pesas con unos pantalones cortos de algodón gris ajustadísimos y media camiseta a juego. Tenía los ojos cerrados y una pesa de aspecto imponente sujeta en lo alto y un poco hacia atrás. El moratón que tenía encima del ojo ya casi no se notaba. Me quedé mirándola mientras subía y bajaba la pesa despacio y sin parar, tensando y aflojando todos los músculos del cuerpo al hacerlo. De su boca firmemente apretada se escapaban resoplidos continuos. Los músculos de su estómago se encogían cada vez que levantaba la pesa por encima de la cabeza y le caía un río de sudor por la sien que le bajaba por el cuello hasta el pecho y desaparecía provocativo entre sus pechos.

Me obligué a salir de mi trance y me di la vuelta antes de que me pillara y tuviera que darle explicaciones. Qué momento más inoportuno. Siempre había dado por supuesto que mis impulsos sexuales eran prácticamente nulos. La mayoría de las relaciones sexuales que sí había tenido, y ojo, que tampoco habían sido tantas, no las había iniciado yo. Girlfriends era una revista que hojeaba de vez en cuando, pero nunca había tenido novia propia y estaba tan a gusto.

Riley Medeiros era una anomalía. Jamás en toda mi vida, ni siquiera durante mi turbulenta adolescencia, había tenido una descarga de lujuria pura como la que experimenté al ver sudar a esta mujer.

Había matado a un tipo, ahora el Departamento de Policía de Los Ángeles, que por cierto, era donde yo trabajaba, me buscaba para interrogarme, los dos cretinos asignados a mi caso estaban intentando cargarme un asesinato que había cometido, mi libido había decidido ponerse en marcha a pleno rendimiento y, para colmo, se había activado por una mujer hetero.

Me eché una buena cantidad del champú de Riley en las manos y empecé a frotarme el cuero cabelludo. Sentía la punzada de las lágrimas, pero las reprimí. Llorar no me iba a servir de nada. Iba a tener que hacer frente a esto con lógica. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a mi padre, pero estaba segura de que eso era lo que se esperaban que hiciera. Como tenía por costumbre, intentaría ayudarme a salir del embolado en el que me había metido. No, pasara lo que pasase, no podía implicarlo a él, esta vez no. Esta vez no se trataba del robo de un par de pendientes para una novia del instituto o una bolsa de patatas fritas. Se trataba de un asesinato, y ni siquiera el gran Clive Everett podría sacarme de ésta.

Me aclaré el champú del pelo y empecé a enjabonarme el cuerpo. Iba a tener que marcharme de aquí lo antes posible. No quería que Riley tuviera más problemas de los que ya tenía. Esperaba que los dos payasos de mi apartamento no la identificaran y siguieran su rastro hasta Secretos, pero no contaba con ello. De repente me empezó a entrar una sensación de soledad, pero la rechacé tercamente.

A menudo me había planteado cómo sería la vida de un criminal fugitivo. Siempre temeroso de que alguien lo reconociera. Sin poder ponerse en contacto con sus seres queridos o sus amigos, y sin poder hacer tampoco nuevos amigos. Yo apenas estaba empezando y ya me sentía perdida. Di vueltas a mi situación hasta que me empezó a doler la cabeza, y entonces pensé que iba a gastar toda el agua caliente de Riley. Cerré la ducha y cogí una de las cuatro toallas a rayas blancas y azules del armarito. Me sequé por completo y luego, con una mueca, me puse la camiseta sucia del DPLA.

Me enrollé la toalla húmeda alrededor de la cintura y salí del cuarto de baño. Riley me daba la espalda y estaba hablando por teléfono, con un vaso de algo que parecía agua en la otra mano. Se había quitado las deportivas y estaba vestida tan sólo con los pantalones cortos de deporte y la camiseta. Pude admirar su espalda y sus hombros por un momento sin que se diera cuenta. Estaba tan metida en mi ardorosa observación que casi no oí lo que dijo a continuación.

—No sé cuánto tiempo va a ser, pero te llamo. ¿Vale?

Estaba en lo cierto. Le estaba complicando la vida con mi presencia. Alguien la esperaba. Intenté no hacer caso de la opresión que tenía en el pecho, pero como no lo conseguí, me dije que era puro y simple miedo a la soledad, nada tan complicado como los celos. Sentir una cosa así ahora sería una ridiculez absoluta.

—Que síííííí, Brad, que no me olvido.

Por su tono me di cuenta de que Brad era alguien a quien quería mucho.

—Te quiero. Adiós.

Pensé en volver a meterme en el cuarto de baño, pero decidí que eso llamaría más la atención que dejar que pensara que acababa de salir. Esperé a que notara que estaba detrás de ella, pero no lo hizo. Pensé que me habría oído salir del baño, pero evidentemente estaba tan enfrascada en su conversación con Brad que no me había oído en absoluto. Casi me reí de mí misma, a pesar de la situación: no sabría qué hacer con Riley Medeiros aunque fuera mía. Efectivamente, amigos, lo mío es mucha labia, pero poca acción, y soy la primera que lo reconoce.

Carraspeé y al no obtener respuesta, dije:

—Hola —con cierto exceso de volumen.

Pegó un respingo, como lo pegaría cualquiera que tuviera a un pedazo de idiota vociferándole por detrás.

—Hola, no te he oído. ¿Me has dejado algo de agua caliente? —preguntó en broma. No me sentí ofendida, aunque tampoco podría haberlo hecho. Por el reloj que tenía encima de la cabeza, me di cuenta de que había estado en la ducha más de una hora.

—Lo siento.

—Lo decía en broma.

Asentí.

—Lo sé. —Por un instante me pregunté si me diría quién estaba al otro lado de esa cariñosa llamada telefónica que acababa de oír.

Corta el rollo, Everett. Deja de comportarte como si tuvieras permiso para meter las narices en sus asuntos. Abochornada, recorrí la estancia con la mirada y me fijé en un par de pantalones cortos de baloncesto de nailon negro, una camiseta en la que ponía Cuerpo por mí y un par de chanclas naranjas. Todo ello estaba colocado ordenadamente encima de la cama que había sido hecha mientras yo estaba en la ducha.

—¿Eso es para mí? —le pregunté al acercarme a la cama y mirar la ropa.

—Sí. —Dejó su vaso de agua y se acercó a mí, con cara preocupada—. Se me ha ocurrido que podía lavarte la ropa que has traído. Está un poco sucia.

Asentí, avergonzada y agradecida al mismo tiempo.

—¿Estás bien?

—Sí... teniendo todo en cuenta. —Intenté sonreír—. Mucho mejor después de la ducha, gracias.

—De nada.

Siguió mirándome un momento, como si quisiera decir algo más, pero se lo estuviera pensando. En cambio, se dirigió hacia el cuarto de baño.

—Quería darte las gracias por ayudarme. —Dios, ¿la que habla soy yo?, pensé, atónita al ver que las palabras salían despedidas de mi boca sin mi conocimiento—. Quiero compensarte si puedo, pero primero tengo que solucionar todo este lío.

