Muro de silencioGabrielle Goldsby |
A mediodía estábamos en la Autopista 1 de camino a Santa Rosa. Después de aceptar ir con Riley, me entró un ataque de nervios tan horrible que estuve tentada varias veces de decirle que se fuera sin mí. Sin embargo, me bastó pensar en su cara de decepción y lo mucho que la iba a echar de menos para animarme a seguir adelante. Riley dijo que su familia respetaría mi intimidad y que debía decirles que había empezado tarde la universidad, como ella.
Miré por la ventanilla y luego me volví hacia mi silenciosa compañera. Había tantas cosas de mí que no sabía, tantas cosas de ella que yo no sabía. Decía que me quería, pero me costaba creerlo. ¿Cómo es posible enamorarse en unas pocas semanas? ¿Eso no ocurría sólo en los cuentos y las novelas románticas? ¿Ocurría de verdad? Debí de quedarme mirando a Riley mucho tiempo, porque en ese momento se volvió hacia mí como si hubiera oído lo que estaba pensando. Me sonrió dulcemente y luego volvió a posar los ojos en la carretera.
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
—Unas dos horas y media. O más, depende del tráfico. —Me miró un momento a la cara—. ¿Vamos a estar bien, Foster?
Vi que alargaba la mano hacia mí y que luego cambiaba de idea y la dejaba caer inerte sobre el asiento de cuadros entre las dos.
—Mejor que bien —dije, obligándome a sonreírle. La sonrisa correspondiente de Riley limó un poco la desesperación de la mía y me calentó por dentro—. Vamos a estar bien. —Me miró un momento, con cara de curiosidad.
—Lo sé. Nunca lo he dudado.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —pregunté. Seguía sonriendo, pero me empezó a fallar la sonrisa a medida que me iba poniendo más nerviosa. Coloqué mi mano encima de la suya y las miré. Encajaban estupendamente, su mano grande y morena con la mía, más pequeña y blanca. Movió la mano hasta cubrir la mía y me la estrechó un poco.
—Porque sí.
El viaje hasta la casa de la familia de Riley transcurrió en silencio a partir de entonces. Las dudas y los miedos volvieron a asaltarme. Conseguí librarme de todos, menos del último. ¿Y si no le gusto a la familia de Riley? ¿Y si no les parezco lo bastante buena para ella? Una parte de mí estaba convencida de que no lo era. La miré por el rabillo del ojo y observé su mejilla en el retrovisor. Éramos tan distintas. Yo era vocinglera, ella era callada. Yo me enfurecía y no creo que ella se enfadara jamás. Bueno, salvo conmigo, y en esas ocasiones soltaba tacos, cosa que sólo yo parecía capaz de provocarle. Parecía interesada por la gente y yo... Bueno, me han dicho que sólo me intereso por mí misma. Le froté el dorso de la mano con el pulgar. No, ahora me intereso por ella.
Cerré los ojos y recé por primera vez desde que mi madre nos dejó a mi padre y a mí. En aquel entonces recé con todas mis fuerzas para que volviera y nunca lo hizo. En aquel entonces recé por mí misma. No por mi padre, no por ella, sino por mí. Quería que volviera a casa por mí. Ahora recé por Riley. Recé para que no le pasara nada malo.
—¿Estás cansada?
—Perdona, ¿has dicho algo?
—¿Estás cansada? —preguntó en voz baja, como si me estuviera preguntando algo íntimo.
Me moví incómoda, como si no pudiera sofocar la acometida de deseo que me entró.
—Un poco.
—No tardaremos en llegar. Puedes dormir un poco si quieres.
No contesté, pero me quedé pensando en silencio en la ironía de la situación. Me había pasado años sin poder dormir y en unas pocas semanas, había perdido a mi compañero, había matado a un hombre, había conocido a alguien que me importaba y por fin había conseguido dormir bien varias noches seguidas. Me sonreí con desprecio. Alguien tenía un cruel sentido del humor. Quienquiera que fuese, que le dieran por culo.
—¿Por qué no te reclinas un poco y duermes?
—Es que no puedo dormir. No puedo parar de pensar aunque no quiera.
Riley cambió de carril, mirando por el retrovisor e indicando la maniobra con el intermitente, aunque cuando miré por mi espejo vi que no había nadie cerca. Me pregunté si Riley había arrancado alguna vez la etiqueta de una almohada o si había fumado porros o, qué diablos, incluso un cigarrillo.
—¿Necesitas hablar? O sea, ¿estás preocupada por lo que pasó anoche?
Me puse algo rígida y luego me relajé.
—No, no me preocupa, Riley. Es que...
—No te parece que fuera buena idea, ¿verdad?
—¿Y a ti?
—Sí. Te deseaba. No te voy a mentir y no voy a lamentar estar contigo.
—¿Te parece oportuno empezar una relación?
—El sexo no es una relación, Foster. Ya la teníamos antes de anoche.
—Pero no te puedo ofrecer nada, Riley. En Los Ángeles te podría haber sacado por ahí, tal vez. No sé, podría haber pasado más tiempo contigo. Ahora soy... no sé quién puñetas soy. No sé cómo diablos me he metido en este lío y no sé cómo voy a salir de él. No es justo pedirte que vivas en un estado perpetuo de inseguridad.
—¿Foster? —dijo con severidad y al instante supe que había conseguido que se enfadara, otra vez. No lo pretendía, pero ella quería hablar y yo quería decirle lo que me preocupaba—. ¿Estás hablando por ti o por mí?
—No lo sé —farfullé. Detestaba las preguntas espinosas y algo me estaba diciendo: "Ésta es una pregunta espinosa: ten cuidado".
—Soy adulta, Foster, tomo mis propias decisiones. Llevo haciéndolo mucho tiempo.
—Eso lo entiendo, Riley. Pero si estás conmigo, podrías tener problemas.
—Es un riesgo que asumo —dijo con tono tranquilo pero firme. La mano que había estado posada sobre la mía se unió a su compañera en el volante. Sus dedos lo aferraron con tal fuerza que vi cómo se le ponían los nudillos blancos.
Di vueltas mentalmente a lo que había dicho. Tardé un poco, pero por fin me di cuenta de que me acababa de decir que cerrara la puta boca. Había dicho: "Es un riesgo que asumo". No que estuviera dispuesta a asumirlo, sino que lo asumía. Lo cual quería decir que era decisión suya, no mía. Lo cual quería decir que yo no iba a conseguir nada. De repente, sentí que se me quitaba un peso de encima. Riley puso el intermitente y tomó la salida de Fullerton, lo cual volvió a llenarme de aprensión.
—Ya casi estamos —murmuró por lo bajo, como si intentara prepararme para el desastre inminente—. Tengo que advertirte de una cosa.
—Mm, ¿de qué? —pregunté, guiñando casi los ojos al prepararme para lo peor.
—Mi hermano y Rachel son muy aficionados a las bromas. Si se pasan, diles que lo dejen.
—Mmmm, vale —contesté. ¿Llama Rachel a su madre?
Cuando la iba a interrogar la respecto, sacó el coche de la carretera y se metió por un largo camino curvo. Entonces apareció la casa de Riley y por alguna razón, me sentí mejor al verla. El tejado era puntiagudo al estilo Tudor inglés y las ventanas de delante eran grandes y acogedoras. La casa misma no parecía tan grande, pero sí que tenía un porche delantero enorme con uno de esos anticuados columpios. Riley aparcó el coche delante de un garaje independiente pintado del mismo blanco inmaculado que la casa. Le habían colocado una canasta de baloncesto y me pregunté si Riley jugaba. Desde luego, era lo bastante alta para hacerlo. Sacó las llaves del contacto y se volvió hacia atrás para coger la jaula de Bud.
—¿Lista? —me preguntó.
—Mm, claro —contestó mi boca mientras mi mente chillaba no.
No sabría deciros por qué estaba tan nerviosa. Bueno, sí, la verdad es que sí sabría. Nunca en toda mi vida había conocido a la madre de nadie. Incluso cuando salía con chicas en el instituto, los padres no sabían que salía con ellas, por lo que todo era fácil. Ya sabéis: "Hola, mamá, ésta es mi amiga Foster del instituto. Se va a quedar a dormir". Torcí la boca con desdén. Esos tiempos no habían durado mucho.
