Muro de silencio

Gabrielle Goldsby



Capítulo 5

Premonición. Así lo llaman, ¿no? Yo, como todas las personas que conozco, he creído tener premoniciones en alguna ocasión, pero nada como esto. Era un peso casi intangible que me oprimía el pecho, creando algo espeso que no se podía quitar con una tos ni tragando. Era pasar de golpe de un sueño profundo al desvelo total sin la menor razón. Era el temor más terrible que se pueda imaginar.

Sólo me dio tiempo de parpadear dos veces. ¿A que tienen gracia las cosas que uno recuerda? Estaba tumbada en la cama, inexplicablemente despierta y esperando algo. Recuerdo que parpadeé una vez, y otra, y entonces el rebuzno de mi teléfono casi me provocó un infarto. Me incliné y palpé por el suelo. Casi lamenté encontrar el teléfono debajo de los pantalones y la camisa impregnados de humo que había llevado al club. Miré el despertador: las cuatro de la mañana no solía ser una buena hora para recibir una llamada. Tras respirar hondo, contesté al teléfono.

—¿Diga?

Me incorporé en la cama al oír el leve gimoteo del otro lado del teléfono.

—¿Diga? —Esperé un momento, pero no hubo respuesta—. ¿Quién es, maldita sea?

¿Foster? Foster...

—¡Qué! —Me senté del todo en la cama con el corazón en un puño—. ¿Quién es? ¿Mon? Monica, ¿eres tú?

Foster, Joe está... —No terminó la frase.

—Monica, ¿qué te pasa? Por favor, dímelo —rogué. Pero en el fondo ya lo sabía. Sabía, con una certeza que jamás conseguiría explicar, que mi compañero había muerto. Me quedé ahí sentada con el teléfono pegado a la oreja, contemplando el techo, mientras mis pensamientos amenazaban con sofocarme.

Intenté hablar, pero no me salió nada. Me quedé así un minuto y por fin logré graznar:

—Aguanta, Mon, voy para allá.

Con un ruido sordo, colgué el teléfono y me quedé sentada totalmente inmóvil. De algún modo, siempre me había imaginado que sería yo la que la llamaría a ella, no al revés.

Las lágrimas me caían por la cara mientras me ponía la ropa incrustada de humo de cigarrillos. Cogí la pistola y la placa, más por hábito que otra cosa, y salí aturdida por la puerta.

Una de las ventajas de vivir en el centro era que no tenía que esperar mucho para encontrar taxis. Me hundí en el asiento de detrás y pisé a fondo con el pie derecho, tratando de conseguir que el idiota del taxista condujera más deprisa. El dolor de mis dedos me hizo notar que los estaba clavando en los asientos de charol.

A lo mejor es sólo que está histérica, pensé. Smitty se ha encontrado con un antiguo amigo y se ha puesto a contarle una de sus historias y se ha entretenido, nada más. Llegaré allí y él estará echándole la bronca a Monica por haberme llamado.

Mi mente llevaba ya varios días diciéndome que algo iba mal. Pero no lograba dar con lo que era. Smitty parecía tan alegre y contento como siempre, pero parecía estar preocupado por algo. No le había preguntado qué le pasaba y ahora deseaba haberlo hecho. Lo único que pensé fue que Monica y él tenían problemas conyugales. Por muy amigos que fuéramos Smitty y yo, no teníamos tal grado de confianza. Él no me hablaba de su matrimonio y yo no le hablaba de las innumerables mujeres con las que me había acostado, o la falta de ellas. Era como una norma tácita que teníamos y que a mí me parecía muy bien.

No me molesté en llamar cuando llegué a casa de Smitty y Monica. Giré el picaporte despacio y controlé el impulso irracional de sacar la pistola. Sentía una inquietud que me quemaba el esófago como lava fundida, pero me obligué a entrar en la sala de estar alegremente iluminada.

Monica se apretaba la nariz con un pañuelo de papel arrugado y contemplaba fijamente una taza que había en la mesa del café. Su padre daba vueltas de un lado a otro con un móvil pegado a la oreja. Tenía la piel de la cara llena de manchas, como si alguien le hubiera intentado quitar el color, pero no lo hubiera hecho muy bien. Tenía los labios tensos, como si estuviera gritándole a alguien, aunque en realidad hablaba tan bajo que sólo pude oír el final de su conversación.

—Me importa un bledo lo que tengan que hacer. No quiero que esto salga en la prensa, ¿comprendido? ¡Se trata de mi carrera! —El jefe James cerró bruscamente el teléfono móvil y se lo lanzó a uno de los tres agentes "de paisano" que estaban ahí cerca con aire de querer estar en cualquier otra parte menos allí.

Monica hundió la cara en su camisa.

—Papá, ¿qué vamos a hacer? No creerás que...

—Sshhh, sshhh, tesoro, ahora no podemos saberlo. —Los fríos ojos del jefe James se alzaron en ese momento y no pude evitar preguntarme si estaba triste o simplemente furioso. Miró a los tres policías, que al parecer tampoco me habían oído entrar, y luego me miró de nuevo. Una leve sonrisa triste sustituyó al mal gesto y yo mostré mi placa para todo el que le interesara mirarla y me acerqué a Monica. Soltó a su padre al instante y se echó en mis brazos. Evité los ojos del jefe James cerrando los míos. Ahora no era el momento de ponerme a discutir con el hombre, pero ¿cómo podía estar tan preocupado por su carrera cuando era evidente que su hija estaba sufriendo tanto?

—Oh, Dios mío, Foster, no es posible que esté pasando esto —sollozó.

Controlé las ganas de pegarle un grito a alguien para que me dijera qué demonios estaba ocurriendo y me limité a abrazar a la mujer de mi compañero.

Miré a los agentes y luego al padre de Monica, que se sujetaba la cabeza entre las manos.

De repente, Monica se quedó inerte entre mis brazos.

—Mierda. ¿Me pueden ayudar a llevarla al sofá, por favor?

Por fin acomodamos a Monica en el sofá y me volví para hablar con su padre, el jefe de policía Herbert James.

—Jefe James, por favor, ¿me puede decir qué ha pasado?

Me gustaría decir que mi voz sonaba tranquila, pero no era así. Hasta que llegué a casa de Smitty, me había aferrado a la esperanza de que se tratara de un error. Que Monica me hubiera llamado sólo porque él no había llegado a casa a su hora o algo así.

El jefe James, al que de repente se le notaban todos y cada uno de sus cincuenta y cinco años de edad, suspiró y se frotó tembloroso el caballete de la nariz.

—Hace como una hora y media recibí una llamada. Parece ser que Joseph se ha tirado con el coche por un acantilado.

—¿Qué dice? ¡No se ha suicidado! —Miré a mi alrededor para que alguien me diera la razón, pero todos rehuyeron la mirada.

—No sé por qué lo ha hecho, pero sí que se ha suicidado. Dejó una nota. Monica la encontró en la mesa de la cocina —dijo el jefe al tiempo que se frotaba los ojos con fuerza.

—No, no lo entiende, maldita sea. Smitty no tenía motivos para matarse, ninguno en absoluto. —No sé a quién intentaba convencer, pero estaba segura de que mi compañero me lo habría dicho si las cosas hubieran estado así de mal—. ¿Había otros coches por allí cerca? —pregunté a la desesperada.

—No, detective, no había nadie más en la carretera.

Uno de los agentes no estaba muy conforme con mi forma de interrogar al jefe, pero en ese momento me importaba un carajo quién o qué fuera, sólo quería respuestas.

Cuando estaba a punto de hacer otra pregunta, vi que Monica empezaba a despertarse, por lo que me tragué las ganas de interrogar a todos los presentes y me concentré en ella.

No me marché de casa de Monica hasta el mediodía del día siguiente. No tenía mucha más información que al entrar por la puerta. Lo único que sabía con certeza era que mi compañero estaba muerto por aparente suicidio.


La nota que Smitty había dejado tenía menos de diez palabras: Lo siento, no puedo seguir así.