Asintió, indicando que lo comprendía, y dijo solemnemente:

—Ha sido un placer.

¿Sabéis qué? La gente dice eso todo el tiempo. "Ha sido un placer", me refiero, pero nunca había pensado que nadie lo dijera en serio. Pero en este caso, la creí. Por la razón que fuera, Riley Medeiros quería ayudarme. Me aparté de ella hasta que noté que mis rodillas tocaban la cama y prácticamente me desplomé de agotamiento, provocado por el alivio. Es muy duro estar sola en el mundo. Y ahora, gracias a Riley, ya no me sentía tan sola. Lástima que no pudiera aceptar lo que me ofrecía.

—Ahora me voy a duchar. ¿Estarás aquí cuando salga? —preguntó con cautela.

Cree que me voy a fugar sin despedirme. Debería hacernos ese favor a las dos, pensé con cinismo. Pero lo que dije fue:

—Sí, aquí estaré.


Decidí ocuparme de algo en la cocina mientras Riley se duchaba. Era lo mínimo que podía hacer para compensarle su amabilidad. Di de comer a Bud a toda prisa y le expliqué que se trataba de una situación de vida o muerte y que, por tanto, no había podido traer su bola para hámsters. No daba la impresión de querer escuchar mis excusas, por lo que le di un poco más de comer: no me opongo a comprar el amor. Me lavé las manos y abrí la nevera de Riley.

Tuve que controlarme para no soltar una exclamación al ver el desastre que ella consideraba una nevera. Dios mío. ¿Dónde estaban las seis latas de Coca-Cola? La garrafa de agua parecía reírse de mí desde sus alturas del primer estante. Hasta me habría conformado con una Coca Light. ¿Pero sólo agua? A menos que tuviera Kool-Aid, el panorama estaba muy negro. ¿Y dónde estaba la leche entera para los cereales? Miré con desprecio la botella de leche desnatada. El agua compartía estante con un vaso de batidora en el que había una sustancia de aspecto venenoso. Decidí seguir adelante y abrí la fiambrera. Ni siquiera tenía queso en lonchas o salami seco, por favor. Abrí el cajón blanco inmaculado de su nevera donde ponía "Verduras" y por fin solté un gritito sofocado al ver la cantidad de cosas verdes que lo atestaban. Saqué con cautela un puñado de zanahorias y lo miré con curiosidad. No tenía sentido. No tenía salsas de ningún tipo para mojarlas, ¿qué demonios iba a hacer con una simple zanahoria? Hurgué más en el cajón y descubrí cuatro mazorcas de maíz, un calabacín, una calabaza y una berenjena. ¿Una berenjena? ¿Quién en su sano juicio se compra una... cosa morada para metérsela en la boca? ¿Y a qué venían todas estas verduras de aspecto fálico? Meneando la cabeza, volví a meter toda esa vegetación en el cajón de la nevera y lo cerré con firmeza.

Bajé con precaución hasta el cajón de la fruta, convencida sólo a medias de que me iba a encontrar bombones de fruta como los que yo guardaba en el mío. Una vez Smitty y yo tuvimos una discusión sobre si los bombones de fruta llevaban dentro zumo de frutas de verdad. La apuesta acabé ganándola yo. El triste recuerdo me distrajo por un momento, pero regresé rápidamente al presente al abrir el cajón. Dentro Riley tenía... nada de bombones de fruta, ni siquiera yogures caducados hacía un mes, como tenía yo. Tenía fruta: melón, fresas, moras y manzanas... debería decir tres tipos de manzanas, para ser exactos. ¿La mayoría de la gente no compra sólo las rojas? Yo siempre había creído que las verdes no estaban aún maduras. Chasqueando los labios con asco, cerré la puerta de su nevera y abrí el congelador.

—Seguro que tiene un paquete de hamburguesas o algo así aquí dentro.

Me quedé mirando dos grandes bolsas de congelación, una de las cuales contenía pechugas de pollo y la otra una especie de salsa roja, una bolsa de bollos, unos filetes y dos bandejas para hielo. Ni salchichas, ni platos precocinados, ni carne picada, ni helado. Los bollos no me parecían mal, pero no había visto nada de mantequilla o queso, por lo que deduje que con eso no podía contar. Mi registro de los armarios reveló dos cajas de copos de maíz, unas galletas de trigo y una hogaza de pan blanco. Debajo de las encimeras encontré un juego de ollas y sartenes bastante vetusto, unos cuantos platos y cuencos baratos parecidos a los que tenía yo y una tostadora prácticamente nueva. Improvisando como el genio de la cocina que no soy, preparé lo que me pareció un desayuno decente... si se había sobrevivido a base de racionamiento durante meses.

Riley salió del baño vestida con unos vaqueros y una camiseta, con el pelo aún mojado que le caía por la espalda. Tenía un aire fresco y, bueno, como para comérsela, que ya es más de lo que se podía decir de nuestro desayuno. Miró a su alrededor un momento y por fin me localizó sentada a la mesa. Cereales fríos con trozos de plátano, puesto que no parecía tener azúcar, y tostadas de pan blanco sin mantequilla. Bueno, vale, un poquito de mantequilla de soja que descubrí tras un segundo registro de la nevera, pero tenía la esperanza de que me lo cediera, ya que yo era la invitada y esas cosas. Medio melón y un vaso de agua para cada una. Qué rico, ¿eh?

—¿Cómo sabías que estaba muerta de hambre? —Se sentó enfrente de mí y cogió la cuchara. Miró mi gran tazón de cereales y luego el suyo antes de ponerse a ello. Estuvo masticando varios minutos, con los ojos azules chispeantes. Me uní a ella, esforzándome por no pensar en las tres cucharadas colmadas de azúcar que suelo ponerles a mis cereales.

—¿Siempre desayunas tanto? —Señaló con la cuchara mi medio melón, mi gran tazón de cereales y mis tres tostadas sin nada.

Mastiqué varias veces más con mucho crujido y tragué antes de contestar.

—Normalmente más. No quería dejarte sin nada. He visto que ya tienes que hacer compra.

Su boca se curvó con esa sonrisa suya rara vez vista y dio la impresión de estar haciendo un esfuerzo para no echarse a reír.

—Hice la compra ayer por la mañana —dijo con la boca llena.

—¿En serio? —dije con la boca llena de cereales. Me encantaban las mujeres que hablaban con la boca llena. Eso quería decir que yo podía hacer lo mismo sin preocuparme por si pensaban que no tenía modales.

—Sí, fui ayer. —Siguió sonriendo como si fuera un chiste privado y meneé la cabeza. Pues muy bien, pero a mí me parecía que no tenía gran cosa para comer en toda la casa.

—Ah, por cierto, ¿me puedo comer esto? —Le mostré el cuadradito de mantequilla de soja. Enarcó las cejas.

—Sí, pero no sé desde cuándo lo tengo —dijo.

—No importa —dije, mientras embadurnaba el pan con la sustancia marrón—. Yo he tenido mantequilla en la nevera durante meses y no me he muerto cuando me la he comido. —Di un bocado a la tostada, hice una mueca por el sabor tan soso y di otro gran bocado.