Los árboles del vecindario eran todos robles. Había una sola casa más en la calle y no parecía que hubiera coches aparcados en su camino de entrada. No vi ninguna acera, lo cual me pareció raro. Se lo preguntaría a Riley más tarde. Nos encaminamos hacia la casa y advertí que a la derecha de los escalones había una gran rampa, seguramente para una silla de ruedas. Respiré hondo para calmarme mientras Riley abría la puerta y entraba en la casa.
Al instante me asaltó el olor a canela y chocolate. El olor se parecía tanto a los que relacionaba con los abrazos de Riley que me excité de inmediato. Dios santo, si el olor es hereditario, seguro que me echan de aquí en un santiamén, pensé. Riley me cogió de la mano y me llevó por un pasillo. Me fijé en que había un raíl electrónico para una silla que subía por unas escaleras y me pregunté si Riley tenía parientes impedidos. La casa estaba impoluta. Las paredes parecían recién pintadas de un color blanco hueso. Los suelos de madera estaban escrupulosamente limpios y aunque los muebles eran de buen gusto, no había muchos. Me gustaba este sitio.
Riley me llevó por lo que debía de ser un comedor y abrió una puerta que daba a la cocina. El olor a chocolate y canela salía de allí. Había una mujer sentada a una mesa pequeña leyendo un periódico. Aunque ya tenía el pelo canoso, en tiempos debió de ser tan oscuro como el de Riley. Llevaba vaqueros azules, una camiseta blanca y lo que parecían mocasines adornados con unas cuentecitas azules. Me fijé en que, como Riley, apenas llevaba joyas, salvo por una pequeña cadena alrededor del cuello y una pulsera de plata. Se llevó la taza a los labios, sin molestarse en apartar la vista del periódico, bebió y volvió a dejarla en la mesa. No se parecía nada a Riley, pero tenía algo que me resultaba tan familiar que tardé un poco en caer en la cuenta de lo que era. Parecía sumida en una quietud absoluta, un silencio absoluto. Cuesta explicarlo, pero era lo mismo que pasaba con Riley. Cuando pescábamos, cuando leía, cuando hacía lo que fuera, tenía un aire apacible y sereno. Creo que yo nunca he dominado el arte de estarme quieta, y mucho menos de estar serena.
—Cómo, ¿no me das la bienvenida? —dijo Riley en voz tan baja que pensé que hablaba conmigo.
Cuando abrí la boca para contestar, la mujer canosa levantó la vista y se le iluminó la cara con una sonrisa tan amplia que me incluyó a mí en su calidez. Se levantó de un salto y se lanzó hacia Riley. Ésta la levantó en brazos, como había hecho con Dani, y giró con ella antes de darle un sonoro beso y bajarla al suelo.
—Dios santo, Riley, fíjate. Le has estado dando duro, ¿verdad? —Le dio una palmada a Riley en el estómago y me pregunté si era un saludo del norte de California del que yo no sabía nada—. Tenía miedo de que no vinieras. ¿Cuándo has llegado? Verás cuando se entere. Y ésta es tu...
—Sí, ésta es Foster —contestó Riley antes de que pudiera preguntar si yo era su novia.
—Encantada de conocerla, señora...
—Llámame Rachel. —Me dio un fuerte abrazo que resultó casi tan potente como los de Riley. Al principio Rachel parecía frágil. Su piel era tan morena como la de Riley y parecía tener cuarenta y pocos años. Desde luego, no parecía tener la edad suficiente para tener una hija de veintiséis años. Charlamos un poco sobre el viaje y me di cuenta de que Rachel pensaba que habíamos venido directamente de Los Ángeles.
—Será mejor que vaya a recoger a Brad. Riley, seguro que Foster y tú os podéis instalar solas. Tu habitación está preparada. Con sábanas limpias y de todo. —Besó rápidamente a Riley en la mejilla y me apretó la mano—. Cómo nos alegramos de que te hayas decidido a venir con Riley. Dijo que no creía que lo fueras a hacer.
Miré a Riley, con una ceja enarcada, pero ella estaba mirando al suelo.
—No sé por qué Riley pensaba que no iba a venir. Estaba deseando conoceros a ti y a Brad. Riley no para de hablar de vosotros —dije con una sonrisa. Esperaba causar buena impresión y al mismo tiempo pinchar un poco a Riley.
—¿No me digas? Vaya, Foster, pues sí que tienes que hacérselo bien, porque esa niña no ha sido habladora en toda su vida. —Dicho lo cual, me guiñó un ojo con picardía y salió por la puerta. Tomé aliento de golpe y parpadeé. ¿Hacérselo bien?
Riley sonrió con sorna.
—Esto es lo que hay.
—¿Hacértelo bien? ¿Se refería al sexo? ¿Tu madre sabe que practicas el sexo? —farfullé, indignada por que Riley pudiera ser tan descuidada—. Oh, Dios. ¿Tú crees que lo sabe? —pregunté al tiempo que levantaba la mano y me olía los dedos.
—Oh, por Dios, Foster. No me lo puedo creer. —Riley meneó la cabeza y salió por la puerta conmigo detrás.
—¿El qué? ¿El qué? —le dije, pero ella volvió a menear la cabeza y subió por las escaleras.
La habitación de Riley era maravillosa en su sencillez, igual que el resto de la casa. Tenía el suelo de madera y sin alfombras. Su cama era más pequeña de lo que me imaginaba, pero era una cama trineo de madera de roble con un edredón de color neutro y una colcha a juego. Tenía una cómoda a juego y una mesilla con una lámpara pequeña, y la estantería estaba llena de libros a los que tendría que echar un ojo con calma cuando ella no estuviera observando todo lo que hacía.
Lo que le dije a ella fue:
—Qué habitación tan estupenda.
Lo que pensé para mí fue: Me muero por fisgar.
—Gracias. —Sonrió con orgullo—. Me acuerdo de cuando compré los muebles. Tenía diecisiete años. Fue mi primera gran compra.
—¿Te compraste tus propios muebles? —Jo, eso me impresionaba. Aunque yo viviera sola, no puedo decir que fuera tan autosuficiente hasta que entré en la Academia de Policía a los veintiún años.
—Sí, estuve casi un año durmiendo en un colchón en el suelo. —Sonrió y botó sobre la cama, mirándome con una sonrisa tímida.
—Mm, ¿Riley?
—¿Sí?
—¿Dónde duermo yo?
—Conmigo. —Su sonrisa parecía muy inocente.
—Aah, ¿con tu madre abajo? Ah, no, no voy a... ni hablar, Riley. Lo siento, pero me sentiría muy incómoda.
—La verdad es que la habitación de Rachel es la de al lado. La de Brad está abajo. —Estaba claro que se estaba divirtiendo y, aunque una repetición del maravilloso encuentro de la noche anterior me resultaba de lo más apetecible, no me parecía bien acostarme con Riley con su madre al lado. Me parecía... bueno, ya sabéis, mal.
—Mm, ¿no hay un sofá o algo así donde pueda dormir?
—No, nuestros sofás son demasiado pequeños, incluso para ti.
—Ah, mm, tal vez debería volverme al chalet, sabes, después de que me presentes a Brad. —Miré nerviosa a mi alrededor. Después de lo que habíamos compartido, no me iba a ser posible dormir con Riley sin tocarla.
—No, Rachel pensaría que nos hemos peleado. Ya se preocupa demasiado por mí.
—¿Y por qué llamas Rachel a tu madre? Todo el mundo que conozco llama a su madre mamá o madre. ¿Qué es este rollo de Rachel? —troné, y al instante me arrepentí de levantarle la voz. Estaba nerviosa y a la defensiva. Riley se levantó y fue hacia la puerta, con la boca apretada como si quisiera darme un corte, pero estuviera conteniéndose.
—Tengo miedo —solté de golpe. Se detuvo, con la mano en el picaporte.
—¿Qué? —Se volvió y me miró. No sé si me estaba imitando o era una costumbre que ya tenía, pero enarcaba la ceja tan a menudo como yo cuando me sentía confusa por algo. A ella le salía mucho mejor.
—Tengo miedo —repetí, mirándola a los ojos. Aunque una pequeña parte de mí todavía quería tirarse faroles, fanfarronear y enzarzarse en una pelea, el resto de mí estaba más dispuesto a intentar explicarle a Riley lo que sentía.
Me senté en su cama, con los codos sobre las rodillas y las manos colgando entre las piernas. Seguro que debía de tener un aire patético, porque Riley me perdonó lo suficiente para acercarse y sentarse a mi lado.