Eso era todo, nada más que explicara el por qué. Mientras subía penosamente a mi apartamento, sentía una rabia inexplicable. ¿Cómo podía quitarse la vida sin más? Dejar a la mujer que quería. Dejarme a mí, su compañera, a sus amigos. Me di una ducha caliente, tratando en vano de ahuyentar los pensamientos morbosos que amenazaban con derretirme los huesos. Me vestí despacio y me arrastré al trabajo. Fue la segunda cosa más difícil que había tenido que hacer en mi vida.

La capitana estaba esperando cuando entré por la puerta.

—Everett, ¿puede venir a mi despacho, por favor?

El tono apagado de su voz bastó para indicarme que lo sabía. Me dirigí a su despacho como un condenado del corredor de la muerte. Me preguntaba qué había ido tan mal en la vida de Smitty para que sintiera la necesidad de dejarla. No pude evitar preguntarme si yo tenía algo que ver con ello. Me pregunté si lamentaba la decisión de ayudarme y temía que fuera a entregarme.

—Everett, quiero que sepa que todos lamentamos muchísimo lo de Smitty —dijo sombríamente.

La miré a los fríos ojos azules y quise ver auténtica pena en ellos, pero no vi nada, ni siquiera lástima. Las palabras fluían de su boca como si ensayara el discurso a diario, pero no había nada en sus ojos que hiciera que sonaran ciertas. Había visto unos ojos del mismo tono de azul en alguna parte, pero no recordaba dónde. Pero esos ojos eran distintos. Cálidos, acogedores en cierto modo. O a esta mujer se le daba de miedo ocultar sus sentimientos o era una bruja sin corazón.

—...comprenderá que es necesario destinarla a oficinas durante unas semanas.

—Espere, ¿qué? —Sacudí confusa la cabeza—. Me debo de haber perdido algo porque me ha parecido entenderle ¿que me va a poner a trabajar en un despacho?

—Eso es. Es el procedimiento habitual.

—Espere un momento, capitana, yo soy detective. ¿Me está degradando?

—No, la voy a destinar a oficinas hasta que le encontremos un compañero nuevo adecuado... y para que pueda hacer el duelo por Smitty.

—¿Adecuado...? —La rabia amenazaba con hacerme perder los estribos, pero apreté los dientes y logré contenerme—. ¿Qué quiere decir un compañero nuevo adecuado? ¿Se refiere a uno de esos universitarios estirados que tiene por aquí y que le sacan la puta alfombra roja cada vez que usted sale por esta puta puerta para darse un paseo? No, gracias, trabajaré sola.

—No le estaba preguntando si quería un compañero, se lo estoy diciendo. No puede trabajar sola, Everett. ¿Pero se da cuenta de los líos en que se mete incluso cuando tiene compañero?

Aquello me afectó de lleno. Tenía razón. Si Smitty no me hubiera ayudado cuando lo hizo, ahora yo estaría en la cárcel... y a lo mejor Smitty estaría vivo. Se me hizo un nudo en el estómago y me mordí el labio. De repente me entraron unas ganas horribles de llorar. Pero en cambio me levanté.

—Sé cómo se siente, Everett.

Miré a la mujer fría que tenía delante.

—¿Cómo puede saberlo, capitana? ¿Alguna vez ha perdido a un compañero? ¿Alguna vez lo ha tenido?

Al ver que apretaba los labios me di cuenta de que me había pasado. Bueno, ¿y qué iba a hacer? ¿Despedirme? Joder, ¿pero quiero seguir con este trabajo?

—Preséntese en archivos, Everett, la están esperando —dijo severamente.

Salí de su despacho sin decir nada más. Reprimí el impulso de dar un portazo y cerré la puerta silenciosamente al salir. Con la mano aún en el picaporte, me eché hacia atrás, con los ojos cerrados, intentando calmarme.

—Mira qué mierda, tío. ¿Pero es que este tío no limpiaba nunca?

Abrí los ojos y vi a dos jóvenes trajeados, uno de los cuales estaba sentado a la mesa de Smitty. El otro había plantado su culo fofo en mi mesa y estaba cruzado de brazos meneando la cabeza. Culo Fofo daba la impresión de haberse cortado el pelo rubio metiendo la cabeza en una picadora programada para cortar tacos. El severo corte de pelo no disimulaba en absoluto el hecho de que tenía la frente demasiado grande y que su piel sólo se podía decir que era de un color rosa uniforme. Normalmente me habría conmiserado con él, porque yo también tengo la piel muy clara. Su compañero llevaba el pelo castaño recogido hacia atrás en una coleta que parecía que se iba a freír si se le aplicaba calor. Hice una mueca despectiva al ver el brillo de esmalte transparente en sus uñas. Los dos llevaban trajes que tenían que ser nuevos y demasiado caros para el sueldo de un policía.

—Lo sé, aunque ésta no parece mucho mejor, tío. No sé ni cómo ha llegado esta gente a estos puestos.

—Tío, ya sabes que ésta de aquí es una bollera, por lo que he oído, así que seguro que se ha tirado a todo el que se lo ha pedido, y este pringado de aquí fue a por los peces gordos y se follaba a la hija del jefe.

No sé si grité, chillé o qué, pero a los pocos segundos caí sobre el Coleta. Le pegué por lo menos seis puñetazos en la cabeza y alrededores antes de que el otro lograra por fin apartarme de él. Le pegué un codazo a Culo Fofo en el estómago y me soltó justo cuando el Coleta parecía recuperarse y se levantaba. Le aticé una patada en la espinilla que lo hizo aullar de dolor insoportable. Siempre he sido de las que continúan haciendo las cosas que funcionan, por lo que volví a pegarle otra patada en la espinilla y sonreí encantada cuando el muy enclenque chilló. No creo en la lucha limpia, nunca he creído. Hago lo que sea necesario para ganar.

El detective Pierce por fin me apartó de los dos idiotas tirándome al suelo.

—Everett, ya les has dado... ¡maldita sea, mujer!

Yo estaba jadeando y tan furiosa que tuve tentaciones de cascarle también a Pierce, pero decidí no hacerlo, porque era un buen tipo y siempre me había tratado con mucho respeto.

—Everett. —Me quedé paralizada cuando la voz airada de la capitana gritó mi nombre—. Venga aquí inmediatamente.

Pierce me ayudó a levantarme y al dirigirme a su despacho, fulminé a mis dos sacos de entrenamiento con la mirada.

—¡Puta demente!

Me giré en redondo y les sonreí a los dos.

—No sé quién ha dicho eso, pero les prometo que no he terminado con ninguno de los dos y la próxima vez no habrá nadie que me detenga. ¡No pongan... un puto dedo... en las cosas de Smitty!

Los dos se pusieron pálidos y entonces el del culo fofo crónicamente rosa pareció sacar pelotas de alguna parte porque de repente se le ocurrió una idea brillante.

—Le voy a poner una denuncia por loca. ¿Qué le parece maltrato de palabra y obra? Tenemos una comisaría entera que la ha visto atacarme sin provocación. —Tenía una expresión tan victoriosa que me entraron ganas... no, me entró la necesidad de joder a este tipo.

—Mmm, ¿es cierto eso? —Asomé la cabeza al despacho y le eché una sonrisa beatífica a la capitana—. Ahora mismo voy, capitana, es que tengo que decirle una cosa a alguien. —Volví a cerrar la puerta, tapando su bramido enfurecido, y me volví de nuevo hacia el ufano detective del culo fofo.

—Mm... ¿alguien de los presentes me ha visto atacar a este tío sin provocación? —pregunté, sin molestarme en apartar la mirada del capullo del culo fofo.

—No, yo no he visto nada de nada, Everett.

—Yo tampoco. ¿Y tú, Kim?

—¡No, no he visto nada!

—Pierce, ¿y tú?

—Me temo que no.

Mi sonrisa fue en aumento mientras el tipo miraba a su alrededor sin dar crédito al ver que todos los que me habían visto perder los papeles ahora negaban todo conocimiento. Mi sonrisa empezó a flojear cuando recordé la última vez que había perdido los estribos. También eso había quedado tapado sin apenas esfuerzo.

—Bueno, la capitana lo ha visto todo. —Culo Fofo se estaba poniendo nervioso. Se le puso la cara tensa y aún más colorada de rabia y bochorno.