Levanté la mirada y vi que mi gran compañera temblaba en su asiento. Dejé de masticar un momento y entonces caí en la cuenta de que se estaba riendo de mí. Me encogí de hombros, porque mis hábitos alimentarios siempre habían despertado el interés en el área metropolitana. Tenía un estómago de hormigón armado. Nada me producía dolor de tripa y nunca engordaba. Podríais pensar que era una bendición, pero la gente me tomaba mucho el pelo. Mi padre decía que tenían envidia porque podía comer lo que me diera la gana. Mi madrastra decía que cuando fuera mayor lo pagaría con unos buenos michelines y un culo gordo. A mí me daba igual. Me gustaba comer. Fin del tema.

Cuando estaba a punto de preguntarle a Riley de qué se reía, un estruendo hizo que me levantara de un salto.

—¿Qué demonios es eso? ¿Una puta taladradora?

—Oh, lo siento. —Fue a la cocina y cogió el teléfono—. ¿Diga?

Seguí comiendo, tratando de no dar la impresión de que estaba escuchando, aunque eso era lo que estaba haciendo. Se quedó escuchando un momento y luego se dio una palmada en la frente.

—Oh, no, se me olvidó... sí, está aquí. ¿Quieres hablar con ella?

Riley me pasó el teléfono y, en respuesta a mi ceja enarcada, me dijo sin voz que era Stacy. Respirando hondo, me puse el teléfono en la oreja.

—¿Sí?

Foster, ¿estás bien? —Capté la preocupación en su tono.

—Sí, estoy bien, Stacy... gracias por mandar a Riley a buscarme.

Se rió un poco.

No es que la mandara, cari. Le dije lo que había oído y salió por la puerta antes de que terminara de hablar.

Miré a la grandullona, que estaba dando golpecitos con la uña en la jaula de Bud y haciendo ruiditos.

—Ah, bueno... pues te lo agradezco igual.

Me alegro de haber podido ayudar. Escucha, no te voy a preguntar qué está pasando, pero sí quiero decirte que he hablado con Marcus hace unos quince minutos. Ha dicho que han registrado tu mesa de la sala de archivos, se han llevado tu ordenador y prácticamente todo aquello que hayas podido tocar en los últimos días. Parece que, sea lo que sea de lo que te acusan, por ahora lo están manteniendo muy callado.

—¿Me han seguido el rastro hasta Secretos? —pregunté con temor.

No, aún no. Y si lo hacen, ni a mí ni a nadie de aquí nos van a sacar nada.

—Stacy, ¿y qué pasa con Riley? ¿Te ha dicho Marcus si sabían algo de Riley?

Qué va, ha dicho que lo que ha oído es que dos agentes fueron a buscarte anoche a tu apartamento y que los atacaron por detrás dos hombres con máscaras de esquí.

Sonreí.

—Un punto para el gran ego masculino. Escucha, no sé dónde voy a estar, pero intentaré llamarte al bar para ver si te has enterado de algo más, ¿de acuerdo?

Sí, vale. Foster, cuidaos Riley y tú, ¿vale? Aquí hay gente que os aprecia.

Se me enterneció el corazón al oír eso. Tanto que ni se me ocurrió corregir su idea de que me iba a quedar con Riley más tiempo. Me despedí de Stacy y devolví el teléfono a su dueña, que estaba esperando. Se lo pegó a la oreja y escuchó.

—Siento no haber podido despedirme. Lo haremos. Adiós, Stacy. —Riley cerró el teléfono con un suspiro y se lo metió en el bolsillo de detrás—. La voy a echar de menos.

—¿Cómo? ¿Por qué? Riley, te voy a dejar en paz bien pronto y podrás volver al club. No creo que esos dos idiotas acaben sumando dos y dos. —Me sentí mortificada al ver que ya estaba empezando a tener un efecto negativo en su vida.

—No, es demasiado riesgo. No quiero causar problemas a Secretos. Además, sólo me he quedado ahí tanto tiempo porque quería hablar contigo.

—¿Conmigo? ¿Para qué?

—Necesitaba explicarte lo de la foto y lo demás. Quería que supieras que no estaba relacionada con quien quería hacerte daño.

Estuve a punto de cuestionar sus motivos, pero me detuve. ¿Cuál es ese dicho sobre un caballo regalado? En este momento, Riley era mi caballo regalado, lo que me sujetaba a la realidad, por así decir. No quería cabrearla hasta que pudiera valerme por mí misma. Y en este momento eso no me era posible, vestida con chanclas de color naranja chillón y unos pantalones cortos y una camiseta que me quedaban tres tallas grandes. Si hubiera tenido mi cartera, podría haber sacado fácilmente algo de dinero de mi cuenta de ahorros, tenía suficiente para ir tirando unos cuantos meses sin problemas. Pero tal y como estaban las cosas, no tenía un centavo.

—Riley, tengo que hacer unos recados. ¿Me prestas el coche?

—Foster... no puedes salir, y menos a plena luz del día. Seguro que toda la policía de la ciudad te anda buscando. Tardarían una hora en arrestarte, como mucho.

—Stacy ha dicho que lo están manteniendo callado.

—¿De verdad quieres correr el riesgo?

Tenía razón. Suspiré y me derrumbé en la silla. Iba a tener que pedirle ayuda por última vez y luego saldría de su vida para siempre.

—Riley, ¿me llevas a un sitio, por favor? No tardaremos nada, pero necesito que me devuelvan un antiguo favor.

Asintió con seriedad.

—Deja que me ponga zapatos y podemos irnos. ¿Crees que estarás suficientemente abrigada con eso?

—Sí, eso creo. —Me miré las piernas y los pies desnudos—. Gracias por las chanclas, por cierto, me sorprende que me queden bien. —Vale, sé que no debía cotillear, pero no pude evitarlo. Yo uso un 37 y a juzgar por el tamaño del pie de Riley, ella usaba un 41, si no más.

—Sí. Qué casualidad que me las haya quedado —dijo por encima del hombro mientras se acuclillaba al lado de la cama y sacaba sus Docs negras—. Me las metieron por error en la bolsa del supermercado y siempre se me olvida devolverlas.

Maldición, adiós a mi idea. Esperaba sacarle a Riley algo de información personal con ese comentario, pero me quedé con las manos vacías. Qué cabreo.

—¿Y por qué no las has tirado?

—¿Porque no eran mías? —Me miró un momento con curiosidad y luego siguió atándose los cordones de las botas—. Antes las daría a la caridad que tirarlas.

Claro que las daría a la caridad. Ya tendrías que saberlo, me recriminé por dentro.

—¿Lista?

—Lista. —Se levantó y se dirigió a la puerta—. ¿Me vas a decir dónde vamos?

—No, hasta que lleguemos no.

—¿Por qué?

—Porque es mejor así. No quiero que te dé un pasmo.