—¿De qué tienes miedo?
—¿De qué no? —confesé, y no me costó tanto como pensaba.
Sabéis, me había pasado casi toda la vida haciendo como si no tuviera miedo de nada. Haciendo mucho ruido con la esperanza de ahuyentar a mis fantasmas. Pero en realidad, creo que siempre había tenido miedo de lo que pudiera sentir.
—Tengo miedo de que Rachel y Brad piensen que no soy lo bastante buena para ti.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No lo sé —rezongué. Noté una mano en la espalda y me levantó la barbilla.
—Dime por qué sientes eso.
—Porque nunca hasta ahora había querido caerle bien a nadie. Me decía que me daba igual y durante mucho tiempo fue cierto. Era más fácil estar sola. Así nadie podría... podría dejarme. ¿Sabes?
Asintió y me soltó la barbilla.
—Yo no te voy a dejar, Foster.
—Riley, no puedes... —Le iba a decir que no podía prometer una cosa así. Pero no pude. Es que cierta parte de mí necesitaba creerla. Necesitaba creer que no era una pérdida total de tiempo para ella. Necesitaba creer que era digna de lo que sentía por mí. Porque si llegaba a cambiar de idea...
Una vez más, no pude evitar reaccionar a mi aprensión, de modo que me levanté de un salto y me acerqué a la cómoda de Riley, buscando algo con lo que juguetear. Pero la superficie estaba totalmente limpia, vacía de objetos que pudieran decirme algo sobre ella, objetos que pudiera toquetear.
Miré al espejo y me sobresalté cuando apareció de repente detrás de mí.
—Te he dicho lo que siento. No voy a cambiar de idea... no podría aunque quisiera. Y no quiero.
Asentí y seguí mirándola en el espejo. Ella me miraba, alzó las manos, dudó y por fin las posó sobre mis hombros. Como tenía que mirar hacia abajo, yo no podía verle toda la cara, pero sí que capté su confusión y su miedo.
—Foster, lo estoy intentando.
Se dio la vuelta y salió por la puerta y me volví para verla justo cuando cerraba la puerta al pasar. Crucé la habitación, alargué la mano hacia el picaporte, pero algo me detuvo. Estaba alterada, muy alterada y tenía que darle tiempo. Un ligero ruido llegó a mis oídos, una tabla que crujió cuando alguien cambió el peso justo fuera de la puerta.
—¿Riley? —Era muy posible que no me oyera, pero segundos después la oí alejarse de la puerta. Regresé a la cama de Riley y esta vez me sujeté la cabeza entre las manos. Dios, ¿qué hago aquí?, pensé. Me tumbé y contemplé el techo. Me pregunté si Rachel le había prohibido pintar las nubes en el techo como lo había hecho en el cine. Habría sido una lástima: eran tan bonitas. De repente, sin venir a cuento, me eché a llorar. Me lo permití porque no tenía fuerzas para controlarme. Lloré por Riley porque me quería y lloré por mí porque no pensaba que pudiera quererla como se merecía. Lloré por Smitty, por Monica y por su hijo, y lloré por el monstruo que era Harrison Canniff porque tenía que haber ocurrido algo para hacer que fuera así. Y al final, lo más seguro era que fuera yo la responsable de causarnos a todos tanto dolor.
—Despierta, dormilona.
Tomé aliento de golpe, me incorporé y estuve a punto de tirar el vaso de agua que me ofrecía la mano de Riley.
—Jo, perdón —dije, con la voz ronca de dormir y llorar. Al parecer me había quedado dormida con los pies enfundados en mis botas colgando por el borde de la cama de Riley. Alcé rápidamente la mano y me froté los ojos para cerciorarme de que no tenía costras residuales en la cara.
—¿Te ha sentado bien la llorera? —preguntó, sin dejarse engañar.
Suspiré. Había resuelto intentar ser mejor en todo. Había muchas cosas por las que tenía que estar agradecida y todas se referían a ella.
—Sí —reconocí, y aguardé la temida conversación que estaba segura de que se iba a producir tras decir eso.
En cambio, se acercó más a mí, sonriendo al confesar:
—A mí también. —Sus labios eran cálidos y dulces e incluso después de lo de anoche, todavía muy tímidos. La besé a mi vez, al principio con voracidad y luego con más dulzura. No era momento ni lugar para la pasión. Las dos estábamos un poco magulladas, un poco asustadas, y sólo necesitábamos consuelo. Le puse la mano en el cuello y con el pulgar le acaricié el pulso que sabía que estaría palpitando en ese punto. Le empezaron a temblar los labios y luego se tranquilizó. Me fui apartando del beso, acariciándole los lados de la boca, sin querer parar.
Cuando por fin me aparté de ella, sujetándole la cara entre las manos, la miré a los ojos y dije:
—Yo también lo voy a intentar, ¿vale?
No era lo que quería decir, no era ni siquiera la mitad de lo que sentía. Pero era lo máximo a lo que podía llegar para hacerle saber cuánto apreciaba el amor que me daba.
Sonrió, intentó alisarme el pelo alborotado y seguramente me lo dejó peor.
—Deberías bajar. —Me pasó el vaso de agua y sin ni siquiera hacer una mueca, me lo bebí entero. Ella tenía la mano posada ligeramente sobre mi muslo. Cuando terminé, alzó un pulgar al instante para secarme el agua sobrante del labio superior. Comprendí lo que sentía: a mí también me costaba no tocarla—. Es la hora de cenar.
—Oh, Dios mío. ¿Qué hora es?
—Ya pasan de las cinco y media. Aquí cenamos temprano y...
—Oh, Riley, lo siento muchísimo. Creía... ¡He dormido más de dos horas! —dije horrorizada—. Tu familia debe de pensar que soy una grosera.
—No, no lo piensan, tonta. —Tiró de mí para ponerme en pie—. No te preocupes. Hemos aprovechado para ponernos al día.
Yo me estaba dando de bofetadas. Había tenido la oportunidad perfecta para cotillear sobre Riley abiertamente dejando que su familia le preguntara cosas que yo era demasiado cobardica para preguntarle. Ahora me lo había perdido. En dos horas podían haber cubierto una vida entera de cotilleos.
—Vamos. Brad está deseando conocerte.
Me quedé paralizada cuando se volvió hacia la puerta, intentando tirar de mí para que la siguiera.
—Aah, espera... ¿qué les has dicho de mí?
Se detuvo, sonriendo ligeramente.
—Les he dicho que estoy enamorada de ti.
—Q... ¿qué? ¡Oh, oh, Dios! —Volví a dejarme caer sobre la cama revuelta, parpadeando rápidamente mientras intentaba asimilar lo que acababa de decir.
A Riley pareció hacerle gracia, porque levanté la mirada justo a tiempo de ver el coletazo final de una de esas carcajadas silenciosas suyas.
—¿Qué han dicho?
Riley se encogió de hombros.
—Que enhorabuena y que cuándo es la boda.
—Oh, Dios san... Es broma, ¿verdad?
—No.
Fulminé a Riley con la mirada y luego le pregunté con cautela:
—¿Y tú qué les has dicho?
Con la cara totalmente seria, dijo:
—Les he dicho que el mes que viene si encuentro el anillo adecuado.
Me quedé boquiabierta mirándola con absoluto estupor durante unos segundos hasta que me levantó de la cama y me abrazó estrechamente.
—Qué graciosa eres, Foster Everett —susurró antes de plantarme un beso en la boca que me hizo cosquillas en la nuca. Volvió a dejarme en el suelo y dijo—: Vamos, Brad está esperando para conocerte.
Dejé que me llevara abajo y conseguí apenas no arrastrar los pies.
—Bueno, mm, eso era broma, ¿verdad, cariño? —pregunté justo cuando pasaba por la puerta de la cocina.
—Aquí está —anunció Rachel cuando Riley empujó la puerta y me arrastró al interior de la cocina. Una vez más, el olor ya familiar y maravilloso a chocolate y canela me inundó la nariz junto con otra cosa que me hizo la boca agua. Deduje que era asado de carne y apenas logré no relamerme. Hacía tiempo que no comía carne asada. Vivía sola desde hacía mucho tiempo y ya había quedado claro que no valgo nada como cocinera. Cuando Rachel se acercó a mí, en el fondo de mi mente me pregunté si el motivo de que nunca me hubiera molestado en aprender a cocinar era porque a mi madre le encantaba hacerlo. Siempre preparaba unas comidas maravillosas para mi padre y para mí. De hecho, casi todos mis recuerdos de ella eran en la cocina.