—Mm, no, me temo que salió justo cuando yo acababa de quitarle a Everett de encima. Puede que lo haya oído chillar como una perra, pero eso es todo, me temo —comentó Pierce.

Sonreí de oreja a oreja, aunque me estaba hartando del juego.

—Saben, ustedes dos tienen muchas cosas que aprender. Pero lo primero que será mejor que se aprendan de memoria es que lo que ocurre entre nosotros, se queda entre nosotros. Puede ponerme una denuncia si quiere, pero aquí nadie lo va a ayudar. Pero por favor, es libre de denunciarme. Sólo espero que nunca necesite refuerzos.

—Oiga, ¿eso es una amenaza? —preguntó el Coleta enfurecido.

—¿Pero qué demonios le pasa? ¿Es que su compañero le ha pegado con la porra en la cabeza demasiadas veces? Eso no ha sido una amenaza, ha sido una promesa. —Dicho lo cual, entré en el despacho de la capitana para recibir lo que esperaba que no fuera más que un fuerte rapapolvo.

Me senté con calma en la silla mientras ella garabateaba algo enérgicamente en una hoja de papel.

—Le voy a dar una baja por motivos médicos.

—¿Qué? ¿Pero por qué? No necesito una baja...

—¡Escúcheme bien, Everett, se le está yendo la olla! Siempre ha estado bastante desequilibrada, pero lleva un tiempo lanzada a la autodestrucción y no estoy dispuesta a dejar que hunda al departamento de paso.

—No quiero...

—¡No le he preguntado lo que quiere! —Me puso un papel delante—. No vuelva sin el alta del psicólogo, Everett.

Cogí el papel y me lo metí en el bolsillo trasero. Y sin despedirme siquiera, salí del despacho de la capitana.

—¡Everett!

Me volví y clavé los ojos en la ventana. Para que no viera los cuchillos de odio que no habría podido evitar lanzarle.

—Deje su pistola.

La miré atónita.

—¿Quiere mi pistola?

—La recuperará después de...

Me arranqué la pistola de la funda de nailon, le quité el cargador y deposité ambas cosas en su mesa con un golpe.

—Y supongo que también quiere mi placa, ¿verdad? —La dejé también de golpe y me dirigí a largas zancadas a la puerta que la separaba de los policías de verdad.

—¡Esta vez lo digo en serio, Everett! —la oí gritar detrás de mí.

Levanté una mano y gruñí:

—Olvídeme.

Al salir del edificio, miré el reloj. Las 2:06. La hora perfecta para tomar un cóctel... o diez.


Me bajé de la banqueta y agité la mano con gesto ebrio para despedirme de Stacy, o al menos de quien creía que era Stacy. Evité mirar a Riley mientras me dirigía a la salida. No estaba allí cuando llegué horas antes, pues Stacy no empezaba a cobrar la entrada hasta por la noche. Me daba vergüenza estar ahí sentada en silencio pillándome una cogorza, pero esa vergüenza no era suficiente para obligarme a dejar de beber. Stacy intentó varias veces dejar de servirme, pero yo no paraba de recordarle que era una puta adulta y que no iba a conducir. Estaba en todo su derecho de negarse a servirme, pero seguro que se había enterado de lo de Smitty por esa maldita radio de la policía que tenía y probablemente intentaba darme un poco de cuartelillo.

Estuve toda la velada notando unos ojos clavados en mi espalda, pero me negué a mirar a Riley. Esperaba que no creyera que un beso y unas cuantas palabras nos convertían en colegas del alma, porque no era así. No quería tener amigos. Qué digo, ni siquiera quería tener conocidos, sobre todo como...

Me detuve porque no se me ocurría ninguna razón para no querer a Riley como amiga. Parecía una persona sensible y bondadosa. Yo no estaba acostumbrada a tratar con personas que se interesaban por los demás simplemente porque sí. Seguramente lo mejor para ella era que se alejara de mí.

Pasé junto a la silenciosa portera evitando mirarla y salí por la puerta. Riley no dijo ni una palabra. Me sentí decepcionada, tal vez me había equivocado con ella. Tal vez no era tan bondadosa como pensaba. Tampoco es que yo le fuera a decir nada, como comprenderéis. Es que pensaba que a lo mejor me preguntaba qué te pasa o algo así, ¿sabéis?

El aire frío me dio de lleno en la cara, lo cual me hizo sofocar una exclamación y me dejó irritantemente sobria. Me metí las manos en los bolsillos y solté una palabrota en voz baja. Como de costumbre, no llevaba chaqueta y, como de costumbre, me iba a congelar viva. Cuando acababa de tomar la decisión de ir corriendo a casa, me agarraron por detrás y me estamparon con una pared y luego me empujaron a un pequeño callejón que separaba dos edificios.

No me dio ni tiempo de defenderme y mucho menos de gritar antes de que dos fuertes puñetazos en las costillas me doblaran por la mitad y me hicieran caer a cuatro patas. El acto de respirar me atravesaba el cuerpo de dolor. Moví con cuidado la mano izquierda para sacar la pistola, con la esperanza de que la falta de luz me tapara lo suficiente para sacar el arma antes de que mi atacante se diera cuenta de lo que hacía. Con sobrecogedora claridad, recordé que le había entregado mi arma a la capitana sin apenas quejarme. Siempre supe que esa mujer iba a acabar conmigo.

—Escucha bien, zorra, tenemos un mensaje para ti. Cierra esa puta bocaza. ¿Entendido? —gruñó mi atacante y luego me atizó otro puñetazo en el estómago que me levantó del suelo y me dejó acurrucada de lado en posición fetal.

—Tío, ya se ha enterado, vámonos.

—Cállate, joder, que sé lo que hago.

Era la primera indicación que tenía de que se trataba de dos atacantes, no uno solo. Me iba a costar más escapar.

—Deja que te vea. Me dijeron que eras dura de pelar. Joder, pues a mí no me pareces tan dura. ¿Ves eso, tío? Eso es lo que se les hace a los perros cuando se desmandan. Les pegas una patada a los cabrones en el estómago y se enteran.

Al sentir el primer golpe en el estómago, pensé al instante que los dos tipos trajeados a los que había atacado se estaban vengando. Me pegarían un poco, pero me dejarían con vida y lamentando la vergüenza que les había hecho pasar. Pero las voces de estos dos no me cuadraban. Eran jóvenes, con experiencia en la calle, y no los conocía de nada, lo cual me dio miedo.

Me levantaron de un tirón y me empujaron contra la pared. Esperé a que volvieran a lloverme los golpes. Pero no fue así.

El ruido del impacto de unos puños atravesó el aire cuando alguien despachó a mis atacantes en silencio y con eficacia. Tuve tiempo de jadear antes de que un puñetazo especialmente brutal lanzara a uno por los aires a mi lado hacia el interior del callejón a oscuras. Quería largarme pitando de allí, pero lo único que logré hacer fue resbalarme por esa pared asquerosa y esperar con la frente apoyada en la mano a que me salvaran... o me dieran otra paliza.

Escuché aliviada el ruido irregular de unos pies que se alejaban corriendo. Intenté hablar, pero sólo conseguí toser unas cuantas veces.

—¿Foster?

Reconocí esa voz apagada al instante.

—Riley... ¿eres tú? —dije resollando.

—Sí, venga, vámonos de aquí.

Me ayudó a levantarme y empecé a tomar aliento profundamente, pero me lo pensé mejor.

—¿Quiénes eran? —preguntó.

—Ni idea —dije de malos modos y luego me sentí mal porque le había gruñido a la persona que me había salvado—. Ladrones, probablemente.

—Probablemente. —Su voz sonaba más brusca que de costumbre. Intenté imaginar de qué humor estaba, pero el dolor no me permitía concentrarme mucho, así que lo dejé. Permití que me llevara medio a rastras, medio en brazos hacia el club.

—Joder, Riley, no quiero entrar ahí con esta pinta. ¿No puedes ayudarme a llegar a mi casa?

—Sí, vale. —Nos hizo girar con cuidado en la dirección por la que habíamos venido.

—¡Mierda! —grité y me palpé frenética los bolsillos del pantalón.