—Hace falta mucho para que a mí me dé un pasmo, Foster —dijo con tono apagado al tiempo que cerraba la puerta del cine y se encaminaba hacia su coche. Efectivamente, durante todo este desastre había parecido tranquila y se había limitado a tomarse las cosas según llegaban. De hecho, creo que yo estaba más histérica que ella, pero, por otro lado, era a mí a quien estaban buscando. Me hizo subir al coche primero y le abrí la puerta para que pudiera entrar.

—Gracias.

—De nada. —Por alguna razón, el hecho de abrirle la puerta me hizo merecedora de una sonrisa, de modo que lo archivé en mi memoria. Si conseguía salir de ésta y si llegaba a tener la suerte de pasar más tiempo con Riley Medeiros, me aseguraría de abrirle siempre la puerta—. Vamos al East Side.

Puso en marcha el coche y condujo por las calles prácticamente deshabitadas que rodeaban al cine hasta salir a la calle principal que llevaba a la zona este de la ciudad.

Le di indicaciones mientras me agachaba en el asiento. Los Billares de Pollard era un local donde se reunían todos los matones callejeros del este de Los Ángeles. En California es ilegal fumar en establecimientos públicos desde el 98, pero la atmósfera cargada de humo de Pollard disimulaba toda clase de delitos; sin embargo, nunca se había logrado acusar de nada a los dueños ni a sus habituales. Se había llegado al punto de que la policía se hacía la tonta con el trapicheo del local mientras la cosa no pasara a mayores. Era un acuerdo beneficioso desde hacía años. Los policías no quedaban como tontos al intentar perseguirlos y fracasar y los clientes de Pollard contaban con un refugio seguro.

Riley se metió en un hueco del aparcamiento de detrás de la sala de billares.

—No tardo nada —dije mientras me bajaba del coche.

Salí al aparcamiento maldiciéndome por no haberme puesto mi ropa sucia y me encaminé hacia Pollard. Cuando sólo había dado dos pasos, me percaté de que tenía compañía. Miré a la izquierda y vi a Riley, que tenía un aire muy decidido.

—¿Qué haces?

—Voy contigo —dijo.

—No, no puedes. Ya te lo he dicho, ahora mismo vuelvo.

—Ya sé lo que has dicho, pero voy contigo.

—No. Escucha, Riley, al tipo con quien tengo que hablar no le va a hacer mucha gracia que traiga a una desconocida a este sitio.

—Pues qué pena, ¿no? —Se cruzó de brazos con cara resuelta. La postura de sus hombros dejaba bien claro que iba a venir conmigo y que yo no podía hacer nada al respecto.

—Está bien, pero no digas nada, ¿vale?

Me hizo una mueca, pero asintió.

Una vez más, pensé que era una mujer de aspecto formidable. Parecía que su ferocidad la cubría como un manto que sólo se ponía cuando lo consideraba necesario. En el fondo, percibía que no era un disfraz que le gustara llevar y que, a la más mínima oportunidad, se lo quitaría y dejaría asomar a la persona tierna que empezaba a conocer. Me resultaba de lo más intrigante.

—Vaya, ¿pero qué tenemos aquí?

Suspiré. Apenas habíamos entrado en el local y ya teníamos a un aspirante a chico duro plantado delante. Noté que Riley empezaba a tensarse. Chico Duro pareció notar lo mismo que yo y pensó que más le valía apartarse si no quería llevarse una paliza de la muerte. De repente, agradecí la presencia amenazadora de Riley.

—¿Dónde está el Gran Sherm? —Me mordí la lengua con fuerza en cuanto las palabras salieron de mi boca. Por estupidez y ansiedad acababa de darle a cualquier cretino del lugar que quisiera hacerse un nombre la oportunidad de conseguirlo, y encima deprisa. Si matabas a quien estuviera buscando al Gran S, sin duda acabarías encumbrado por su gratitud. Mi pregunta fue recibida en principio por el estrépito de una bola blanca al chocar con la bola negra. Nadie dijo una palabra cuando el tipo que había tirado rozó la última bola y perdió toda la partida.

—Tienes mucha cara para aparecer por aquí, chica. —De repente, Chico Duro y uno de sus amigos parecían haber adquirido algo de valor. Probablemente delirios de grandeza o alguna mandanga por el estilo. El amigo, que medía unos setenta centímetros más que yo, hasta hizo crujir los nudillos como en una película mala de la mafia. Mientras, Chico Duro, que al parecer era demasiado cagado para luchar a puñetazos con un par de chicas, tuvo la inteligencia de coger un palo de billar.

Puse los ojos en blanco y me dispuse a luchar. Pensé en quitarme las chanclas naranjas, pero la idea de pisar el suelo inmundo de este sitio me daba muchísimo asco. En cambio, me preparé para el combate.

No me tendría que haber molestado en malgastar energías. El amiguito de Chico Duro fue el desgraciado que nos atacó primero. Cuando apenas había empezado a tensarme para entrar en acción, por el rabillo del ojo vi el puño de Riley que se echaba hacia atrás y al amigo de Chico Duro que caía de espaldas, inconsciente antes de dar en el suelo. No se oyó una palabra mientras todos los presentes miraban al hombre tirado en el suelo y luego a Chico Duro. Me costó no volverme para mirar asombrada a Riley. Había golpeado al tipo en plena frente. Eso tenía que doler, pero no había hecho el menor ruido y estaba plantada a mi lado tan tranquila como si acabara de darle un manotazo a una mosca.

—Como iba diciendo, ¿dónde está el Gran Sherm?

—Aah, en la trastienda —respondió Chico Duro y le sonreí con dulzura. Tendría que haber echado a correr en ese preciso momento, porque cuando nos marcháramos, seguro que le daban una paliza por bocazas.

Al Gran Sherm lo llamaban Gran porque pesaba más de ciento treinta kilos. Su nombre auténtico era Dexter Wilmington. Lo de Sherm me parecía que era un mote relacionado con algo de drogas, pero nunca me había interesado tanto como para preguntar. La trastienda tenía aspecto de ser utilizada para el juego ilegal. No era tanto el olor a tabaco rancio y a licor pasado lo que me llevó a pensar tal cosa, sino más bien la inmensa ruleta incrustada al otro lado de la mesa.

Cada vez que veía a Sherm, éste llevaba un peinado nuevo. Al parecer se había cortado la fea coleta y ahora llevaba el pelo corto y cepillado hasta el punto de parecer ondulado como las aguas de un riachuelo. Se había recortado las patillas para que se unieran a la barba y pensé que el efecto daba bastante miedo. Mucho más que una coleta hirsuta sometida a permanente.

—Hola, Sherm.

—Shhshhh, un momento, deja que vea esto. —Sherm miraba hipnotizado la televisión de nueve pulgadas que estaba encima de la mesa de póquer como si fuera una ventana. Miré interrogante a Riley. Ésta meneó la cabeza y las dos esperamos, cambiando el peso de pierna de vez en cuando, mientras dos mujeres se despellejaban mutuamente en una copia descarada de Dinastía. Oímos: "...así son los días de nuestra vida", que salía a todo volumen de la televisión.