Volví a la realidad cuando me agarraron de la mano y me llevaron hasta la mesa del desayuno. Tenía el pelo un poco más claro que su hermana y muy rizado, mientras que el de ella era liso. Sus ojos eran del color del café, como los de su madre, y sonreía de oreja a oreja cuando se apartó de la mesa. Me alegro de que en ese momento ya le estuviera ofreciendo la mano, porque si no habría parecido una grosera al no reaccionar con la velocidad suficiente ante su saludo.
Brad iba en silla de ruedas. Llevaba un pantalón de chándal negro con un pequeño logotipo de Nike en un lado. Tenía los pies enfundados en un par de Nikes inmaculadamente blancas y una camiseta blanca de tirantes que parecía hecha de malla. Unos brazos y unos hombros que parecían esculpidos en metal sobresalían de la camiseta mientras manejaba hábilmente la silla con una mano para acercarse y estrechar la mía.
—Me alegro de conocerte por fin, Brad.
Sonrió ampliamente, con una chispa alegre en los ojos castaños mientras pasaba la mirada de Riley a mí y viceversa.
—Yo también me alegro de conocerte, Foster. ¿Riley se ha olvidado de comentarte algo?
Me agité nerviosa mientras él seguía sujetándome la mano. Unos ojos que parecían más viejos de los dieciséis años que tenía me miraban risueños. Sí, se había olvidado de comentarme que Brad estaba atado a una silla de ruedas. Aunque había visto la rampa y el ascensor de silla, ni se me había ocurrido pensar que eran para su hermano.
—¿Eh?
—¿No te ha comentado que aquí nos abrazamos?
—¿Abrazamos?
—Sí —asintió sombríamente—. Si te vas a casar con mi hermana, eres de la familia. Lo cual quiere decir que no quiero un apretón de manos, quiero un abrazo.
Ya estaba agachándome para darle un abrazo cuando sus palabras calaron del todo. Había dicho que me iba a casar con su hermana. ¡A casar con su hermana!
—Yo... yo... —Me volví hacia Riley, con la esperanza frenética de que pudiera decirme subliminalmente qué demonios estaba pasando. Un movimiento a la derecha y una carcajada sofocada por parte de Rachel interrumpieron el acalorado cruce de miradas que mantenía con Riley. Brad se acercó y le dio un fuerte manotazo a Riley en el estómago, al que ella apenas reaccionó.
—No está nada mal, hermana, pero casi no habla. —Salió de la cocina, dejándome a mí muy abochornada y a Riley aparentemente tan fresca con toda la situación. Para ser alguien a quien no le gusta que le tomen el pelo, hay que ver lo bien que se le da.
La cena fue un momento bullicioso durante el cual estuve escuchando los insultos en broma que intercambiaban Riley y Brad en la mesa, con alguna que otra intervención por parte de Rachel como moderadora. Era evidente que Brad y Riley estaban muy unidos y Rachel parecía feliz de tenerlos a los dos juntos. Yo, sin embargo, seguía estupefacta. La cena que había preparado Rachel tenía una pinta excelente. Y aunque me rugía el estómago con impaciencia, no parecía capaz de llevarme nada a la boca.
—¿Te gusta la cena, Foster? —preguntó Rachel y advertí que todo el mundo me miraba. Había estado tan ensimismada que no me había dado cuenta de que la animada conversación se había detenido.
—Oh, sí, está todo maravilloso, Rachel. Es que creo que todavía estoy un poco cansada —mentí.
—Jo, hermana, ¿es que no la dejas dormir? —preguntó Brad al tiempo que le robaba a Riley una patata del plato. Mortificada, me sonrojé. No estaba acostumbrada a hablar de sexo con tanta franqueza. Sobre todo con la madre y el hermano de dieciséis años de la mujer a la que había devorado la noche anterior.
—Brad, deja en paz a Riley —dijo Rachel, mirando a Brad con severidad. Riley le sonrió burlona al tiempo que cogía su tenedor, lo clavaba en una de sus patatas y se la llevaba a la boca—. A mí me parece precioso que no se sacien la una de la otra.
A Riley se le encajó la mandíbula y pareció que iba a vomitar. Por alguna razón, eso hizo que me sintiera mejor. Ahora sabía cómo me sentía yo. Cogí el tenedor y ataqué mi asado con energía. Dejé limpio el plato, sin dejar de hablar con Brad y Rachel, mientras Riley, que al parecer seguía abochornada, se quedaba un poco apagada.
Después de cenar, Rachel nos mandó a Riley y a mí a dar un paseo mientras Brad y ella recogían. Entré corriendo en la casa y cogí una gorra. Ni siquiera en este apacible vecindario conseguía relajarme por completo. Me pregunté si alguna vez lo conseguiría.
—Siento lo de las bromas —dijo Riley cuando ya llevábamos paseando un rato.
—No pasa nada, me ha hecho gracia. Los has debido de echar de menos cuando estabas en la universidad.
—Pues sí.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —Riley aflojó el paso y me dedicó toda su atención—. Sus bromas no parecen molestarte. —No me hizo falta decir más, porque sonrió con tristeza.
—Ellos me quieren.
Asentí. Comprendí que así era diferente.
—No me puedo creer lo grande que se está poniendo Brad. Dentro de unos años, me va a poner las cosas difíciles con las pesas —dijo con tono de orgullo, de modo que asentí cortésmente. No sabía qué quería decir con eso, pero efectivamente Brad parecía fuerte y sano.
—No hay aceras —comenté en voz alta.
—No —dijo Riley al tiempo que me cogía de la mano—. La gente de aquí quería que siguiera pareciendo rural.
De repente, me sentí un poco abrumada.
—Riley... ¿has...? ¿Por qué has dejado que tu familia crea que nos vamos a casar?
Tardó un rato en contestarme y temí que no me hubiera oído.
—¿Por qué...?
—Era broma. Me preguntaron si la cosa iba en serio y les dije la verdad.
La miré para intentar calibrar su humor, pero no supe si estaba triste o contenta o simplemente declarando un hecho.
—¿Qué les dijiste?
—Que me encantaría casarme contigo, pero que... seguramente tú no querrías. Me dijeron que al menos debía intentarlo, así que les dije que me lo pensaría. Brad dijo que tenía que salir a comprar un anillo y... pedírtelo sin más.
—Oh. —Aquí es donde tendría que haberle dicho que era mala idea. Aquí es donde tendría que haberle dicho, como mínimo, que íbamos demasiado deprisa o algo así. Pero no lo hice y al final estoy segura de que supo lo que estaba pensando porque suspiró.
—Estábamos de broma, Foster. Ya te lo dije, les gusta mucho gastar bromas. Deberíamos volver antes de que se haga muy tarde.
Asentí y dimos la vuelta, cogidas aún de la mano, pero cada una pensando en lo suyo. Cuando llegamos a la casa, Rachel y Brad acababan de poner una película y nos pidieron que la viéramos con ellos. Seguí el ejemplo de Riley y me senté en el suelo con la espalda apoyada en el sofá donde estaba acurrucada Rachel. Me sentí un poco desilusionada al ver que Riley no volvía a cogerme la mano, pero aparté esos pensamientos e intenté prestar atención.
En un momento dado, la mano de Riley se deslizó dentro de la mía y con un suspiro, se la estreché y empecé a relajarme.
Después de la película, Rachel nos dio las buenas noches y subió a acostarse. Riley bostezó y rechazó la propuesta de Brad de echar una partida con un videojuego.
—Lo dejamos para mañana, ¿vale? Ahora mismo vuelvo —dijo y se alejó.
—¿Está enfadada? —me preguntó Brad en cuanto nos quedamos solos.
—No lo creo.
—No está enfadada por... ya sabes, por lo que he dicho, ¿verdad? O sea, era broma. —Se puso a tironear del brazo de su silla y al instante me acordé de Riley haciendo lo mismo con su escayola.
—No, creo que está bien. Sólo está un poco cansada.
—Genial —dijo, pero me di cuenta de que no me creía.
Riley volvió entonces, con gran alivio por mi parte. Me mostró la jaula de Bud y dijo:
—Mira a quién nos habíamos olvidado en el porche.
—Hola, Bud —saludé a mi amiguito, sintiéndome un poco culpable por haberme olvidado de él.
