Muro de silencio

Gabrielle Goldsby




Renuncias: Todos los personajes que aparecen en esta historia son míos. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es pura coincidencia. Esta historia incluye escenas de violencia gráfica, lenguaje soez y sexo explícito. Si las historias sobre mujeres que aman a otras mujeres son ilegales en vuestro estado o si sois menores de edad, leed otra cosa.
Agradecimientos: Bueno, no sabéis lo que me han ayudado con esto. Tardaría una noche entera si tuviera que dar las gracias a todo el mundo, pero no puedo por menos de mostrar mi agradecimiento a Diva, la única constante que tengo al escribir. Es bestial con las comas y nunca le da miedo decir "¿qué demonios quiere decir eso?" Tengo que dar las gracias a una de las mejores bardos que existen, Barb, por los ánimos que le ha dado a esta cansadísima bardo. Y por último, pero no por ello menos importante, a mi amiga Mecheal, que ha estado conmigo desde el principio y me ha servido como caja de resonancia y primera correctora. Sin ella, esta historia no se habría terminado nunca. Más vale que les guste, chica, o te vas a enterar.
Comentarios positivos y constructivos: Me encantaría tener noticias vuestras, pero soy consciente de que la escritora soy yo, así que no espero una larga tesis doctoral sobre el yin y el yang de mis caracterizaciones durante los actos primero, segundo y tercero de esta historia. A menos que queráis, claro. Un simple "me ha gustado" o "qué asco" es mucho mejor que nada. GabGold@aol.com

Título original: Wall of Silence. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005



Premio Swollen Bud

Capítulo 1

¿Alguna vez os habéis preguntado si, antes de morir, recibiréis un aviso? ¿Algo así como un pase gratis al infierno en el que ponga fuma todo lo que quieras, bebe toneladas de alcohol y folla a lo bestia porque ya da igual?

Pues dejadme que sea la primera en deciros que la muerte nunca es tan cortés.

Por cierto, me llamo Foster Everett. Un nombre bastante pretencioso para una tía de metro sesenta y dos de la ciudad de Nueva York, pero es el que me pusieron, así que no me quejo. Y no, antes de que os dé un pasmo, no estoy muerta. Ya no, al menos, pero es una larga historia, así que vamos a empezar por el principio.

El día en que empecé a perder la vida que me había pasado años construyendo empezó como los demás. Qué digo, hasta era un día bastante bonito para ser Los Ángeles. Mi despertador conmemorativo de los Mets de Nueva York de 1969 sonó a las seis de la mañana como siempre. Y como tenía por costumbre, lancé al muy puto por los aires hasta que se estrelló en la pared y cayó al suelo de madera con un estrépito hueco...

—Lo siento, señora K —rezongué distraída. Mi vecina de abajo, la señora Krychowski, está muy orgullosa de llevar veintidós años viviendo en el mismo edificio. La mitad de ese tiempo la pasó con su marido, Norbertqueenpazdescanse. No me estoy cachondeando, se llama así, Norbertqueenpazdescanse. Jamás he oído a la mujer decir Norbert sin añadir detrás queenpazdescanse como si fuera todo una sola palabra. Bueno, el caso es que Norbertqueenpazdescanse murió hace diez años y ella se quedó tan sola que su hija, que vive en Florida, fue y le compró un perro. Este perro es una especie de cosa de pura raza que parece un pollo deforme. En el edificio todo el mundo lo adora. Es decir, todo el mundo menos yo. He tenido tentaciones de preguntarle por qué su hija no se la ha llevado con ella a Florida en lugar de comprarle un perro de compañía, pero qué demonios, no es asunto mío.

Salí rodando de la cama y me arrastré a cuatro patas hasta llegar a mi espartana cocina.

—Mmmm, café.

Me encanta el café. Una amiga mía, Stacy, dice que Starbucks es un engendro del diablo. Yo le he dicho que por un café de moca decente me metería de cabeza en el culo del diablo.