—Jo, qué bueno ha sido éste. —Sherm se recostó en su silla con una sonrisa, sin dejar de mirar la televisión con melancólica adoración.

—Sherm, soy Foster Everett. ¿Te acuerdas de mí?

Sherm apartó por fin los ojos de la televisión y se volvió hacia mí, al tiempo que cogía un pobre boli Bic azul y lo agitaba de lado a lado entre los dedos. Me tragué la bilis y conseguí controlar la mueca de mis labios. Si nos dábamos prisa y teníamos suerte, Riley y yo podríamos salir de la estancia conservando el desayuno en el estómago.

—¡Ya sé quién eres, Foster Everett! —dijo airado y luego le dio un ataque de tos. Observé, tratando de que no se me notara el asco en la cara, mientras él escupía en un pañuelo y se lo metía en el bolsillo de la camisa.

—Aah, Sherm, escucha. Necesito tu ayuda.

—¿Por qué iba a ayudarte, Everett? Tú nunca has movido un puto dedo por mí. ¿Y quién es este puto armario que te has traído, por cierto? —Sherm miró a Riley de arriba abajo, como si quisiera ligársela. Yo sabía que no era así.

Detestaba hacer esto, pero tenía una deuda conmigo y yo necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir.

—Sherm, no me obligues a hacer esto porque sabes que lo haré.

Me miró furibundo y vi consternada que quitaba la tapa azul del bolígrafo y se la quedaba en la mano. El bolígrafo cayó a la mesa olvidado. Parecía meditar profundamente y esperé que tuviéramos la suerte de escapar sin presenciar el asqueroso espectáculo.

—¿Qué quieres, Everett?

—Necesito un arma. Mejor que sean dos. —La súbita tensión del cuerpo de Riley apenas se notó, pero yo la percibí y la comprendí. No le gustaban las armas y creía que la segunda era para ella. Casi sonreí. Estaba dispuesta de verdad a capear el temporal conmigo.

Estaba tan preocupada por Riley que casi me perdí el comienzo de la nauseabunda exhibición de Sherm. Había sido testigo de ella en las otras dos ocasiones en que había estado en su presencia. Y en ambas ocasiones me marché sintiéndome sucia.

Sherm tenía la costumbre de meterse cosas en la oreja. En concreto, tapas de bolígrafo. ¿Sabéis esa parte de la tapa que te enganchas al bolsillo de la camisa? La usaba para hurgarse el oído como la mayoría de la gente usaba bastoncillos de algodón. Ésa, sin embargo, no era la parte más asquerosa. Me quedé mirando horrorizada cuando la punta de su lengüecilla rosa asomó entre sus labios una, dos, tres veces antes de desaparecer dentro de su boca. No pude evitar quedarme mirando fijamente cuando cerró los ojos y sin darse cuenta empezó a dar golpecitos con el pie en el suelo por el placer. Este desagradable espectáculo duró probablemente sólo unos quince segundos, pero a mí me parecieron milenios.

Antes de conocer a Sherm, mordisqueaba el extremo de los bolígrafos cuando pensaba. Ya no. No me atreví a mirar a Riley por miedo a no poder mantener mi máscara de indiferencia.

—Clovis —gritó Sherm y casi al instante un chico de unos catorce años entró corriendo en la habitación—. Tráeme mi maletín.

Clovis volvió a los pocos segundos con un gran maletín marrón y una llave. Le entregó la llave a Sherm y desapareció.

Sherm dejó la tapa del bolígrafo en la mesa y me negué a mirarla terminantemente, temerosa de lo que pudiera haber pegado en el extremo.

Sherm abrió el maletín y desplegó los costados. El maletín estaba forrado de cuero y fieltro rojo y contenía una colección de pistolas hábilmente limpiadas y ordenadas, probablemente gracias a Clovis.

Me acerqué a la mesa y elegí dos semiautomáticas de cromo de 9 milímetros, parecidas a la que me había dejado en mi apartamento. También cogí dos cargadores de diez balas para cada una y decidí abusar un poco y me apropié de las correspondientes pistoleras dobles de nailon que se llevaban como un cinto a la espalda. Sherm me clavó la mirada, pero no dijo ni una palabra mientras yo admiraba a mis dos nuevas amigas. Sostuve las dos Glock 19 delante de mí, volviéndolas de lado a lado, comprobando las carcasas por si tenían grietas. Las 17 que había usado en el pasado eran más grandes y pesadas: éstas eran perfectas.

—Son nuevas. Sin grietas. —Sherm sonaba como si lo hubiera ofendido por inspeccionar las armas—. No quiero volver a verte, Everett.

—No te preocupes, Sherm. El sentimiento es mutuo. —Me sentía osada porque tenía las pistolas, pero sabía que no debía pasarme—. Adiós, Sherm. —No respondió y Riley y yo salimos de la sala de billar llena de humo sin que nadie nos molestara.

Riley me abrió la puerta con torpeza, rodeó el coche hasta el lado del conductor y se montó.

—Santo... —susurró. La miré de golpe. Su cuerpo se estremecía con ese temblor que le había entrado en mi casa cuando eliminó a los dos detectives que intentaban arrestarme.

—¿Estás bien? —pregunté, con tono brusco por la preocupación.

—Sí. ¿Pero qué tienes para poder amenazarlo?

—Información. Cuando trabajaba en las calles, lo arresté por exhibicionismo. Lo pillé practicando el sexo en el asiento trasero de su coche.

—No parece ser de los que les importa.

—Mmm, no sé yo —contesté—. Pero, ¿cuántos de esos chicos crees que le harían el trabajo sucio si supieran que se lo estaba haciendo con un hombre? —Observé a Riley para ver cómo reaccionaba, pero no vi nada aparte de un gesto de asentimiento, de modo que aparté la vista, algo decepcionada—. Pero bueno, en realidad no se lo habría dicho a nadie, sólo quería que pensara que lo iba a hacer.

—¿Foster?

—¿Sí?

—¿Qué tal se te da colocar bien los huesos?

—No sé, ¿por qué? —Me volví y por primera vez me fijé en que le caían gotas de sudor por la cara.

—Creo que me he roto la mano.

—¡Coño!


Capítulo 10

Estaba enfadada. Tan enfadada, de hecho, que me pasé todo el rato que estuve vendándole la mano a Riley sin decir una palabra. De vez en cuando, la miraba, pero Riley estaba mirando al suelo como en trance. De modo que continué con mi tarea sumida en un silencio furioso. Terminé de ponerle la venda y me aparté.

—Gracias —dijo con tono apagado, y se levantó y entró en la cocina.

Tenía miedo de abrir la boca por si se me escapa un torrente de obscenidades dignas del caso más grave de síndrome de Tourette. Respiré hondo y solté el aliento despacio. No recordaba haberme enfurecido nunca tanto fuera del trabajo. No era una sensación agradable. Mi genio era lo que me había metido en este lío para empezar.

—Estás enfadada, ¿eh? —Vi que Riley luchaba por servirse un vaso de agua.