—Oye, cómo mola. No sabía que teníais un hámster —dijo Brad cuando Riley le pasó la jaula de Bud.
—Es un ratón y se llama Bud.
Intenté no sentirme complacida por el hecho de que Riley no corrigiera la idea de Brad de que Bud era de las dos.
—¿Puedes darle de comer y jugar un poco con él? Estoy cansada y creo que Foster también.
—Claro. —Brad cogió la jaula de Bud y pasó rodando junto a las escaleras hacia una zona de la casa que yo todavía no había visto.
Seguí a Riley escaleras arriba hasta su cuarto, advirtiendo que la puerta de Rachel estaba cerrada, aunque se veía un poco de luz por debajo.
—Siempre duerme con una luz encendida —me informó Riley como si hubiera oído la pregunta que no había hecho. Asentí y cerré la puerta al pasar. Me fijé en que Riley debía de haber subido nuestras bolsas, porque las dos estaban al lado de la cama y antes no las había visto. Rebusqué hasta que encontré mis cosas de aseo.
—Mm, ¿voy yo primero al baño o...?
—No, ve tú —dijo Riley mientras hurgaba en su bolsa. Asentí y saqué una camiseta también. Me sentía incómoda y no sabía cómo hacer frente a la situación. Riley ya me había visto totalmente desnuda, pero estábamos en la misma casa que su madre y su hermano. Jo, su madre podía seguir despierta en la habitación de al lado. Tardé menos de quince minutos en ducharme y lavarme los dientes.
—Todo tuyo —le dije a Riley alegremente cuando entré en la habitación.
—Gracias —dijo cortésmente y cerró la puerta al pasar. Algo había cambiado entre las dos. ¿Había hecho algo mal? ¿Le había dicho algo a su familia que no tendría que haber dicho? Me senté en la cama y reflexioné sobre todas las posibles razones por las que notaba una tensión entre Riley y yo y no se me ocurrió nada.
Riley salió de la ducha, con el pelo aún mojado y vestida con pantalones cortos negros y una camiseta. Observé cómo se movían los músculos de sus piernas cuando se agachó para volver a meter el cepillo en su bolsa.
—¿Va todo bien? —no pude evitar preguntar.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Porque pareces muy callada. Escucha, siento haberme puesto tan dificultosa antes. Sabes que no estoy acostumbrada a esto. Durante la mayor parte de mi vida se trataba sólo de mi padre y de mí, sabes, y estoy un poco nerviosa porque no sé cómo comportarme con tu familia. Quiero caerles bien.
—Les caes bien. Vamos, levanta. —Riley apartó las sábanas. Suspiró, pero no se metió en la cama—. ¿Puedo dormir contigo o prefieres que duerma en el suelo?
—Me gustaría que durmiéramos juntas, si a ti no te importa.
—Sí —dijo, sonriendo levemente. ¿Había estado preocupada por esto? Me metí en la cama y cerré los ojos con fuerza cuando Riley apagó la luz. Segundos después, noté que la cama se hundía un poco cuando se tumbó a mi lado. Me quedé rígida con la cara vuelta hacia el otro lado y los ojos cerrados con firmeza porque sabía que mi libido recién descubierta se iba a poner en marcha de un momento a otro.
—¿Sigues despierta? —preguntó.
—Sí. —Me había puesto boca abajo con la cabeza apartada de ella, con la esperanza de poder quedarme ahí tumbada sin desearla como la había deseado la noche anterior.
—Me alegro mucho de que estés aquí. —Se puso de lado y me tocó la espalda. Me imaginé que notaba el calor de su mano a través de la manta y la camiseta.
—Yo también me alegro de estar aquí —le dije con sinceridad, tratando de controlar las imágenes eróticas de la noche anterior. Por fin se tumbó y yo me puse boca arriba. Mis ojos se posaron en el techo. Alguien, tenía que haber sido Riley, había pegado estrellas fluorescentes allí arriba, creando constelaciones completas. Probablemente se fundían con la pintura durante el día. Al acordarme de las nubes del techo de su casa de Los Ángeles y lo que había respondido cuando le pregunté acerca de ellas, me entraron aún más ganas de abrazarla. Iban a ser unos días muy largos.
Más largos de lo que podría haber soñado nunca.
Abrí los ojos y, con un gesto que se estaba convirtiendo cada vez más en una costumbre, alargué la mano en busca de Riley. Me sentí desilusionada al descubrir que ya se había ido. Me incorporé y recorrí el cuarto con la mirada. Desorientada, tardé un momento en ver que había una nota en la cómoda. La cogí y la leí.
Voy a hacer ejercicio con Brad.
Te guardaré algo para que desayunes.
Duerme todo lo que quieras.
Besos,
Riley
P.S. Brad cumple hoy dieciséis años. He dejado una tarjeta en la cómoda para que la firmes.
Cogí el bolígrafo que había dejado allí y firmé la tarjeta de felicitación de Brad con una floritura idiota y una sonrisa igual de idiota en la cara. El hecho de que quisiera que firmara la tarjeta de felicitación de su hermano... bueno, el caso es que eso me hacía sonreír, junto con lo de "Besos, Riley" que seguramente había escrito sin pensar.
Eché un vistazo al reloj y me quedé un poco pasmada al ver que sólo eran las ocho pasadas. Me pregunté si en la familia de Riley eran todos madrugadores. Saqué unos vaqueros limpios, un sujetador, una camiseta y calcetines. Por alguna razón, sentía una punzada de aprensión en el pecho. Estaba ansiosa por ver a Riley, pero sentía que estaba a punto de ocurrir algo. Una especie de cosquilleo de advertencia en el fondo de mi mente que me decía que estuviera preparada, pero sin decirme por qué. Premonición. Así lo llaman, ¿no? Me lavé los dientes y me quedé mirándome en el espejo, preguntándome cómo había tenido la suerte de encontrar a alguien como Riley que me quisiera cuando estaba en el momento probablemente peor de mi vida. Escupí en el lavabo y sonreí: a lo mejor tenía que preguntarle a Riley cómo había tenido ella tan mala suerte.
Fui a la cocina, asomé la cabeza con precaución y vi a Rachel leyendo el periódico y bebiendo algo que parecía muy caliente.
—Buenos días —dijo con una sonrisa afectuosa.
—Buenos días.
—Siéntate. —Se levantó y se acercó al fogón—. Riley me ha dicho que te gusta dormir hasta tarde.
—Normalmente sí —reconocí mientras me ponía delante un plato con comida suficiente para dos personas. Huevos, cuatro gruesas lonchas de jamón y croquetas de patata y cebolla con tostada. Me puse a salivar con ansia—. ¿Riley y Brad ya han desayunado? —pregunté con cautela. Seguramente Rachel se imaginó perfectamente por qué lo preguntaba, porque, ante mi bochorno, se echó a reír.
—Sí, todo eso es para ti. Riley ha dicho que te gusta comer, aunque casi no me lo creo por tu forma de jugar con la cena anoche.
Me detuve justo cuando estaba a punto de meterme un buen pedazo de jamón en la boca. Dejé el tenedor y miré a Rachel a los ojos.
—Lo siento. Me alegro mucho de estar aquí con Riley. Es que estaba un poco nerviosa con la idea de conoceros a ti y a Brad. Sé cuánto os quiere y quería causar buena impresión. —Me di cuenta de que lo que acababa de decir era cierto, pero eso no bastó para hacer más soportable el rubor que me cubrió la cara.
Rachel se echó a reír suavemente y agitó la mano como para decir que no fuera tonta. Advertí que parecía aliviada.
—Riley estaba un poco preocupada esta mañana.
—¿Sí? —dije, y no pude evitar dar un bocado al suculento jamón.
—Sí, pero creo que se sentirá mejor cuando vea que estás bien.
Fruncí el ceño, pero seguí comiendo. El ruido de un balón que botaba sobre el asfalto me hizo mirar por la ventana justo a tiempo de ver a Riley lanzando un balón de baloncesto hacia la canasta sujeta encima del garaje.
—Parece que ya han vuelto de correr —dijo Rachel, agachando la cabeza para mirarlos por la ventana—. Voy a dejar que termines de desayunar en paz. Hace una mañana preciosa. Reúnete conmigo cuando acabes.