—Que sí, que sí, que sí —gruñí cuando el teléfono se puso a sonar con su molesto balido desganado. Me dije por enésima vez que tenía que comprarme un teléfono nuevo. El que tenía no funcionaba bien desde que una mañana lo confundí con el despertador.

—Everett —gruñí en el teléfono mientras tomaba un sorbo de mi taza desconchada de Michael Jordan y miraba la calle por la ventana. Hacía años que había dejado de fumar, pero todavía me las arreglaba para levantarme con una ligera tos matutina y una ronquera que se iban disipando con la neblina contaminada de primeras horas de la mañana.

Hola, soy Smitty. Ya te puedes poner las pilas, vuelves a llegar tarde.

—Sí, ya voy... —Colgué el teléfono y al captar un ligero movimiento por el rabillo del ojo, fui a coger la pistola por instinto—. Me cago en... —Mi pistola estaba al otro lado de la habitación colgada de una silla, uno de los tres únicos muebles que tenía en mi apartamento.

Me dejé caer al suelo y fui gateando hasta el rincón donde había visto ese destello de movimiento. Me lancé, soltando palabrotas sin parar y carcajeándome regocijada. Detestaba perder y este cabroncete se me escabullía desde hacía dos semanas.

—¡Ya te tengo, capullo! —exclamé, sujetando a mi presa con aire victorioso.

El ratoncito blanco se me quedó mirando con sus ojillos rojos como si fuera yo la que se había pasado las noches comiéndose su última caja de Crackerjacks.

—No me mires así. Tengo todo el derecho a mandarte al cielo de los ratones. —Mi molesto teléfono se puso a sonar de nuevo. Lo cogí bruscamente, con cuidado de no soltar a mi prisionero—. Que sí, maldita sea, que ya voy para allá. —Sin esperar a que Smitty empezara con el sermón de siempre, colgué el teléfono de golpe y miré atentamente a mi pequeño e indeseado invitado—. ¿Y qué demonios voy a hacer contigo?

No tenía tiempo para esperar a que me respondiera, de modo que cogí la caja de zapatos que no había tirado cuando me compré mi último par de Docs el año pasado y lo metí dentro. En cuanto tuviera la oportunidad, tenía planeado soltarlo en un campo o algo así. Pero este pequeñín no iba a seguir comiéndose mis cosas a las tres de la mañana dando por supuesto que yo no lo iba a poner de patitas en la calle.

Me puse rápidamente mis holgados pantalones negros y una camiseta estriada y me lavé los dientes con desgana.

—Tengo que cortarme el pelo —me dije refunfuñando mientras me recogía el largo pelo rojizo en la coleta de costumbre y me miraba bien en el espejo. Hice una mueca al ver mi reflejo. Llevaba un tiempo sin dormir bien y las oscuras ojeras que tenía bajo los ojos verdosos parecían más marcadas que de costumbre. Era una más de los millones de personas que padecían de pesadillas, o eso me decían los psicólogos de la policía. Pero a mí me daba igual: nunca recordaba de qué trataban cuando me despertaba al día siguiente. Fueran lo que fuesen, debían de ser horribles, porque creo que no había dormido bien ni una sola noche desde que me metí en la policía. Acercándome al espejo, miré a los ojos verdes y cansados de mi reflejo. Estoy horrible, pensé y luego, para desmentir el hecho de que me sentía mucho mayor de los veintinueve años que tenía, susurré ominosamente:

—¡Eso es porque veo a los muertos!

Solté una risita ante mi propio infantilismo, recogí a mi compañero de apartamento y me marché, pasando hábilmente de las débiles llamadas de mi teléfono al salir.


¿Alguna vez habéis entrado en un sitio donde todo el mundo va y viene pero nadie parece llegar a ninguna parte en concreto? Así es la comisaría, mucho caos, todo el tiempo. A mí el follón me relajaba. Qué digo, si a veces hasta podía poner los pies en la mesa y quedarme dormida unas horas. Formo parte de esa clase de vida desde que me acuerdo. Mi padre se jubiló en el Departamento de Policía de Nueva York. Mi abuelo era bombero, pero su padre también era policía. Hay un largo linaje de funcionarios burros en mi familia.