—¿Qué pasa?

—No sé dónde tengo las llaves. Las llevaba en la mano cuando salí del club, pero ahora no sé dónde están.

—Puede que se te hayan caído en la pelea.

—Maldita sea. —Sorbí cuando, cosa increíble, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me habían suspendido de empleo, Smitty estaba muerto y me dolía todo como... bueno, como si me acabaran de dar de leches.

—Tranquila. —Riley me rodeó con sus fuertes brazos y confieso que le permití que me abrazara. Como una niña pequeña, hundí la nariz en su camisa y aspiré su olor fresco y limpio. No olía a perfume, ni a un jabón de aroma especial, sino simplemente a limpieza que parecía emanar de sus mismos poros. Y debajo de todo eso, el levísimo olor a chocolate, o tal vez sólo fuera el recuerdo de tiempos más felices.

—Nunca podremos encontrar esas puñeteras llaves sin una linterna.

—Tengo... te puedo llevar a mi casa. —Levanté la mirada cuando dijo eso porque percibí la timidez en su tono—. No es gran cosa, pero es tranquilo y a lo mejor puedes dormir un poco.

—Me parece maravilloso. —Y con toda franqueza, me lo parecía.

—Tengo el coche por ahí.

Me limité a asentir y una vez más me llevó hacia el club. Me pregunté por un instante cómo era que había llegado allí a tiempo de salvarme el pellejo.

—¿Y Stacy? ¿No tienes que decirle que...?

—La llamaré cuando lleguemos a mi casa.

Me debí de desmayar después de eso porque cuando me quise dar cuenta, me desperté dentro de un vehículo en movimiento.

—Ya casi estamos —dijo en voz baja.

¿Cómo sabía que estaba despierta? Estaba segura de que no había hecho el menor ruido. Se me ocurrió pensar que había permitido que una mujer a la que no conocía me llevara a un lugar desconocido en medio de la noche. Nadie sabía dónde estaba. Me empecé a poner un poco nerviosa cuando el coche frenó y se detuvo. Antes de que pudiera preguntar nada, habló en medio del silencio oscuro.

—¿Puedes andar?

Me erguí con cuidado.

—Eso creo.

—Espera ahí, voy a dar la vuelta.

Riley salió del coche y cerró la puerta con un buen golpe. Siempre me había gustado el olor y el ruido de los coches viejos. No me preguntéis por qué, pero a algunas personas les gustaba el olor a gasolina o a alcohol de quemar. A mí me gustaban los coches viejos. Pero en ese momento, los nervios me atenazaban el estómago como una cobra a punto de atacar. Me dolían las costillas y tenía un dolor de cabeza espantoso. No podría luchar si tuviera que hacerlo. Miré atontada por la ventanilla. Un edificio oscuro se alzaba amenazador delante de mí y no se veía ninguna luz en su interior. No vi otros coches en la zona, lo cual aumentó mi nerviosismo.

Mi puerta se abrió con un sonoro chirrido que sólo sirvió para duplicar mi preocupación. La luz interior se encendió con un resplandor que apenas bastaba para iluminar el coche. Mi corazón hizo un redoble de alivio cuando me encontré con los sinceros ojos azules de Riley. Esta mujer intentaba ayudarme, sin apenas conocerme, sin más motivo que porque era buena persona. No vi animosidad ni falsedad en su rostro. Y francamente, en esos momentos no tenía elección. Tenía que fiarme de ella. Estaba demasiado cansada y dolorida para hacer otra cosa.

—Deja que te ayude. —Me cogió con delicadeza del brazo y salí del coche, con una mueca de dolor cuando mis costillas protestaron por el movimiento—. ¿Vas bien? —preguntó.

Levanté la mirada, pero apenas la veía. Empezaba a resultarme difícil concentrarme por el dolor.

—Sí —dije resollando.

Me concentré en poner un pie delante del otro y me pregunté vagamente si debía alarmarme por la cantidad de cristales rotos que parecía estar pisando. ¿Dónde demonios me llevaba? No tenía ni idea del tiempo que había estado inconsciente en el coche, de modo que ni siquiera sabía si seguíamos dentro de los límites de la ciudad.

—Siento lo de los cristales. No me he molestado en limpiar aquí fuera.

—Riley, ¿dónde estamos?

—Aquí es donde vivo —dijo secamente.

—¿Pero qué sitio es éste?

—Un antiguo cine.

—Un antiguo cine —repetí como si fuera el lugar más normal del mundo para vivir.

Aunque yo no sabía muy bien por dónde pisar, era evidente que Riley estaba acostumbrada a hacer este recorrido en la oscuridad. Avanzó con seguridad unos cuantos pasos más y luego se detuvo. Oí que metía una llave en una cerradura y que abría una puerta. Tocó un interruptor y luego entró en el edificio, sosteniendo la pesada puerta para que yo pasara. La luz de dentro me atrajo. No estaba en condiciones de discutir, por lo que me limité a asentir y entré, mientras en mi cabeza sonaba espeluznante el tema principal de El Fantasma de la Ópera.

—Por aquí —dijo apagadamente y echó a andar por un pasillo, encendiendo luces al pasar. Al final del pasillo abrió otra puerta y esperó pacientemente a que la alcanzara. Yo me iba sujetando el costado y preguntándome si era la cretina más estúpida del mundo por dejar que me trajera aquí. Noté el sudor que se me acumulaba y me caía por la espalda del esfuerzo que había hecho para caminar hasta aquí. Nadie sabía siquiera dónde estaba. Jo, y yo qué sabía si era una asesina en serie. ¿Pero quién coño vive en un cine?

—¿Por qué vives en un cine? —pregunté. Por alguna razón, estaba intentando evitar pasar por la puerta que ella sujetaba pacientemente.

—Porque no tengo dinero y me sale gratis.

—Oh. —Lo había dicho sin el menor asomo de lástima por sí misma ni vergüenza.

Vale, Everett, vas a tener que fiarte de ella. Me di un empujón mental y mirándola por última vez, pasé por la puerta.

Aunque estaba mal iluminado, todavía se veían los restos de lo que seguramente había sido un buen cine en su día. Un total de casi cien asientos de color rojo oscuro y respaldo alto ocupaba el suelo en diversos grados de deterioro. Las butacas mismas eran de roble oscuro e incluso a través de la capa de polvo que lo cubría todo, me di cuenta de que tendría un aspecto precioso cuando estuviera limpio.

—No sabía que este sitio existía.

Me adentré en la sala y me quedé delante de la primera fila de butacas. La moqueta era de un rojo oscuro mohoso. No era de mi gusto, pero me di cuenta de que probablemente era muy cara.

—Bonito, ¿verdad? —Pegué un respingo. No había oído a Riley acercarse.

—Sí, es muy bonito.

—Las obras de restauración empiezan en cuanto concedan los permisos.

El tono soñador de su voz me hizo mirarla rápidamente. Estaba sonriendo. Algo que, como ya he dicho, no parecía hacer muy a menudo. Aproveché ese momento para examinar su cara. Aunque tenía los rasgos marcados, no eran muy duros. Me pregunté por qué me había parecido una persona con mala uva o inaccesible cuando la conocí. Jo, ahora parecía... bueno, joven, inocente, incluso ingenua.

Riley me miró a los ojos en ese momento y luego se apartó cohibida.

—Estás cansada. Por aquí.

No esperó a que respondiera y echó a andar hacia el otro extremo de la sala. En lugar de avanzar por otro estrecho pasillo, se volvió de cara al escenario. Observé asombrada cuando corrió una puerta y metió la mano. Dio la impresión de que palpaba buscando algo un momento y entonces, con un chasquido, pulsó un interruptor oculto.

—Cuidado, las escaleras son estrechas.

La seguí, preguntándome una vez más por qué demonios estaba dejando que una mujer a la que apenas conocía me arrastrara al interior de un edificio abandonado en Dios sabe dónde.

Pulsó otro interruptor y me quedé pasmada ante lo que vi. Me esperaba ver un antro, el típico sitio para dormir cuando no se tenía un lugar mejor donde alojarse.

—La leche —murmuré. Esto no era un antro en absoluto. Alguien había dedicado mucho tiempo a convertir esto en un hogar.