Sólo pude asentir con la cabeza porque ya tenía la boca atiborrada de deliciosas patatas. Di buena cuenta del desayuno en nada de tiempo. Llevé mi plato y mi vaso al fregadero, los lavé y los dejé en el escurridor para que se secaran. Vi que había unas sartenes vacías en el fogón, seguramente del desayuno que había hecho Rachel, y también las lavé. No es que estuviera haciendo tiempo, me dije mientras me dedicaba a la tarea, atípica en mí, de fregar la cocina. Sólo intentaba darle las gracias por dos comidas maravillosas.
Por fin, como ya no tenía nada más que hacer, fui a la puerta de la casa y me detuve ante la puerta mosquitera. Brad había lanzado el balón hacia el aro y Riley gritó cuando rebotó tres veces hasta caer dentro. Abrí la puerta mosquitera y salí al porche.
Rachel me miró y dio una palmadita a su lado en el amplio columpio.
—Siéntate.
Asentí y me senté nerviosa. Me arrellané y dejé que el sol de primeras horas de la mañana se posara sobre mi cabeza mientras miraba a Riley y Brad jugar al baloncesto. Parecía contenta. Casi como si supiera lo que estaba pensando, Rachel me empujó levemente con el hombro y dijo en voz baja:
—Es especial, ¿verdad?
La miré rápidamente y luego volví a mirar a los hermanos.
—Sí —dije y entonces, con gran bochorno por mi parte, tuve que carraspear.
—Sabes, vosotras dos os comportáis como si no hubierais salido ni una vez juntas y sin embargo, Riley me dice que os veis desde hace ya más de un mes.
—¿Eso ha dicho? —Tenía que hablar con Riley para que se asegurara de que nuestras historias coincidían. Nunca sería una buena delincuente—. Mm, sí. Bueno, mm, en realidad no. O sea, lo estamos llevando despacio.
Rachel sonrió y siguió empujando el columpio con la punta del pie, haciendo que se balanceara suavemente.
—Bueno, ¿y cómo de despacio planeáis llevarlo?
Abrí la boca y la cerré. Me sentía como un pez fuera del agua. Nunca había tenido motivo alguno para hablar con los padres de las chicas con las que había estado. Ahora estaba con la madre de Riley, que me estaba preguntando por qué no había puesto en práctica mis inexistentes capacidades de seducción con su hija.
—Mm, no sé.
—Bueno, ¿habéis hablado de ello?
Lo preguntó con un tono tan tranquilo que podríamos haber estado hablando de cualquier cosa. De modo que contesté con la mayor vaguedad que pude, rezando para que lo dejara.
—Mm, un poco. —Le estaría bien empleado que le contara con detalles explícitos cómo estuvimos "hablando de ello" Riley y yo anteanoche.
—Tú ya has... No serás...
—¡NO! No... —dije alzando demasiado la voz, justo cuando Brad lanzaba el balón naranja hacia la canasta y soltaba un grito de triunfo al encestar limpiamente.
—Bueno, estoy bastante segura de que Riley sí lo ha hecho, pero no habla mucho de su vida sexual.
—Oh... —Quiero que deje de hablar. Si pudiera volverme a la cama, eso es lo que haría ahora mismo. Me pregunto si a Riley le apetecería echarse una siesta.
—No tendrá miedo, ¿verdad?
Vale, se acabó.
—Mm, Rachel, lo siento, pero no puedo tener esta conversación contigo. O sea, eres su madre.
—Bueno, es que me preguntaba si iba a tener que hablar con ella o algo así. —Rachel daba la impresión de estar haciendo un gran esfuerzo para no echarse a reír. Me alegro de que alguien disfrute con esta conversación, porque lo que es yo, para nada.
—No tiene miedo. Es que... han estado ocurriendo unas cosas en las que tengo que pensar antes de poder meterme en una relación seria.
—Mmm, así que eres tú la que está echando el freno. Ya me parecía, pero no estaba segura.
Riley se quitó la camiseta y se quedó en pantalones cortos y un sujetador negro deportivo. Retorció la camiseta y atacó con ella a Brad, quien contraatacó lanzándole el balón. Lo atrapó y, con una enorme sonrisa, encestó y luego le devolvió el balón.
—Dios, seguro que me paso el resto de mi vida gritándoles a esos dos para que se vuelvan a poner la camiseta.
Casi me perdí el comentario, porque estaba demasiado ocupada observando cómo se agitaban los músculos del estómago de Riley al echarse a reír por algo que había dicho Brad.
Decidí intentar cambiar de tema de nuevo.
—Riley y Brad se llevan genial, ¿verdad? Nunca he visto unos hermanos que tengan tan buena relación como estos dos.
Miré a Rachel. Estaba mirando a Riley y a Brad con los ojos llenos de orgullo.
—Creo que es por todo lo que les ha pasado a los dos. Riley siempre ha protegido mucho a Brad, incluso antes del accidente.
¿Accidente? Había dado por supuesto que Brad siempre había estado en silla de ruedas. Por cómo se manejaba y su talante alegre había pensado que había estado así toda su vida. Quise preguntarle más cosas a Rachel, pero no quería parecer cotilla, de modo que con toda la naturalidad que es posible asumir con este tipo de cosas, le pregunté:
—¿Cuántos años tenía cuando ocurrió?
—Fue unas dos semanas después de que cumpliera los seis años. Riley tenía unos catorce. Le faltaban unos meses para cumplir los quince, en realidad. Fue una época horrible.
Las conversaciones de este tipo siempre me incomodaban, aunque las hubiera iniciado yo.
—Fue más fácil cuando encontramos a Riley.
Estaba tan enfrascada mirando a Riley que aquello casi me pasó desapercibido.
—Me costó mucho dominar la rabia. Durante todo el tiempo que estuvo en el hospital, no paraba de decir que teníamos que encontrarla porque podía necesitarnos. Tengo confesar que quería apartarme por completo de la familia Medeiros. No quería recordatorios de ningún tipo.
—¿A qué te refieres? ¿Por qué no iba a estar Riley allí cuando Brad estaba en el hospital?
Rachel me miró fijamente y luego su mirada se suavizó.
—¿No te lo ha contado?
—¿El qué? —¿Y qué diantre ha querido decir con eso de apartarse por completo de la familia Medeiros?
Rachel suspiró y cerró los ojos casi demasiado tiempo antes de abrirlos para mirarme.
—¿Que yo no soy su madre biológica? ¿Que Brad no es su hermano biológico?
—¿Qué...? —Me volví a tiempo de ver cómo Riley agarraba la silla de Brad y le daba la vuelta antes de intentar atrapar el balón, que Brad lanzó para volver a encestar impecablemente.
Rachel se quedó un momento contemplando a Riley y a Brad.
—Creía que por fin había conseguido asimilarlo todo, pero supongo que no es así.
—Empiezo a pensar que no confía en mí...
—Ah, no. —La voz de Rachel adquirió un tono muy serio—. Tú eres la única persona a quien ha traído aquí aparte de Dani. No creas que no confía en ti, porque es evidente que sí... si no, no estarías aquí.
—Me oculta cosas que no debería —me descubrí diciendo. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—¿Y tú se lo cuentas todo?
Me volví para mirar a Rachel y, algo sorprendida, me di cuenta de que podía contestar con sinceridad.
—Sí, se lo cuento todo. Algunas cosas son... ni siquiera me doy cuenta de que están ahí, pero se las cuento en cuanto las pienso —dije torpemente.
Rachel asintió.
—¿Rachel? Por favor, ¿me puedes decir qué pasa? ¿Riley es adoptada?
—No, nunca me dejó iniciar los trámites del papeleo. Tenía miedo de que su... madre... se enterara y lo convirtiera en un gran escándalo.
—Rachel, por favor. —No se me había pasado por alto la vacilación ni la chispa de rabia. Me sentía impotente. Era una sensación que normalmente me habría llevado a la rabia. En este caso, me sentía enferma. Enferma de esa forma profunda que te hacía desear no oír lo que iba a venir a continuación, aunque lo hubieras preguntado.
—Foster, creo que seguramente esto es algo que debería contarte Riley, pero... como ya he metido la pata y sé lo mucho que te quiere, te contaré lo que sé.
Asentí y esperé a que continuara. Pareció tardar un poco en iniciar la historia. Por su cara, fuera lo que fuese, a esta mujer le había causado mucho dolor.
—Como ya he dicho antes, Riley no es mi hija biológica, pero la conozco desde antes de que muriera su padre. Mi marido me abandonó cuando me quedé embarazada de Brad. Me trasladé a Oakland porque era más barato que vivir en San Francisco, que es de donde soy originalmente. —Me miró como si fuera un detalle importante a recordar, de modo que me apresuré a asentir con la esperanza de que siguiera adelante.