En los tres años que llevaba trabajando en esta comisaría, había visto prácticamente de todo. En este día concreto, mi compañero, Joseph Smith, o Smitty, como le gustaba que lo llamaran, estaba esperándome, meneando la cabeza, con esa expresión que decía "qué voy a hacer contigo" en su rostro agradable pero anodino.

—Sabes, si no estuviera enamorado de ti, tendría que darte una patada en el culo —dijo cuando entré en la oficina que compartíamos con otros seis detectives. Smitty era uno de esos tíos que casi todos los hombres adoran y con el que casi todas las chicas acaban casándose. Alto, moreno y digamos que guapo en el sentido de que no tiene nada de feo.

—¡Pues si yo no estuviera enamorada de tu mujer, tendría que darte a ti una patada en el culo! —dije riendo al tiempo que le pasaba la caja de zapatos—. No mires dentro. —Sabía que con lo curioso que era, no tardaría nada en mirar dentro de la caja. Odiaba los ratones, así que se lo tendría bien merecido por cotilla—. Casi se me olvida, dale este cheque a Monica. Dile... que intentaré asistir la próxima vez.

Smitty dobló el cheque y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Sabía que yo no asistiría la próxima vez ni la siguiente. Que pudiera estar dispuesto a mirar los jóvenes e inocentes rostros de unos niños muertos, unos niños a los que nosotros no habíamos conseguido proteger, era algo que a mí me superaba.

—Deberías intentar venir a los entierros alguna vez, Foster, es algo muy bonito.

Asentí y cogí un papel de mi mesa, fingiendo leerlo. Me dieron ganas de preguntarle cómo era posible que el entierro de un niño tuviera algo de bonito.

—El periódico decía que la última vez asistieron más de ciento cincuenta personas.

—Sí, estuvo muy concurrido. Conseguimos muchos donativos. Monica dice que podrá añadir unas cuantas parcelas más y a lo mejor algo de ropa para los que no necesitan ataúdes cerrados.

Asentí de nuevo y me aparté de Smitty. Dios, ¿cómo podía hablar así? Todos los años, sólo en el condado de Los Ángeles, hay cientos de cuerpos que acaban tirados como otras tantas bolsas de basura. Unos doscientos nunca llegan a ser identificados y de ésos, entre diez y quince son niños, y las cifras parecen ir en aumento cada año.

Monica, la mujer de Smitty, llevaba cuatro años luchando por estos pequeños desconocidos. Había coaccionado, avergonzado y amenazado a todos los policías y políticos del área metropolitana de Los Ángeles para conseguir donativos. Su padre y ella habían aparecido en numerosos programas de televisión y habían conseguido donativos hasta incluso de China. A pesar de eso, nunca había dinero suficiente para evitar que algunos de ellos fueran enterrados en fosas comunes en la zona este de Los Ángeles. Cada dos meses relleno un cheque y me digo a mí misma que mientras dedique mi vida a perseguir a los cabrones que los dejan morir, no importa que no vaya a los entierros. Y que tal vez lo que hago evite que uno de ellos acabe en el cementerio para indeseados de Monica.

—La capitana te busca.

—Jo, ¿qué quiere? —Noté que se me revolvía el estómago.

—Seguro que quiere volver a hablar de tu tardanza —rió Smitty—. Estáis siempre como el perro y el gato. Tía, si no fuera porque sé que no es así...

—Mm, Smitty, te equivocas de medio a medio. —Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie escuchaba—. Es que no sé ni por qué trabaja en la policía. ¿Has visto esos trajes que lleva?

—Sí, ella dice más o menos lo mismo de tu forma de vestir. —Smitty miró mis pantalones y mi camiseta. Me niego a llevar trajes. Me aprietan por todas partes. Si llevara un traje, ¿dónde me metería la pistola? Por no hablar de las ganzúas ilegales, la navaja multiusos del ejército suizo, el obligatorio tentempié de elevado contenido calórico y los demás objetos tan chulos que llevaba siempre en los diversos bolsillos de mis pantalones. Pero Smitty tenía razón: la capitana parecía querer hincármela. Y no lo digo en el buen sentido. Parecía que estábamos siempre dando vueltas la una alrededor de la otra como dos leonas enjauladas, cada una a la espera de una oportunidad para echarle una meada encima a la otra.