El apartamento, aunque no era para nada enorme, era en realidad más grande que el mío. Tenía un aire náutico. En un rincón había una plataforma elevada que se usaba como zona de dormir. Tenía una cama doble, una mesilla de noche y un carro con una televisión pequeña y un aparato de vídeo. Los suelos de madera estaban pintados de azul marino, lo mismo que las paredes y las estanterías. Sólo el techo era blanco. Aunque no había ventanas, había ojos de buey de un barco a ambos lados de la habitación. A la derecha había una minicocina completa con fregadero, microondas y dos fuegos. A mi izquierda había dos puertas, una de las cuales esperaba que llevara al cuarto de baño.

—¿Te gusta?

Una vez más, me sobresalté al oír su voz tan cerca de mi oreja y me apreté las costillas olvidadas con la mano cuando se pusieron a protestar dolorosamente.

—Esto es genial, Riley. —Advertí su expresión de orgullo—. ¿Lo has hecho todo tú? —le pregunté cortésmente, aunque estaba segura de que no lo había hecho ella.

—Sí. —Apartó la vista cohibida cuando me quedé mirándola maravillada.

—Jo, este sitio es una auténtica... —Con el entusiasmo de decirle lo bien que lo había hecho, me olvidé por completo de mis costillas magulladas y levanté la mano para tocarle el hombro. El dolor me atravesó el costado y me dejó sin respiración—. Ahhh, mierda —gemí y Riley se adelantó corriendo para atraparme cuando me desplomé hacia delante.

—Ya te tengo.

Y ya lo creo que me tenía. Me levantó en brazos sin esfuerzo, me llevó a la cama y me tumbó. Me hundí agradecida en la almohada y ella se sentó en el borde de la cama, con la frente arrugada con un ceño de preocupación.

—No te preocupes, estoy bien. Sólo necesito descansar.

—Primero tengo que examinarte el costado. Podrías tener las costillas rotas —dijo y una vez más me extrañó esa forma de hablar extrañamente brusca que tenía.

—No, rotas no. Ya he tenido las costillas rotas en otra ocasión y ahora sólo están magulladas, aunque duele que no veas —dije resollando. Estaba intentando controlar las ganas de toser. Sabía que si lo hacía, me iba a cagar del dolor.

—Tengo analgésicos aquí, de cuando me quitaron las muelas del juicio. Ahora vuelvo.

Asentí y me quedé contemplando el techo, protegiéndome las costillas con la mano mientras luchaba con el cosquilleo que sentía en la garganta. Me tragué las lágrimas causadas por el dolor, el miedo y el agotamiento: había sido un día infernal. Oí que Riley abría y cerraba cajones y empecé a dejar que la calma curativa del sueño tirara de mí.

—Son nubes. Has pintado nubes en el techo. —Las formas luminosas estaban bordeadas de azul claro, tan delicado que a primera vista parecía un techo blanco vulgar y corriente. El efecto era relajante, como dormir bajo el cielo abierto. Parpadeé varias veces, luchando con la necesidad de cerrar los ojos y permitirme dormir.

La cama se movió cuando Riley se sentó a mi lado. Me mostró el frasco y dejé que me metiera dos pastillas blancas en la boca, tras lo cual bebí obedientemente el agua fría que me ofreció. El molesto picor que tenía en la garganta se calmó por el momento y asentí dándole las gracias.

—¿Por qué has pintado el cielo en el techo? —le pregunté con curiosidad.

—Porque durante la mayor parte de mi vida eso era lo único bonito que veía.

La respuesta debería haber sido triste, pero no lo fue. Lo dijo con una sencilla franqueza a la que yo no estaba acostumbrada. Quería seguir hablando con ella, pero creo que los calmantes que me había dado estaban empezando a surtir efecto. Cerraría los ojos un minuto. Descansaría un poquito y luego le preguntaría más cosas sobre ella.


Capítulo 6

Un fuerte estrépito me hizo abrir los ojos e incorporarme de golpe.

—Ahhh, maldita sea. —Con las prisas me había olvidado de mis costillas. La puñalada de dolor me provocó una oleada de náuseas que me atravesó de parte a parte.

—Foster, ¿qué ha pasado?

Levanté la mirada y vi a Riley desnuda mirándome con una expresión de profunda preocupación marcada en la frente. Vale, no estaba exactamente desnuda, pero para el caso, como si lo hubiera estado. Llevaba una camiseta sin mangas recortada que no dejaba nada libre a la imaginación y un par de pantalones cortos grises de algodón que le ceñían cada curva del cuerpo. Si no me hubiera dolido todo tanto, estoy segura de que me habría puesto a salivar. Riley tenía un cuerpo maravillosamente esculpido. Era evidente que le había dedicado mucho trabajo para tener ese aspecto.

—Me he sentado demasiado rápido —le dije al tiempo que apoyaba la cabeza en la cama y me metía la mano por debajo de la camiseta, donde descubrí una venda muy bien enrollada alrededor de mis costillas. ¿Cuándo lo había hecho? La miré con intención.

—Tenía miedo de que te fueras a hacer más daño mientras dormías. Te he puesto lo más cómoda posible.

Asentí y me incorporé despacio para mirar por la habitación. Riley me había quitado el sujetador, los zapatos y los calcetines y me había desabrochado los pantalones para que pudiera dormir mejor. Me ruboricé al darme cuenta de que mi costumbre de no llevar bragas por fin me estaba pasando factura. Esperé que no hubiera visto mi "mundo" mientras intentaba "ponerme cómoda".

Intenté levantarme de la cama, pero me puso la mano en el hombro.

—Deberías descansar.

—Tengo que ir al baño —le dije con tono arisco.

Yo no era la mejor paciente del mundo y advertí por su mirada que no le hacía gracia que le respondieran de malos modos. ¿Qué estaba haciendo? En los pocos días que conocía a Riley, la había avergonzado besándola delante de una docena de mujeres, había conseguido que casi la mataran y le había contestado mal. Y ni siquiera me había molestado en darle las gracias.

—Ahhh, mierda, escucha, Riley, siento todo esto. —Intenté mirarla a los ojos, pero ya me había dado la espalda.

—Tú no lo has pedido —dijo malhumorada.

—Ya lo sé, pero siento causarte tantos problemas. Y quería darte las gracias por ayudarme y dejarme dormir aquí y, bueno, por cuidarme —terminé torpemente.

—El baño está ahí y... de nada.

Asentí y emprendí el doloroso proceso de ponerme de pie. Cada movimiento que hacía me causaba un dolor sordo que me atravesaba el cuerpo de parte a parte. Apenas había conseguido colocarme en el borde de la cama y ya estaba sin aliento.

—¿Me dejas que te ayude?

La miré de golpe al oír la pregunta. Al ver su expresión preocupada, asentí. Me eché hacia delante y dejé que se agachara delante de mí. Me rodeó la cintura delicadamente con los brazos, en lugar de cogerme de las manos, como yo creía que iba a hacer, y luego me levantó poco a poco. Pero incluso con su ayuda tuve que morderme la mejilla por dentro para no gritar.

—¿Estás bien?

—Sí —dije sin aliento. ¿Por qué me empeñaba en hacerme la dura? Me dolía muchísimo.

—¿Puedes ir al baño sola?

Asentí, pensando, Maja, prefiero aguantarme que dejar que me veas sentada en el retrete.

Bajé de la plataforma donde estaba la cama y fui con cuidado a la segunda puerta que me había indicado. La abrí y una vez más admiré la carpintería. La sensación náutica de la zona de vivir de fuera continuaba en el cuarto de baño y cada hueco tenía un uso dentro del diminuto baño. Riley era probablemente el doble de grande que yo, de modo que pensé que a ella le quedaría estrecho, pero para mí era perfecto. En la pared de detrás del retrete había otro ojo de buey, el asiento del retrete mismo era un modelo Kohler bajo y el suelo de madera continuaba desde la zona de vivir. La ducha era sencilla, pero tenía un asiento incorporado para poder sentarse a remojo.