—Bueno, pues la familia de Riley... —Suspiró y luego continuó—. La familia de Riley vivía en la casa de al lado. No tenían mucho dinero, pero se veía que allí había mucho amor.
—Pero su padre murió, ¿no? —Estaba un poco confusa, pero seguía intentando que la conversación siguiera adelante.
—Sí, murió cuando Riley tenía unos nueve años. La familia y yo nunca habíamos tenido mucha relación, pero Riley era una niña encantadora ya entonces y su madre y su padre... bueno, no hacía falta ser un genio para darse cuenta de lo enamorados que estaban. Cuando el padre se mató, la madre de Riley pareció perder la vida. Era como ver a un ser humano muriéndose poco a poco. Todo le daba igual, incluida Riley. Empezó a maltratarla. Y lo triste es que aquello siguió adelante y que nadie dijo nada hasta que fue demasiado tarde, ni siquiera yo.
Me aferré al brazo del columpio y observé a Riley, que se estremecía en silencio por algo que le había dicho Brad.
—No le hizo daño físico, ¿verdad? —pregunté, con el estómago hecho un revoltijo de furia y miedo.
—No, según lo que he conseguido que me cuente Riley. Pero hay cosas que son tan malas como que te peguen.
Por fin conseguí soltar la mano.
—¿A qué te refieres? —Al tiempo que hacía la pregunta, me vi a mí misma sentada sola en mi habitación. Día tras día hablando sola e inventándome historias en las que mi madre volvía y de repente éramos la familia cariñosa y afectuosa que para empezar nunca habíamos sido.
—No creo que le pegara, pero creo que después de que el padre muriera, la madre de Riley empezó a beber.
Cerré los ojos con la necesidad desesperada de aislarme de lo que decía Rachel. Yo había estado ahí. Yo había conocido un dolor tan profundo que me había volcado en el alcohol y, aunque era totalmente consciente de lo que podía pasar, lo había hecho de todas formas.
—Creo que empezó a pasar de Riley, y al poco Riley iba al colegio y trabajaba a media jornada para llevar comida a casa. No sé dónde fue a parar el dinero del ejército, pero al poco parecía que no tenían nada. Yo echaba una mano cuando podía. Riley cuidaba de Brad siempre que yo tenía que salir y no podía llevarlo conmigo. De vez en cuando, las cosas se ponían tan mal en su casa que Riley venía a la mía y me preguntaba si podía dormir en el sofá. —Rachel se metió la uña del pulgar en la boca y se la mordió. Su rostro estaba inundado de dolor mientras miraba a las dos personas que más quería en el mundo.
—¿Qué le hacía su madre? —pregunté entre dientes.
—Por lo que le podía sacar a Riley, y por lo que el resto de los vecinos y yo oíamos, era un maltrato verbal continuo. La casa nunca estaba lo bastante limpia. Riley nunca cocinaba las cosas como debía, y a veces cosas peores. Que era estúpida y que deseaba... deseaba no haber perdido el tiempo teniendo una hija.
Hice una mueca. De niña yo sabía lo que era la soledad: probablemente pasaba tanto tiempo fantaseando con la familia y la pareja perfectas que no habría reconocido ninguna de las dos cosas aunque me las hubieran puesto delante de las narices. Es una de las razones por las que me cuesta tanto conectar con la gente. Siempre he echado la culpa de eso a la falta de atención de mi padre. Pero él nunca me pegó, que yo recordara, ni me llamó estúpida, ni nada parecido.
—El caso es que un día me... me llamaron para que trabajara en mi día libre. Era por la tarde, de modo que Brad estaba fuera jugando. Le pedí a Riley que lo vigilara por mí. Me hacían falta las horas extra y sabía que a Riley le vendría bien el dinero. Me había dicho que Jackie, así se llamaba su madre, Jackie... —Se calló como si se preguntara si el nombre tendría algo que ver con lo que había sucedido. Sacudió la cabeza para recuperar el hilo y continuó—. Jackie le había robado la paga y se había comprado alcohol. Riley no había podido pagar la factura de la luz, por lo que llevaban una semana sin electricidad. Volví a casa y me encontré la manzana bloqueada y un montón de ambulancias y policía por todas partes. —Rachel dejó de mecer el columpio y se quedó contemplando el vacío—. Recuerdo que supe al instante que aquello tenía algo que ver con Brad. Algo terrible. Así que paré el coche en medio de la calle y pasé corriendo ante tres policías hasta que lo alcancé. No estaba consciente y Riley... bueno, lloraba tanto que no conseguí enterarme de nada por ella. Lo único que vi fue que la bicicleta de Brad estaba destrozada y, por la postura retorcida de su cuerpo... pensé que estaba muerto.
Sentí que el horror de aquel momento se desprendía a oleadas de ella y se metía en mi interior. Agarré su mano floja y húmeda y se la estreché. No se dio por enterada, pero seguí sujetándole la mano y esperé a que continuara.
—Días después me enteré de que Riley había dicho que un coche que no había visto nunca bajó por la calle al doble de la velocidad permitida, se subió a la acera, atropelló a Brad y siguió adelante. Ella se quedó tan petrificada que ni se le ocurrió apuntar el número de la matrícula.
—Oh, Dios —gemí. Brad era tan pequeño. Qué miedo debió de pasar. Y Riley... Yo sabía cuánto quería Riley a Brad y si lo que sentía entonces era la mitad de fuerte de lo que sentía ahora, debió de quedarse traumatizada.
—Perdí la noción del tiempo mientras Brad estaba en el hospital —siguió Rachel mecánicamente. Me pregunté si debía decirle que no tenía por qué continuar. No quedaba ni rastro de la mujer que me había tomado el pelo momentos antes—. Tardó un mes en salir del coma y así y todo, no estaba del todo coherente. Los médicos se temían que se quedara como un vegetal, pero cuando se despertó... Bueno, Brad es muy decidido y aunque sólo tenía seis años, no estaba dispuesto a quedarse en una cama el resto de su vida. —Se echó a reír suavemente cuando Brad volvió a robarle el balón a Riley, que se burlaba de él, y lo coló por el aro.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo acabó Riley con vosotros? Me dijo que fue al instituto aquí.
—Así es. Los tres últimos años de instituto. —A Rachel se le escapó una lágrima del ojo que le resbaló despacio por la mejilla—. La policía vino a verme al hospital. Riley se había presentado en comisaría y... bueno, les dijo que había mentido. Dijo que su madre había atropellado a Brad. No un... desconocido, como había dicho al principio. Su madre estaba borracha y... no creo que supiera siquiera lo que había hecho.
Abrí y cerré la boca tratando de encontrar algo que decir, cualquier cosa que tuviera sentido.
Rachel prosiguió.
—Ya habían detenido a Jackie y la habían encarcelado. Dejaron a Riley en un hogar de acogida porque no tenía más familia. Así que no volví a verla hasta el juicio. El juicio se convirtió en un asunto sensacionalista porque Riley había acusado a su madre. Apareció en todos los periódicos antes de que empezara el juicio. Entonces la basura del abogado de oficio convenció a la madre de Riley de que la forma de evitar la condena era conseguir demostrar que Riley había hecho esto para vengarse de ella. La madre de Riley había descubierto que Riley era homosexual... utilizaron el hecho de que yo era madre soltera y, por lo tanto, sin duda lesbiana, en contra de ella e intentaron convencer al jurado de que la madre de Riley le había prohibido verme.
—Oh, Dios mío, ¿intentaron hacer ver que había algo entre Riley y tú?
—Sí. —Rachel apretó los labios asqueada—. Por suerte, el jurado no se lo tragó en absoluto. El juicio sólo duró tres semanas. Le cayeron trece años porque no era su primera falta y porque se había dado a la fuga. Creo que fueron especialmente duros con ella porque Brad era muy pequeño.
Controlé las ganas de decir "me alegro". Trece años no eran nada comparados con el dolor que había tenido que sufrir Brad, de eso estaba segura.
—No supe qué fue de Riley. Y me avergüenza decir que me daba igual. Aunque había hecho lo correcto, en el fondo la culpaba por lo que había hecho su madre. Hasta que Brad empezó a insistir en que quería verla una vez se despertó, no empecé a pensar seriamente en ella. Yo trabajaba para un bufete de abogados que tenían su propia agencia de detectives privados. Daban una cobertura estupenda a sus trabajadores y fueron muy comprensivos con mi necesidad de estar con Brad durante su terapia. Pude emplear a uno de sus mejores detectives para dar con Riley. Le seguí el rastro a través de tres casas de acogida hasta que desapareció.