Suspirando, me quité de la cara varios mechones sueltos de pelo y dejé mi cazadora negra de cuero en el respaldo de mi silla antes de llamar suavemente a su puerta. Casi tenía la esperanza de que no me oyera, pero por supuesto, ladró al instante:

—Pase.

Hice una mueca y entré, cerrando la puerta al pasar.

Ni se molestó en levantar la mirada y siguió leyendo un documento que tenía delante al tiempo que daba golpecitos en la mesa con un bolígrafo. Era una de las muchas cosas molestas que odiaba de esta mujer. Era una pena que fuera tan cabrona, porque la verdad es que era muy guapa. Aproveché para observarla con ojo crítico mientras ella pasaba de mí ampliamente. Tenía el pelo largo y oscuro, pero lo solía llevar recogido en un severo moño. El cuerpo que había debajo de ese traje de Armani prometía no decepcionar. Seguro que hacía aeróbic o alguna mandanga por el estilo. Suena bien, ¿verdad? Pero esta mujer destilaba veneno por todos sus poros. Ahora bien, no quiero que penséis que le estaba echando el ojo, porque no es cierto. Sólo digo las cosas como eran.

Qué diablos, si hubiera pensado que tenía el más mínimo interés en esta bruja, me habría ido a casa y habría usado ese puñetero consolador que me regaló Stacy en broma. Al menos ella dijo que era en broma. De lo que no cabe duda es de que sí era una forma de malgastar un consolador estupendo. No es que la gente lo sepa ni nada parecido, pero mi libido me abandonó hacia la época en que salí de la adolescencia. Pasé una buena parte de mi primera juventud obligándome a meterme en relaciones que nunca me resultaban satisfactorias. Al cabo de un tiempo, hasta la persona más comprensiva del mundo se hartaba del sexo unilateral. De modo que o renunciaba a todo eso o buscaba mujeres lo bastante egoístas como para dejar que les diera placer sin necesidad de corresponderme. No eran tan difíciles de encontrar como podríais suponer, al menos a mí nunca me costaba. Muchas estaban encantadas de dejar que las llevara donde querían llegar y luego darse la vuelta y quedarse dormidas. Mi última relación de ese tipo, bueno, más bien rollo de una noche, fue hace unos dos años.

—Everett, ¿cómo es que siempre es la última en llegar todas las mañanas? —preguntó mientras seguía contemplando su montaña de papeles.

Me erguí, con la esperanza de echar un vistazo a los papeles que tanto empeño había tenido en terminar. Ya tenía una idea de qué iba todo esto, pero no le iba a ofrecer ninguna información.

—Mm, bueno, capitana, ya sabe que no tengo coche.

—Eso es porque se ha cargado los dos últimos que ha tenido.

—Mm, sí, bueno, pero tengo que venir andando al trabajo.

—Vive a pocos minutos de aquí —me recordó, sin levantar la vista de la mesa.

Zorra, pensé, carraspeando.

—Capitana, ayer me quedé aquí hasta muy tarde trabajando con Smitty en el caso de las películas porno violentas. Así que me he quedado dormida.

—¿Y cómo va ese caso? Lo tienen desde hace un mes y por lo que parece no han avanzado nada.

—Pues traeremos algunos sospechosos dentro de un día o dos, capitana. Es que queremos asegurarnos de que el fiscal no tiene motivos para dejarlos marchar.

Asintió. La única persona a la que la capitana odiaba más que a mí era el fiscal del distrito. Me di unas palmaditas en la espalda por mi ingenio al improvisar esa razón.

—Está bien, manténganme informada. Pero no la he llamado por eso. He recibido otra queja contra usted. Ya es la tercera en tres meses.