Me lavé las manos y salí del baño. Le hice un gesto con la cabeza para indicarle que todo iba bien como respuesta a la ceja que alzó al verme en lugar de preguntar oralmente. Continuó con lo que fuera que estaba haciendo en la cocina y ninguna de las dos se molestó en hablar.

Eché un vistazo al gran reloj de pared con aspecto de brújula que colgaba en el arco que daba a la cocina y casi me atraganté al ver lo tarde que era. Ya eran casi las cuatro de la tarde. Me había pasado casi todo el día durmiendo.

—Jo, pero qué tarde es. Siento mucho estar aquí dándote la lata. —Me puse a buscar el sujetador y los zapatos para poder dejarla en paz—. Mm, ¿crees que podría llamar a un taxi?

—No me parece buena idea.

—¿Qué? ¿Por qué no? —Dejé de buscar y la miré con desconfianza.

—Porque estás mal. No te conviene estar sola. —Me miró a los ojos como desafiándome a discutir.

—Sí, ya, pero tengo que ir a trabajar.

—Anoche dijiste en sueños que te habían suspendido. —Desapareció debajo del mostrador y aproveché para poner los ojos en blanco. Se acabaron los pezones mantecosos para mí. Me parecía que me causaban demasiados problemas.

—Oh, ah, sí, es cierto. Mm, ¿y tú? ¿No tienes que ir a trabajar?

—Le dije a Stacy que tenía que ayudar a una amiga enferma.

—Oh. —Me devané los sesos buscando otra excusa—. Tengo un animal doméstico —solté—. Tengo que ir a casa para darle de comer, todavía no ha comido hoy.

—Primero tenemos que encontrar tus llaves. ¿A menos que tu casero...?

—Mi compañero tiene... —Me callé. Estaba a punto de decirle que Smitty tenía un juego de mis llaves, puesto que yo tenía tendencia a olvidármelas—. No, no tengo otro juego extra.

Asintió.

—Yo tengo que ir a hacer compra. Podría pasarme por el callejón para intentar encontrar tus llaves. Luego puedo coger algo de ropa y traerte tu mascota aquí, si quieres.

—No puedo dejar que hagas eso.

—Quiero hacerlo.

¿Cómo se discute con una afirmación así de sencilla? No se puede.

—Vale, te voy a apuntar mi dirección.

Asintió y sin decir nada me dio papel y bolígrafo y, tras sacar unos vaqueros y una camiseta de un cajón que había debajo de la cama, entró en el cuarto de baño, al parecer para darse una ducha.

Volví a tumbarme en la cama y cerré los ojos, mientras el ruido del agua de la ducha me iba adormeciendo. Me encantaría darme una ducha en estos momentos, pensé. Cuando mi mente se puso a divagar, acabé pensando en lo que sería estar en ese reducido espacio con Riley, deslizando las manos por su piel firme humedecida por el agua. La sensación que me entró en el bajo viente no me resultaba desconocida, puesto que no era precisamente virgen, pero nunca había sido dada a excitarme a las primeras de cambio. De hecho, hacía mucho tiempo que nadie lograba provocarme aunque sólo fuese una chispa de pasada. Pero Riley tenía algo. Algo tan distinto que me picaba la curiosidad, física y mentalmente.

La ducha se cerró de golpe y al instante me coloqué con dolor boca abajo para poder volver la cara acalorada hacia la pared. Me estaba portando como una adolescente. A lo mejor es porque me ha salvado la vida, me dije. Normalmente, no me preocuparía por sentirme atraída por una mujer. Oye, a fin de cuentas era lesbiana. Pero Riley era hetero y seguro que podía matarme con una mirada.

La oí acercarse sigilosamente a la cama y se quedó ahí un segundo. Esperé a ver que hacía. Por pura fuerza de voluntad no pegué un brinco cuando me echó una manta ligera por los hombros. Oí que abría un cajón de la cómoda que había a mi lado y lo volvía a cerrar. Parecía que estaba escribiendo algo rápidamente y luego cogió las llaves y salió de la habitación. Mi cuerpo se relajó cuando dejó de estar en la estancia y a los pocos instantes me sumí en un profundo sueño cargado de imágenes que de reparador no tenía nada.


—Foster, ya he vuelto.

Me desperté sobresaltada y estuve a punto de chillar al ver una gran sombra que se cernía sobre mí en la penumbra.

—No, no grites, soy yo. —Una mano cálida me apretó ligeramente el brazo. Nos quedamos mirándonos un minuto y luego, casi en contra de mi voluntad, mi cuerpo se relajó—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —dije, sintiéndome un poco incómoda.

Asintió, se apartó de mí y encendió la luz de la cocina. Parpadeé unas cuantas veces hasta se me acostumbraron los ojos.

—Siento haber tardado tanto.

—No pasa nada, he estado durmiendo todo el tiempo. —Hice una mueca de dolor al levantarme de la cama.

—Bien. ¿Tienes hambre? He hecho compra.

—No, la verdad es que no. —Me acerqué a ella y miré dentro de las bolsas.

—Oh... te he traído tus cosas. Están ahí.

Fruncí el ceño al advertir que no me miraba a los ojos. Pero me olvidé al instante de su comportamiento cuando me fijé en la jaula naranja de dos pisos de Bud, que llevaba incluido el tubo largo por el que le encantaba correr y estaba llena de comida fresca para él.

—Oh, caray, hola, Bud, ¿cómo estás? —exclamé mimosa y luego eché un vistazo con los ojos entornados para ver si Riley se estaba riendo de mí. Pero estaba ocupada sacando cosas de las bolsas de papel marrón que había traído y no parecía advertir en absoluto mis tonterías.

—Gracias por ocuparte de él.

—¿Eh? Ah, de nada —dijo distraída.

—¿Qué ocurre? —le pregunté por fin.

—No he podido encontrar bragas. Te habría comprado, pero... mm...

Sonreí de oreja a oreja. Qué rica es. Debió de apartar la mirada cuando me desabrochó los pantalones, porque no tengo bragas en casa desde la última vez que llevé a alguien que conocí en Secretos, hace dos años.

Fui a la bolsa que me había indicado y saqué unos vaqueros y una camiseta.

—Oye, ¿crees que podría darme una ducha?

—Claro, ¿necesitas ayuda? —Levanté la vista de golpe—. Me... me refiero a las vendas.

—Mm, sí, seguramente. —Le di la espalda y me quité con cuidado la camiseta por encima de la cabeza, sujetándola por delante para taparme los pechos. Aguardé expectante a que me soltara el vendaje, pero al cabo de unos segundos me volví para mirarla por encima del hombro izquierdo y vi que me estaba mirando la espalda con rabia.

—¿Qué?

—Tendría que haber llegado antes —gruñó.

—Yo me alegro de que llegaras, punto. —Reviví el ataque en mi mente—. Riley, ¿por qué estabas allí?

Su mano se detuvo, apoyada cálidamente en mi espalda.

—Suelo vigilarte hasta que llegas a tu casa.

—¿En serio? —Me di la vuelta y miré ceñuda la pared durante un instante mientras mi mente seguía intentando traducir lo que acababa de decir.

—Llegué tarde. No encontraba a Chrissie para que atendiera la puerta.

—¿Pero por qué?

—Estabas... muy borracha. Stacy dijo que no sueles beber tanto. Estábamos preocupadas.

—Ah.

—Te sigo todas las noches.

Me quedé pasmada por su confesión. Que me hubiera seguido sin que yo lo supiera era como un jarro de agua fría. Había estado tan metida en mis problemas que no había mantenido la guardia y eso había estado a punto de costarme muy caro. Me olvidé de mis lesiones y me di la vuelta de golpe para mirarla.

—Me cago en la puta leche —bufé y me habría derrumbado en el suelo si Riley no me hubiera cogido en brazos para depositarme en la cama.

—Tienes que tener más cuidado —dijo con tono tranquilo pero severo—. Deben de haberte pegado varias veces antes de que llegara yo.

—Sí, unos cuantos puñetazos y una patada —gruñí. Volvió a apretar los labios—. Riley, lo siento. No estoy enfadada contigo.

—Lo sé.

Hizo un gesto con el dedo indicándome que me diera la vuelta otra vez. Lo hice, sin dejar de taparme el pecho con la camiseta con un falso sentido del pudor.