Me acerqué, le quité la jarra de la mano y terminé de servirlo por ella. Le pasé el vaso de agua, pero no se lo bebió. Se quedó allí como una niña a la espera de recibir una reprimenda. Abrí la boca para decirle que aquello era la estupidez más grande que podía haber cometido, pero no lo hice. Algo me lo impidió. El lenguaje corporal puede decir mucho sobre una persona.

En ese momento, mientras observaba a Riley, me di cuenta de que se esperaba recibir una bronca. Tenía los hombros caídos y no me miraba. No se me ocurría por qué le iba a importar un carajo que estuviera enfadada con ella.

—Sí, estoy enfadada. —Me sentí orgullosa de mí misma. En realidad no sonaba enfadada en absoluto, sonaba seria, pero no como una lunática desaforada, que era mi reacción habitual.

Riley asintió con la cabeza, bebió un sorbo de agua y dejó el vaso en la encimera. Observé que, evidentemente por costumbre, intentaba meterse las manos en los bolsillos de delante. Sólo consiguió meter la punta de los dedos de la mano derecha antes de que el dolor le recordara que se iba a pasar mucho tiempo sin poder dedicarse a esa costumbre.

Se apoyó en la nevera y por fin nos miramos. Sus ojos parecían cautos, mientras que los míos probablemente parecían un poco severos. Se me pasó toda la rabia cuando la miré, y me refiero a que la miré de verdad. No es que no me hubiera fijado en ella hasta entonces, ojo. Desde luego, había admirado su cuerpo con total desapego. Nunca había conocido a nadie que dedicara tal esfuerzo a su cuerpo. Me parecía asombroso. Dejando aparte su cuerpo, también era una mujer muy atractiva. Pero tenía algo que se me había pasado por alto en mis dos últimas observaciones.

Cuando se apoyó en la nevera, mirando a un lado nerviosa como si estuviera a punto de llevarse una buena regañina, se le subió la camiseta y se le salió de los vaqueros sin cinturón. La cintura de los pantalones le quedaba demasiado grande. Seguramente se había comprado los vaqueros porque por lo demás le quedaban cómodos, pero tenía la cintura demasiado estrecha para esa talla. Me quedé mirando su estómago cincelado durante un momento y luego mis ojos, por voluntad propia, bajaron por su cuerpo y volvieron a subir. No sé por qué tenía la impresión de que era grande, porque en realidad no lo era. De hecho, había visto mujeres más desarrolladas en la Playa de los Músculos. Había algo en el porte de Riley que, junto con los músculos, producía una sensación de peligro. Ahora mismo parecía tener miedo de que la fueran a castigar. Todo ello me resultaba... bastante atractivo.

—Lo siento —dijo suavemente, haciendo que el corazón me latiera dolorosamente en el pecho. Avancé un paso hacia ella antes de pensar siquiera en detenerme. Qué ganas tengo de abrazarla, se me pasó por la mente sin poder evitarlo. Me detuve a pocos centímetros de ella.

—No pasa nada —fue lo que conseguí graznar y luego tragué y repetí—: No pasa nada, Riley. Es que desearía que no te hubieras hecho daño.

Alzó la mano.

—No me pasa nada.

—Tienes que ir al hospital.

—No, no creo.

—Yo creo que sí.

—Foster, ya lo tengo mejor —dijo y se metió nerviosa la mano izquierda en el bolsillo, movió los pies y la volvió a sacar.

—Vamos —le dije con severidad.

—No hace falta. Estoy bien.

—Vámonos, Riley. Te lo tienen que mirar.

—Foster... —Le di la espalda, buscando las llaves del coche—. ¿Te vas a ir?

La miré un momento. Sabía lo que me estaba preguntando y lo cierto era que yo había estado pensando lo mismo.

—Sí —contesté con sinceridad.

Asintió con la cabeza.

—Pensaba que ya no estarías cuando volviera.

De repente me sentí como una gilipollas redomada.

—Primero te iba a llevar al hospital. No puedo dejar que conduzcas. Voy contigo.

—¿Y si te ve alguien? —Meneó la cabeza con aire triste—. No puedo permitir que vengas conmigo.

—¿Tienes una gorra y unas gafas de sol que me pueda poner? —Asintió—. Dame también una de tus camisetas más grandes, eso despistará a la gente el tiempo suficiente para que podamos hacerte radiografías.

Riley hizo un gesto negativo con la cabeza y me di cuenta de que iba a poner las cosas difíciles, de modo que traté de llegar a un compromiso.

—Vale, a ver qué te parece esto. ¿Qué tal si te dejo en urgencias y doy vueltas con el coche hasta que salgas?

Se lo pensó y luego asintió.

—Eso sí. —Fue hasta el cajón que tenía debajo de la cama y lo abrió con la mano izquierda.

—Que no sea muy de nenaza —dije suavemente, intentando acabar con la tensión, pero estaba tan concentrada en lo que hacía que no pareció oírme. Por fin sacó con aire triunfal una sencilla sudadera gris con capucha.

—¿Qué tal esto? Te podrías poner la gorra encima y nadie sabría siquiera que eres una mujer.

Sonreí ante su repentino ataque de entusiasmo.

—Sí, pero cualquier policía que se precie se fijaría en una persona con capucha, gorra y gafas de sol. Eso sólo le funcionó al Unabomber.

—Oh.

—No pasa nada, venga. Sé cómo no llamar la atención cuando quiero.

Salimos al coche y la miré por encima de las gafas.

—Estooo, Riley, tengo que comprar unas cosas en la tienda. ¿Crees que me podrías prestar algo de dinero? Te... —¿A quién quería engañar? Seguro que no podría devolvérselo durante mucho tiempo. Era mejor no hacer promesas que no pudiera cumplir.

—Ah, sí, claro. Espera.

Vi cómo se contorsionaba unas cuantas veces intentando alcanzar el bolsillo de detrás... sin éxito.

—¿Te ayudo, Riley?

—Sí. Tengo dinero en el bolsillo derecho de detrás. Me lo metí ahí cuando estuve en la tienda y se me olvidó sacarlo. —Parecía avergonzada, por lo que juré hacerlo de la forma más rápida e indolora posible. Era una auténtica monada.

Metí la mano con aire indiferente en su bolsillo trasero y palpé buscando el dinero hasta que saqué varios billetes. Intenté no pensar, pero mi mente no funcionaba bien y pensó de todas formas. No tenía el culo duro como una piedra en absoluto. Firme, ah, jo, eso sí. Pero como una piedra, para nada. Me encantaría achuchar...

¿Pero qué demonios me pasa? Puse fin a mis divagaciones rijosas. En ese momento Riley estaba ahí plantada, sin duda llena de dolor, y yo tenía la mano metida en su bolsillo trasero magreándola burdamente.

—Aquí tienes. —Intenté darle el dinero para que pudiera darme un billete de veinte, pero ella hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, quédatelo y gasta lo que necesites. No creo que vaya a necesitarlo en el hospital.

Asentí y cogí un billete de diez.