—¿Desapareció?
—Sí, se escapó. Por la razón que fuera, decidió que las calles eran un lugar mucho mejor para ella, de modo que un día se fue a clase y no regresó.
—¿Cuántos años tenía?
—Sólo quince. Los cabrones ni se molestaron en dar el aviso de su desaparición durante varios meses: dijeron que creían que volvería. Yo creo que era porque querían seguir recibiendo los cheques del estado para su manutención. No dieron el aviso hasta que mi investigador empezó a interrogarlos sobre ella.
—¿Y cómo la volviste a encontrar?
—La compañía para la que trabajaba se ocupó del caso por mí. Empezaron a hacer preguntas. Yo todavía tenía una foto que les había sacado a Brad y a ella el verano anterior, de modo que la aprovecharon. No tardaron en localizarla en una pensión de mala muerte junto con un puñado de adolescentes. Cuando le dijeron que yo la estaba buscando, se negó a verme. Hasta se fue de aquel sitio y se escondió en otra parte. Pasó otro mes hasta que... hasta que por fin me llamó y me preguntó si podía reunirme con ella en una pequeña cafetería cerca del lago Marriet en Oakland.
Las dos nos quedamos mirando mientras Brad y Riley, que ahora sudaban a chorros, se salpicaban el uno al otro con el agua de sus botellas.
—Para entonces había cambiado mucho y casi no la reconocí. Se había endurecido, sabes, como si se hubiera volcado hacia dentro. Había dejado que alguien le cortara esa preciosa melena que tenía y sus ojos... no sé, los tenía tan vacíos que casi me dio miedo de ella. Pero incluso entonces, lo primero que salió de su boca fue: "¿Cómo está Brad?" Cuando le dije que había salido del coma y que los médicos pensaban que algún día podría llevar una vida plena y productiva, se vino abajo y se echó a llorar.
Aparté la mirada de Rachel, parpadeando. ¿Por qué no me has contado nada de todo esto, Riley?
—Le rogué que fuera a verlo, pero no quiso. A lo máximo que llegó fue a aceptar reunirse conmigo en la cafetería una vez por semana para hablar de los progresos de Brad. Nos reíamos con las cosas que hacía o decía. No sé cómo ese niño parecía siempre tan animado. Bien sabe Dios que eso no lo ha sacado de mí. —Rachel se echó hacia atrás y suspiró—. Yo no paraba de decirle a Riley que Brad quería verla, pero ella se negó a ir a verlo durante las seis o siete semanas que habían pasado desde que la encontré. Pero siempre me hacía llevarle notitas que yo le leía en las que le decía cuánto lo echaba de menos y lo orgullosa que estaba de él.
—¿Por qué no quería verlo?
Al principio pensé que Rachel no me iba a contestar, pero por fin dijo:
—Porque se culpaba a sí misma.
—Pero no era ella la que conducía.
—Ya sé que no, pero tienes que entenderlo... yo también le echaba la culpa. Al menos al principio. —Quise hablar, pero Rachel me interrumpió—. No puedes comprenderlo, Foster. No puedes saber cómo es hasta que pasas por una cosa así. Empiezas a echarle la culpa a todo el mundo, incluso a ti misma, sobre todo cuando la persona realmente culpable no lo reconoce. Riley fue un blanco fácil para mi ira durante una semana y luego recuperé el juicio. Pero estaba tan preocupada por mi niño que no podía pensar en cómo se debía de sentir ella. La expulsé de mi corazón. Todo lo que tenía era para Brad.
Asentí y me volví como si estuviera mirando a Riley y Brad. Pero en realidad no era así.
—¿Y qué pasó para que por fin fuera a verlo?
—La verdad es que no lo sé. Un día llegué al hospital y una de las enfermeras a la que no conocía muy bien me dijo que mi hija estaba con Brad. Supe que era Riley antes de verla ahí sentada, al lado de su cama. Había venido a verlo mientras estaba dormido. Cuando entré en la habitación, se echó a llorar. Parecía tan... no sé, destrozada. Ni siquiera me había fijado en el aire tan cansado y desaliñado que tenía hasta ese momento. Como he dicho, casi todos mis pensamientos y preocupaciones estaban volcados en Brad.
—¿Por qué ocultó que lo estaba visitando?
—No lo sé. Tampoco hemos hablado nunca de eso. Pero a medida que Brad fue mejorando, era evidente que el hospital no podía hacer mucho más por él. Necesitaba un especialista y el mejor en esa época era un tal doctor Farrell, que estaba en el condado de Marin. Decidí mudarme para estar más cerca de la clínica y le pedí a Riley que se viniera conmigo. Aceptó y desde entonces es tan hija mía como lo es Brad. Hasta consiguió un trabajo y volvió a clase. Trabajó unos años y fue a la escuela preparatoria para poder hacer una carrera universitaria y sacarse una licenciatura. Se negó a aceptar cualquier ayuda por mi parte: incluso tuve que dejar que me devolviera a plazos el dinero del Land Cruiser y del ordenador. Y así y todo, me obligó a comprar un portátil de segunda mano. Dijo que quería hacerlo por sí misma. Y así ha sido.
Me di cuenta de que Rachel estaba orgullosa de Riley. Qué demonios, lo cierto era que yo también.
—Me dijo que tú le regalaste el Cruiser y el ordenador. No me comentó que te estuviera devolviendo el dinero que costaron.
Rachel se echó a reír.
—No, ¿eh? Riley nunca ha sido muy aficionada a darse autobombo.
No supe qué decir, de modo que me quedé callada, reflexionando sobre el dolor que había sufrido Riley con tan corta edad.
—Me alegro de que haya encontrado a alguien, Foster.
El dolor que sentía en el pecho amenazaba con hacerme toser, de modo que carraspeé.
—¿Por qué dices eso?
—Porque ya ha sufrido bastante en la vida y se merece ser feliz. Tuvo que hacerse mayor demasiado deprisa. Hay muchas cosas que ni siquiera a mí me quiere contar. Sé que te quiere. A lo mejor te cuenta a ti el resto, con el tiempo.
—No sé si hemos llegado a ese punto en nuestra relación.
—Puede que tú no, pero ella sí. ¿Te has fijado en que de vez en cuando mira hacia aquí para ver si estás bien?
—No, no me había dado cuenta.
—Pues sí, lo hace mucho contigo.
—A mí también me importa mucho.
—Lo sé. Lo que espero es que eso...
—¿Qué? —Rachel hizo un gesto negativo—. No, dime lo que ibas a decir.
—No es de las que aman fácilmente, Foster, y parece haberse abierto a ti por alguna razón. No pienses que sus sentimientos son menos de lo que son. No es así con todo el mundo. De hecho, la única persona con la que sé que es así de franca es Dani y sabe Dios cómo logró ésta que se abriera a ella. Pero incluso con Dani se guarda cosas. Contigo, hay algo distinto. Lo que espero es que no vayas a marcharte.
—¿Marcharme? ¿Por qué iba a hacerlo?
—Mira, no nací ayer. Sé que estás incómoda y te veo vigilante todo el tiempo. Algo me dice que si no fuera por el cumpleaños de Brad, ahora no estaríais aquí.
Me miré las manos, cortada por lo cerca que estaba de la verdad.
—No es... nada personal.
—Lo sé. Estás huyendo de algo. No tienes por qué decirme qué es, eso no importa. Es sólo que puede que llegue un momento en que empieces a lamentar los lazos que tienes con ella. Puede que no la haya parido, pero aún así es mi hija y no quiero verla sufrir.
—No me voy a marchar.
—¿Lo puedes prometer, Foster?
—No, ¿pero lo puede prometer alguien?
—No, supongo que no. Pero sí que puedes hacer todo lo que esté en tu mano para pasar el mayor tiempo posible con ella.
Observé mientras Riley se acuclillaba delante de Brad, le colocaba bien la pierna y luego levantaba la mirada y decía algo. Se levantó y miró hacia el porche, posando la mirada directamente en mí. Se me encogió el estómago cuando se le iluminó la cara con una sonrisa y alzó la mano. Imité su gesto sin esfuerzo y volvió a su partido.