Mientras forcejeaba un momento con el vendaje, sus nudillos me rozaban la espalda. Oí que abría el cajón de la cómoda y sacaba lo que supuse que eran unas tijeras. Por un instante pensé que le había dado la espalda a una mujer a quien en realidad no conocía.

—Pondremos un vendaje nuevo después de que te duches.

—Sí, vale.

Esperé pacientemente mientras ella cortaba el vendaje. Cuando me lo quitó, volví a ponerme la camiseta con cuidado y me di la vuelta para mirarla.

—¿Así que me ibas a seguir hasta casa?

Me miró como si la tuviera atrapada en la mira de un fusil de caza.

—No soy... no iba a... Stacy lo sabía. Pensó que podrías necesitar ayuda.

Le sonreí, pues no quería que se sintiera tan azorada.

—Pero soy policía, ¿recuerdas? Puedo cuidar de mí misma.

—Sí, ya lo sé —dijo con tono apagado y se levantó de la cama y fue a la cocina para seguir preparando la comida.

Vaya, qué forma de cagarla. Parecía muy desagradecida y no era que no me estuvieran zurrando de lo lindo cuando intervino ella. No sabía qué había dicho, pero ella parecía querer poner distancia entre las dos. Jo, qué dificultosa iba a ser. Rica, pero dificultosa.

—Escucha, lo que en realidad quería decir es que gracias.

Observé sus manos mientras troceaba tomates rápidamente. No se molestó en mirarme, de modo que carraspeé.

—Lo digo en serio, Riley. Gracias por ayudarme, ¿vale?

Por fin esas manos eficientes se detuvieron y levantó un segundo la mirada y se encogió de hombros, pero capté la sonrisa en sus ojos, así que supe que seguramente me había vuelto a congraciar con ella. Decidí aprovechar para presionar un poco.

—Oye, ¿crees que podría ir contigo cuando vayas a trabajar mañana? Quiero registrar el callejón antes de que se ponga demasiado oscuro.

—¿Por qué? He encontrado tus llaves, están en la bolsa.

—Es que esos tipos en realidad no intentaban robarme. Dijeron algo de que no querían hacerme daño y que tenía que mantener la boca cerrada. Fue extraño.

Riley frunció el ceño pensativa, con el cuchillo detenido en el aire mientras reflexionaba sobre lo que acababa de decir.

—Sabes, casi... —Su teléfono móvil la interrumpió y me quedé asombrada al ver cómo se le iluminaban los ojos mientras lo buscaba frenética por la habitación.

Por fin, al tercer timbrazo, lo encontró debajo de la camiseta y los vaqueros que yo había sacado de mi bolsa.

—Diga.

Cotilleé mientras ella escuchaba lo que le decían al otro lado del teléfono un momento y luego se estremecía con esa risa silenciosa que tenía. Se dejó caer en una silla con una leve sonrisa en la cara.

—Hola, tú. ¿Cómo estás...? —Sonrió a la maceta con un cactus que estaba en el suelo delante de ella—. Ajá. Bueno, ¿y qué haces?

Se rió otra vez de esa forma tan graciosa y me empecé a sentir molesta porque no sabía con quién estaba hablando. Hasta ahora, quien estuviera al teléfono había conseguido hacerla reír de esa forma tan rica no sólo una vez, sino dos, maldita sea.

—No, no intento cambiar de tema. —Me echó una mirada y me apresuré a coger mi ropa y dirigirme al cuarto de baño.

—Espera un segundo... hay toallas limpias en el armario.

—Gracias —dije con falsa animación.

Seguro que ése era su novio de casa. Sabía que era hetero. ¿Por qué no se iba a alegrar de oír a su novio? Jamás había mostrado el menor interés por ninguna de las mujeres de Secretos.

Entré en el baño, abrí la ducha y me metí bajo el chorro relajante. No tenía ni idea de lo mugrienta que me sentía hasta que empecé a lavarme. Me lavé y acondicioné el pelo con el champú de Riley. Me pregunté distraída qué aspecto tendría su pelo cuando no lo llevaba en una trenza. Dios, no lo hagas, Everett. No empieces a pensar así en Riley. No cruces la línea. No es más que una amiga. Qué demonios, se va a marchar pronto, seguro que va y se casa con ese novio suyo que seguro que se parece a Mr. Atlas en persona y seguro que tienen 1,2 hijos y una casita con valla blanca y un puto perro llamado Lassie o Skip o una gilipollez cursi por el estilo.

Metí la cabeza bajo el chorro y me aclaré el champú del pelo. Sorprendentemente, nada de todo aquello sonaba mal, bueno, nada salvo lo de Mr. Atlas. Me quedé paralizada, con la mano en la alcachofa de la ducha, al darme cuenta del derrotero que habían seguido mis pensamientos. Yo misma me consideraba una solitaria. Nunca había salido más de seis meses con una misma mujer. No era en absoluto una mujeriega, simplemente nunca me había sentido tan a gusto como para compartir mi vida con nadie. Casi me resultaba molesto cuando una relación pasaba de la fase del sexo a la fase de hablemos de nuestro futuro como pareja. Ahí es donde suelo empezar a sentirme atrapada. Cerré la ducha y alcancé la toalla que había colgado por encima de la mampara. Entonces, ¿por qué demonios pensaba que eso de asentarse no sonaba tan mal? Sacudí la cabeza. Jo, me debo de estar haciendo vieja.

Riley ya no estaba al teléfono cuando salí del cuarto de baño, pero parecía tener un brillo placentero en la cara y me pregunté de qué habría ido la conversación.

—¿Has acabado?

—Sí —contesté algo malhumorada y luego intenté sonreír para que no lo notara. Ella estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que no se molestó en levantar la mirada ni pareció advertir mi brusca respuesta.

—Tengo que ducharme antes de comer. Ese callejón estaba mugriento.

—Muy bien. —Volví a pegarme una sonrisa falsa a la cara y ella me sonrió alegremente al pasar a mi lado para entrar en el baño.

De repente me sentí sola, así que me acerqué a la jaula de Bud y sonreí.

—Parece que Riley ya te ha dado de comer, ¿eh, Bud?

Bud cruzó disparado su túnel y lanzó un gancho de derecha. Sonreí al ver su estallido de actividad y lo interpreté como que se alegraba de verme. Miré por la habitación. Una vez más, me quedé pasmada por la habilidad de Riley con la carpintería. Tendría que preguntarle dónde había aprendido a hacer todo esto cuando saliera de la ducha.

La mayoría de los detectives son personas fisgonas por naturaleza. Y tengo que reconocer que mi curiosidad sobre Riley estaba haciendo acto de presencia. Toda la información que tenía sobre ella procedía de Stacy. Consistía en que era portera de discoteca, nacida en el norte de California, que era hetero y que acababa de terminar la universidad. Ah, sí, y que vivía en un cine abandonado.

Saqué a Bud de su jaula y me lo puse en el hombro.

—Como me cagues encima, te meto en el horno al lado del pollo, ¿te enteras, colega?

Con mi coartada bien colocada en el hombro, me puse a explorar. Pensé que oiría a Riley cerrar la ducha, de modo que no me pillaría cotilleando, pero por si acaso siempre podía decir que Bud se había escapado.

—Venga, Bud, a ver qué descubrimos.

Abrí la puerta y atisbé dentro de la habitación. Era pequeñísima y no tenía ventanas. Había una gran colchoneta azul en el suelo, un banco negro acolchado y varias pesas redondas pulcramente apiladas. Por lo que había dicho Riley, no tenía mucho dinero, de modo que me parecía razonable que no estuviera apuntada a un gimnasio.

—Joder, se podría haber quedado con mi abono, ya que vivía aquí. No se puede decir que yo vaya nunca, ¿verdad, Bud?

Cuando estaba a punto de salir de la habitación, la detective que llevaba dentro decidió mirar detrás de la puerta.

—Aahh, bingo.

Riley había arrancado dos fotos de una revista y las había pegado con celo a la puerta. Me eché hacia delante para leer los nombres. Una era de Lou Ferrigno y la otra de Cory Everson. Las dos fotos parecían muy viejas, por lo que supuse que las tenía desde hacía años.