—Toma, llévate esto al menos por si quieres una botella de agua mientras esperas. Ya sé cuánto te gusta la mierda esa.

—Me lo vas a tener que meter tú en el bolsillo.

—Oh, vale. —Le embutí rápidamente el dinero en el bolsillo. Sin esperar a ver cómo reaccionaba, abrí la puerta con sus llaves. Una vez estuvo instalada dentro, cerré la puerta y fui a la del conductor, que se las había apañado para abrirme, a pesar de la mano estropeada.

—Gracias. —Ahora era yo la que sonreía. Me emocionó de verdad que me abriera la puerta.

—De nada.

Llegamos al hospital sin incidentes. Le dije que volvería al cabo de una hora aproximadamente y que daría vueltas por el aparcamiento hasta que la viera. Asintió y me di cuenta de que no le hacía mucha gracia entrar sola en el hospital.

—¿No te gustan los hospitales? —Había pensado que al ser fisioterapeuta seguro que tendría que trabajar en un hospital.

Hizo un gesto negativo con la cabeza.

—La última que vez que estuve en uno fue porque alguien a quien quiero mucho estaba muy mal. Detesto pensar en ello.

—Quiero... ojalá pudiera acompañarte —dije con la voz entrecortada como una estúpida.

Tenía el rostro sombrío cuando murmuró:

—Ojalá.

Salió del coche y entró en el hospital. Mientras la miraba, deseé haberle metido el billete de diez en el bolsillo izquierdo de delante. Si una enfermera se ofrecía a ayudarla, iba a tener que...

¿Vas a tener qué, Foster Everett? Me miré en el espejo retrovisor cuando se me pasó una idea por la cabeza tan extraña que tuve que ahuyentarla antes de poder darle nombre siquiera. No, no estaba dispuesta en absoluto a dejar que Riley sufriera. Sentía cariño por ella... como amiga, y no quería verla metida en un lío por todo esto. Un sonoro bocinazo de un autobús del hospital me sacó de mis lúgubres reflexiones. Conduje hasta una tienda que no solía frecuentar y entré para hacer mis compras. La cajera apenas me miró cuando marcó el tinte para el pelo. También compré unas gafas de sol más pequeñas, algunas cosas de aseo y una bolsa de gimnasio barata. Con eso tendría que bastar.

Me sobraba algo de tiempo, por lo que conduje hasta un parquecillo donde no solía haber policías e intenté relajarme. Sentí que se me acumulaba el pánico en el pecho y lo reprimí. No podía permitirme sucumbir al pánico. Si lo hacía, empezaría a cometer errores. Tenía que pensar racionalmente. Respiré hondo y cerré los ojos. Cuando los abrí, me puse a hacer un inventario mental de mis necesidades.

El dinero iba a ser lo primero. No podía pedírselo a Riley, ya le había pedido demasiadas cosas. No, iba a tener que llamar a Stacy y pedirle que me prestara unos pavos. Tal vez podría reunirse conmigo en alguna parte. Al decidir que ésa era la mejor línea de acción, empecé a relajarme. Un pequeño reloj redondo de Wonder Woman que estaba pegado al salpicadero de Riley me hizo sonreír. Me acordé de cuando tenía diez años y me moría por uno igual que había conseguido una amiga en una caja de Cracker Jack. Arranqué el coche y traté de no hacer caso del pequeño vuelco de alegría que me dio el corazón cuando dirigí el vehículo de vuelta al hospital. Estaba tan distraída que casi no vi las luces destelleantes de un coche patrulla que se acercaba rápidamente por mi espejo retrovisor.

—Mierda —bufé entre dientes y llevé el coche despacio hacia la derecha. Estuve a punto de asfixiarme ahí mismo cuando el coche patrulla pasó zumbando a mi lado. Aferré el volante con fuerza y reprimí las ganas de vomitar los cereales. Me quedé un minuto con la frente húmeda apoyada en las manos para recuperar el aliento.

—Tengo que salir de esta ciudad —me dije mientras arrancaba el coche con esfuerzo—. Lo primero es lo primero. —Conduje hasta la entrada principal del hospital y sólo tuve que dar una vuelta hasta que vi a Riley saliendo deprisa del hospital, con el brazo enfundado hasta el codo en una escayola de un vivo color rosa fluorescente.

—¿Estás bien? —le pregunté en cuanto se metió en el coche sin decir palabra.

—Sí —soltó.

—¿Qué te pasa? —le pregunté amablemente.

—¿Puedes arrancar, por favor?

Me sentí inexplicablemente dolida por la actitud de Riley. Se me puso la mandíbula tensa y aferré el volante, enfadada. Pues vale, pues que te den, Riley Medeiros. ¿Para qué vas y le pegas a ese tío en la cabeza?

—Claro, te llevo a casa en un periquete.

Pero, ¿y esta gilipollez? A cualquier otro le habría soltado lo que pienso y le habría dicho dónde se podía ir, pero con ella acabo controlando la lengua.

—Siento haberme puesto antipática contigo.

—No pasa nada —le dije bruscamente, pero se me relajaron las manos en el volante mientras esperaba a ver si me daba una explicación.

—¿Has visto la escayola?

—Sí, entonces la tienes rota, ¿eh?

—No. Un par de nudillos dislocados. —Hubo una pausa cargada y luego continuó—. Pero, ¿tú has visto el color?

La miré rápidamente y luego me fijé de nuevo en la calzada.

—Sí, lo he visto... bastante chillón, ¿no?

—Sí.

—Mm, ¿y por qué no te han puesto una blanca?

—No lo sé —contestó malhumorada—. Creo que pensaban que sería gracioso.

—Vale. —Me enfadé de nuevo, no con ella, sino con los gilipollas del hospital—. ¿Por qué piensas eso? —le pregunté con cautela.

—Por cómo me miraban cuando entré. Las dos enfermeras, me refiero. Y vi lo que se decían por la ventana cuando el médico le dijo a una de ellas que trajera las cosas para escayolarme.

—¿Cómo que viste lo que se decían?

Pareció pensárselo un poco antes de responder.

—Sé leer los labios... un poco.

—Ah —dije, pero pensé que era raro que dijera una cosa así—. ¿Y qué decían?

Riley suspiró y miró por la ventanilla.

—Preferiría no hablar de ello, si no te importa.

—Claro, muy bien —le dije, pensando que si no estuviera metida en todo este marrón, volvería al hospital y le haría algo a alguien... algo malo.

De vuelta en el cine, tuve que acelerar el paso para alcanzar a Riley. La seguí a través de la sala y por las escaleras hasta su vivienda.

—Te debe de doler, ¿no?

—Sí, tengo algunos analgésicos. Me voy a tomar un par.

Por primera vez me fijé en lo pálida que tenía la cara.

—Ahhh, mierda, Riley. Siéntate. Te voy a traer agua. —Asintió sumisamente y le traje el agua, que empleó sin dilaciones para tragarse las dos pastillas blancas.