Me quedé sentada en silencio, sin negar las acusaciones mientras ella las leía en voz alta. No os voy a aburrir con los detalles morbosos, pero baste decir que todo era cierto y seguro que se le había escapado algo. Dejó de leer, más o menos nos miramos y luego ella se recostó en su silla y se puso otra vez a dar esos golpecitos infernales.

—¿Ha ido al psicólogo como debía?

—Sí, no he faltado a ninguna cita, pero no necesito un psicólogo, capitana. Estoy bien. Ya sabe cómo son las cosas ahí fuera... —Me acabé callando porque en realidad no lo sabía y yo no iba a tratar de convencerla de que viera las cosas a mi manera. De modo que me removí en mi asiento e intenté en vano encontrar algún tipo de terreno común con esta mujer.

—Algún día va a acabar perdiendo el control por completo, Everett, y yo no voy a poder ayudarla.

¿Y cuándo me había ayudado?

—Mire, capitana, no sé qué es lo que pasa, pero los detenidos se creen que me pueden poner a prueba. Seguro que a causa de mi tamaño y porque soy mujer. Si no les bajo un poco los humos, creerán que se me pueden subir a la chepa sin más.

—Mmm, aquí dice que a este último le pegó tal patada en los huevos que todavía está en el hospital. Tendremos suerte si no nos pone un pleito.

—Capitana, escuche, tenía que impedir que el tipo atacara, fue en defensa propia. Además, los de Asuntos Internos me han declarado inocente. —No mencioné que en Asuntos Internos no sólo me habían declarado inocente, sino que habían dictaminado que si yo no hubiera reaccionado como lo hice, mi compañero o yo podríamos haber resultado gravemente heridos. Después de eso, la capitana se había pasado días echando humo por las orejas.

—¿Y tuvo que pegarle dos patadas? ¿Con una no era suficiente?

—Bueno, es que no cayó con la primera. Escuche, capitana, Smitty estaba allí, pregúntele a él. Este tipo era un cabronazo. Tenía que hacer algo. Me pareció mejor que sacar la pistola, después del último idiota que intentó demandar al departamento.

—¡Le disparó en el dedo gordo del pie!

—Bueno, es que estaba intentando escapar y tenía una pistola —razoné.

—¿Cómo demonios se puede disparar en el dedo gordo del pie a una persona que se está escapando? —dijo entre dientes, y me di cuenta de que no iba a aceptar mi punto de vista, así que decidí jugármela.

—Mm, ¿porque tengo buena puntería?

—¡Everett, fuera de mi despacho!

—Sí, señora. —Me levanté y llegué a la puerta a toda prisa, con una sonrisa de triunfo en la cara. La visita no había sido muy dolorosa para tratarse de la capitana.

—Ah, y Everett, para el viernes ya me puede haber conseguido algo sobre quién está distribuyendo esa porquería en mis calles o la pongo a vigilar desfiles.

—Está bien, capitana. —Me mordí el labio con fuerza para evitar hacerle una mueca de asco a esa zorra resentida y salí del despacho. Sus calles, ¿eh? Anda ya.

—¡Vigilar desfiles, una leche! —Cogí una papelera pequeña que tenía al lado de la mesa y me planteé lanzarla al otro lado de la sala. Tirar cosas siempre hacía que me sintiera mejor. Levanté la mirada justo a tiempo de ver cómo Smitty, que no se había percatado de que había vuelto a mi mesa, levantaba la tapa de la caja de zapatos con la punta de un lápiz. Dejé la papelera sin hacer ruido y me acomodé en la silla para disfrutar del espectáculo. De todas formas, esto me calmaría la tensión mejor que tirar la papelera. El alarido que salió de boca de Smitty fue digno de los fuertes aplausos que recibí cuando cogí mi caja de su mesa. Lo miré meneando la cabeza y volví a dejarme caer en mi silla.

—Te dije que no miraras.

—¡Maldita sea, Foster, me has hecho esa putada a propósito! —me acusó, plantado en medio de la sala y mirando iracundo la caja de zapatos como si fuera a atacarlo.

Hice una mueca.