Nunca había oído hablar de Cory, pero Lou Ferrigno hacía del Increíble Hulk en la serie de televisión de los años setenta. Mi padre y yo la veíamos siempre cuando yo era pequeña y él intentaba compensarme por haberse perdido algún aspecto de mi vida. Huelga decir que no me perdí casi ningún episodio. Recordando el cómic del Increíble Hulk que tenía Riley, pensé que le debían de ir los tipos grandes. Meneé la cabeza, desilusionada.

Salí de la habitación, asegurándome de dejar la puerta entreabierta como la había encontrado, y fui a la puerta del otro lado del baño, contenta de que Riley se diera duchas tan largas como yo. Me quité a Bud del hombro, donde llevaba quieto demasiado tiempo para mi gusto, y lo sostuve en la mano mientras abría la puerta de otra habitación pequeña.

Ésta era un poco más interesante. Aunque tampoco tenía ventanas, sí que tenía un escritorio de madera estropeado y lleno de marcas con un ordenador portátil y una impresora encima. Interesante. Riley no tiene dinero, pero tiene un portátil con impresora. Las paredes a ambos lados del escritorio estaban cubiertas de pilas de cajas. Tras asegurarme de que la ducha seguía abierta, entré en su habitación y fui directa a una de las cajas blancas. Levanté la tapa con el pulgar y miré dentro de la caja. Por Dios, la mujer tenía cientos y cientos de cómics. En cada una de las cajas había por lo menos cien cómics, cada uno metido en una bolsa de plástico con cartón blanco. Después de mirar en tres cajas, sacudí la cabeza. Riley me resultaba cada vez más interesante. Por fin me fijé en el escritorio, donde estaba instalado el portátil. Al sacar la silla y sentarme delante del ordenador, me sentí culpable por un instante. A fin de cuentas, la mujer me había salvado el pellejo y me había traído a su casa para curarme. ¿Tenía derecho a hurgar en sus cosas sólo por satisfacer mi curiosidad?

—¡Jo, sí! —susurré. Ojalá hubiera echado un vistazo a su armarito de medicinas cuando estuve en el cuarto de baño.

Apreté el botón de encendido situado a un costado del ordenador y esperé pacientemente a que se activara. Tenía un oído atento al baño por si tenía que escabullirme corriendo a la habitación delantera.

El ordenador se encendió por fin, pero solté un bufido asqueado al ver que aparecía la ventana para introducir una contraseña.

—Maldita sea, Riley, vives sola. ¿Para qué demonios necesitas una contraseña en el ordenador? —Por supuesto, pensé que ahora yo estaba intentando fisgar en sus cosas, pero me pareció que eso era distinto.

Probé sin ganas con Lou Ferrigno, Hulk y esa tal Cory Everson, pero en vano. Caí en la cuenta de que no sabía cómo se apellidaba Riley, porque si no, también lo habría intentado con eso. Posé la vista en el escritorio, me fijé en tres cajones pequeños y abrí el de en medio, con la esperanza de encontrar alguna carta que me dijera cuál era el apellido de Riley. Al no encontrar nada en los dos primeros, abrí el último. Bingo. Saqué una factura sin abrir del teléfono móvil y miré la dirección. No me sorprendió descubrir que estaba dirigida a un apartado postal de la ciudad.

—Riley Medeiros, ¿eh? Muy bonito, te pega. —Siempre hablo sola. Es por ser hija única. Volví a meter la factura y cuando estaba a punto de cerrar el cajón, vi una fotografía encima de un montón de correo—. ¡Me cago en la leche!

Dejé a Bud encima del escritorio y saqué el cajón del todo. Dentro había una foto mía. Reconocería esa foto en cualquier parte. Era la que me saqué en mi primer día como miembro del cuerpo. Parecía joven y un poco aturdida, pero absolutamente feliz. ¿Cómo había conseguido Riley mi foto? Qué diablos, ésta ni siquiera la llevaba aparte de mi identificación como policía, cosa que le había entregado a la capitana cuando le entregué mi pistola y mi placa. Fruncí el ceño con rabia y me levanté. Esta foto no era del mismo tamaño que la que aparecía en mi placa, era más grande. ¿Cómo demonios la había conseguido Riley? A menos que estuviera relacionada de algún modo con los hombres que habían intentado raptarme. A lo mejor todo ese número de acudir al rescate no era más que eso, un número.

Entonces caí en la cuenta de que había una posibilidad muy cierta de que estuviera en peligro. Recogí a Bud rápidamente y ni me molesté en apagar el portátil, cerrar los cajones o recoger los pequeños depósitos que había dejado Bud en el escritorio. Metí a Bud a toda prisa en su jaula y cogí mi bolsa y mi ropa sucia.

—¡Mierda! —Hice una mueca de dolor al intentar cargar con la jaula de Bud y la bolsa al hombro. No iba a poder salir de aquí a pie. Miré frenética a mi alrededor hasta que encontré las llaves del coche de Riley en la mesilla de noche. Las cogí y salí del apartamento.

Mientras subía con cuidado por las estrechas y oscuras escaleras, me pareció oír cómo se cerraba la ducha, pero sabía que no eran más que imaginaciones. Riley me superaba fácilmente en peso por unos veinte kilos y, dadas mis lesiones y su estatura, seguro que podría conmigo sin esfuerzo.

Aceleré el paso en cuanto llegué al cine mismo. Arrastrando los dedos por la pared, conseguí llegar a la puerta y abrirla. Me obligué a correr hacia el único vehículo estacionado en el aparcamiento. Dejé la bolsa y a Bud en el suelo y repasé las numerosas llaves que colgaban del llavero de Riley.

—Mierda, maldita sea —rezongué asustada. Seguro que Riley ya había salido de la ducha y sabía que había registrado sus cosas. Casi me eché a llorar de alivio cuando una de las llaves entró en la cerradura y pude abrir la puerta y lanzar torpemente a Bud y mi bolsa en el interior. Metí la llave en el encendido y recé para que sirviera para arrancar el coche. Solté un suspiro de alivio cuando el motor se puso en marcha.

Encendí los faros y sofoqué un grito cuando la puerta del cine se abrió de golpe y Riley salió corriendo.

—¿Foster? —Su expresión preocupada hizo que me estremeciera.

Metí marcha atrás y, con un chorro de humo, retrocedí por la calle. Ella echó a correr y me quedé pasmada al ver que lograba mantenerse justo delante de los faros.

—Foster, déjame que te lo explique —gritó.

El olor a goma quemada me avisó de que me había dejado el freno de mano puesto. Lo solté de un tirón y eso me lanzó despedida por el callejón, alejándome de ella. Cuando hubo una buena distancia entre las dos, di la vuelta al coche. La jaula de Bud se estrelló en el suelo.

—Lo siento, Bud, ya te compensaré —murmuré por lo bajo al tiempo que se me iba asentando el corazón en el pecho. Aunque sabía que no era posible que me estuviera siguiendo, se me ocurrió pensar que podría haber llamado a alguien con ese móvil que tenía. Tardé unos minutos en orientarme. Resulta que el cine estaba en una parte antigua de Century City por la que poca gente se aventuraba, porque ya no quedaba gran cosa de ese barrio comercial. Al cabo de menos de veinte minutos, me metí en el aparcamiento de Secretos.

No me apetecía nada volver a casa andando, pero tampoco quería llevarme su coche a casa y darle motivos para intentar volver a ponerse en contacto conmigo. No hice caso de la sensación de soledad que me acompañó de vuelta a mi apartamento como un invitado que se negara a marcharse. En cambio, me volqué en una emoción con la que estaba mucho más familiarizada, la rabia.

Una vez a salvo encerrada en mi apartamento, hurgué debajo de la cama, saqué mi caja fuerte y la abrí. Mi padre me había regalado una Glock de 9 milímetros cuando cumplí los veintiún años. Nunca había necesitado usarla, aunque esta pistola me gustaba más que mi arma reglamentaria. Riley, si de verdad se llamaba así, se iba a llevar una sorpresa si alguna vez intentaba volver a joder a Foster Everett.


PARTE 4


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