—Creo que me voy a echar una siesta, ¿vale? —Se levantó y tuve que alargar la mano para sujetarla. Al instante, me acordé de la noche casi olvidada del beso. Su forma de sujetarme había hecho que me sintiera... bueno, especial. El temblor vacilante de su boca bajo la mía fue una de las cosas más eróticas que había sentido en mi vida. Mi otro yo, por supuesto, tuvo que intervenir y mandar todas estas ideas al infierno. Claro que estaba vacilante, pedazo de idiota. Es hetero y va una bollera y se le pega a los labios como una ventosa.

De repente, caí en la cuenta de por qué se había levantado.

—Riley, no vas a dormir en el suelo para nada.

—¿Por qué no? Hay una colchoneta. En peores lugares he dormido.

—Me da igual. Ésta es tu casa. Deberías dormir en la cama. Además, yo me voy a ir pronto. —Riley ya había recuperado el equilibrio y se dirigía hacia la habitación de las pesas—. Escucha, yo puedo dormir ahí, ¿vale?

—No, no quiero que duermas en esas colchonetas. Las seco cuando termino de hacer ejercicio, pero así y todo, sudo mucho.

Jo, sí, ya lo creo, pensé lascivamente. Dios santo, estoy hecha una salidorra. Bueno, eso está bien. A lo mejor, cuando por fin me atrapen, la cárcel no estará tan mal. No tendré problemas para echar un polvo rápido, sobre todo cuando se enteren de que antes era policía. Me quedé mirando mientras Riley se servía otro vaso de agua, que esta vez consiguió sujetar con bastante firmeza.

—Me gustaría que me dejaras hacer eso a mí, Riley.

—Ya lo hago yo. De todas formas, voy a tener que hacerlo yo sola cuando te marches, ¿no? —dijo con tono cínico.

—Mm, sí, supongo. —Debo reconocer que me quedé un poco pasmada. Riley nunca se había mostrado más que amable conmigo. Había dado por supuesto que eso era porque su personalidad era así.

—Esto, escucha, Riley, puedo intentar quedarme un poco más si me necesitas.

—No, estaré bien, deberías irte.

Intenté no hacer caso del dolor que se me puso en el pecho cuando dijo eso. Estaba segura de que éramos amigas al menos, pero tal vez yo le causaba más problemas de los que merecía la pena. Había hecho que acabara metida en peleas, con la posibilidad de que tuviera problemas con la ley, y ni siquiera le había dado la oportunidad de conocer la verdad. Me quedé mirando sus distantes ojos azules y esperé a que se me pasara el dolor del pecho, pero no se me pasó. Estaba convencida de que desaparecería y me permitiría fingir que se trataba de ardor de estómago, pero por el contrario, se hizo fuerte ahí dentro y fue en aumento cuanto más miraba ininterrumpidamente a Riley. Por fin tuve que darme la vuelta.

—Tus vaqueros están en la silla de mi ordenador.

—Gracias. —No me puedo creer que me esté echando. ¿Por qué no, idiota? Mira lo que le has hecho.

—Hay más dinero en ese cajón de al lado de la cama. Cógelo todo.

—No puedo llevarme tu dinero, Riley.

—Quiero que te lo lleves. No quiero arriesgarme a conducir hasta casa hasta que se me cure un poco la mano. No es mucho, pero te ayudará.

—¿Y qué pasa cuando tengas que hacerlo? Ir a casa, quiero decir, no tendrás dinero.

—Seguro que puedo volver con Stacy unas cuantas semanas. La escayola seguro que va a ser más una ventaja que un incordio.

No contesté porque no podía decir mucho más.

—¿Todavía estarás aquí cuando me despierte? —preguntó con tono apagado.

No sabía qué quería que dijera. Cuál era la respuesta adecuada para esa pregunta. De modo que hice un gesto negativo con la cabeza.

—No.

Sus ojos azules examinaron mi rostro un momento y luego asintió y se dio la vuelta. Entró en la habitación de las pesas y cerró la puerta sin hacer ruido al pasar. Entonces no hubo nada salvo un silencio total. Recogí mi ropa, ahora limpia, y metí lo que no me iba a poner en mi bolsa barata de nailon. Doblé los pantalones cortos con cuidado y los dejé encima de la cama. Me ceñí bien la pistolera y las pistolas y lo cubrí todo con la sudadera de Riley. Tenía la vaga sensación de que debía sentir algo, cualquier cosa menos el frío que me inundaba al pensar en dejar este lugar y dejarla a ella. Bueno, supongo que será mejor que lo supere, ¿no? Prácticamente me ha puesto de patitas en la calle. Me acerqué a la jaula de Bud y me quedé mirándolo con tristeza. Riley había metido un rollo de papel higiénico y Bud me miraba con desconfianza desde dentro.

—No te preocupes. Por mucho que quiera, no me voy a meter ahí dentro contigo. No creo que pueda llevarte conmigo, Bud. Sería demasiado duro para los dos. Te voy a tener que dejar aquí con Riley. Ella cuidará de ti. Estoy segura. Seguro que te alimenta bien para que estés sano y todos esos rollos. —Dejé el cambio de Riley en el cajón con el dinero que me había dicho que me llevara. Me quedé con dos cuartos para poder llamar a Stacy, pero no me iba a llevar su dinero. No podía hacer una cosa semejante.

Cerré la puerta y subí por las escaleras hasta el cine. Se me pasaban tantas ideas por la cabeza que no conseguía descifrarlas. ¿Por qué había cambiado su actitud de una manera tan drástica? ¿Le había dicho algo malo? Me senté en una de las antiguas butacas del cine y me recliné en la penumbra. Fingí que no me caían lágrimas por la cara y que no me sentía vacía. Tal vez estaba simplemente harta de todos los dramas que acarreaba ser mi amiga.

—¿Mi amiga? —murmuré para mí misma.

Era mi amiga y estaba sufriendo y yo la había dejado porque... porque nunca se me había dado bien apoyar a nadie. Ni siquiera me había enterado de que Smitty tenía problemas. Tendría que haberme dado cuenta y no fue así.

Dejé mi bolsa en el suelo de moqueta granate y regresé a la vivienda de Riley. Respirando hondo, abrí la puerta y vi a Riley de pie dándome la espalda, mirando la jaula de Bud. Le toqué el hombro.

Sin volverse, dijo:

—Te has dejado a Bud.

—No, no me lo he dejado. Pensé que tú podrías cuidar de él mejor que yo.

—Lo siento.

—¿El qué? —Me di cuenta de que se sujetaba la mano pegada al cuerpo y me pregunté si le dolía. Le apreté los dos hombros suavemente y por fin se dio la vuelta. Qué triste parece—. ¿El qué, Riley? —repetí.

—Haber sido tan grosera contigo.

—No has sido grosera.

—Pensé que te habías ido.

—Y me había ido. Bueno, llegué hasta la primera fila de butacas del cine, pero entonces me sentí sola.

—¿Has vuelto para recoger a Bud?

—No. —Tragué saliva. A la mierda. ¿Qué tengo que perder?—. He vuelto para recogerte a ti.


PARTE 6


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