—¿Cómo iba a saber que eres un puto cotilla? —Atisbé dentro de mi caja para asegurarme de que el pequeñín estaba bien. Cuando me quedé tranquila de que no estaba demasiado traumatizado, clavé en Smitty mi mirada asesina más fiera.

—Sabes que detesto a esos bichos. ¿Para qué me lo has dado, si se puede saber? —lloriqueó.

Hice una mueca de asco falso por mi compañero de metro noventa que seguía acobardado en el centro de la sala.

—Porque creía que eras la única persona en la que podía confiar. Lo voy a soltar en cuanto encuentre un buen sitio.

—Pues asegúrate que lo sueltas lejos de aquí.

—No jodas, Smitty. —Seguía cabreada con la capitana por amenazarme con vigilar desfiles como si fuera una novata. Va a ser un lunes de infierno, pensé, pero lo que dije fue—: Necesito buenas noticias.

—Bueno, pues a lo mejor las tengo. —Smitty se sentó a su mesa con cara de satisfacción.

—Desembucha —dije, amagando ya una sonrisa. Por el brillo de los ojos de Smitty, sabía que creía haber encontrado una buena pista. O al menos algo que parecía una buena pista. La noche antes, no teníamos nada.

—Mientras estabas ahí dentro de cháchara con la capitana Simmons, te he traído café. —Señaló la taza humeante que esperaba en mi mesa.

Sonreí agradecida y cerré los ojos mientras bebía el brebaje de la máquina automática. No me sentía del todo humana a menos que tuviera una buena cantidad de cafeína en el cuerpo.

Smitty sonrió. No había sido compañero mío durante tres años sin averiguar una o dos cosas sobre mí. La más importante es que te querré para siempre si me traes café. Oye, qué puedo decir, salgo barata.

—Bueno, ¿qué pasa?

—Pues que cuando estaba donde la máquina del café, me encontré con Fuller. Dijo que Jackson y él trajeron anoche detenido a Pete el Pistola.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué? —Bebí otro sorbo de café.

—Lo de siempre, exhibirse ante una tía rica delante de Mavericks.

Mavericks es un restaurante caro de la Novena. Casi todo el mundo tiene que hacer reserva con unas dos semanas de antelación para poder entrar y, en general, las únicas personas que van allí son los ricos y los semifamosos.

A Pete el Pistola lo llamaban así porque le encantaba sacar su "seis balas", como lo llamaba él, y disparar unas cuantas veces sobre blancos desprevenidos. Pero en general, era inofensivo y un poco como la mascota de la comisaría. Una vez tuve la desgracia de ver su seis balas cuando lo estaba mostrando por los barrotes de su celda. A mí más bien me parece un cuatro balas, pero quién soy yo para juzgar.

—¿Y qué, lo han metido en desintoxicación?

—Sí, pero eso no es lo interesante. El bueno de Pete se había comprado unos cuantos tetrabricks de vino.

—¿Ah, sí? —pregunté, enarcando una ceja y fingiendo interés.

—Sí, al parecer el dueño del videoclub de Hartford le dio unos pavos a cambio de un par de horas de trabajo.

Mi antena se alzó al oír hablar de vídeos, pero tenía que seguirle el juego a Smitty, porque si no se iba a poner muy triste.

—¿Y? —Me puse a hojear las pilas de papeles que tenía en la mesa mientras Smitty continuaba. Cuando Smitty creía tener algo bueno, no se le podía meter prisa. También era una de esas personas que tenían una historia para cualquier cosa y sobre cualquier persona y si le dejabas, te la contaba una y otra vez.

—Pues que este tipo de Hartford le pagó a Pete para que metiera unas cajas en su videoclub. Pete dijo que cuando el tipo no miraba, echó un vistazo a lo que había en las cajas.

—A ver si lo adivino. Había vídeos, ¿a que sí? —dije con tono sarcástico.

—Sí, justo, pero la cosa es que nuestro amigo Pete, en su estado de embriaguez, creyó que Jackson y Fuller lo habían arrestado por robo. Al parecer mangó algunas películas para poder venderlas por unos pocos pavos. Sólo que cuando volvió a su hotel y las vio, en esas cintas había unas cosas muy fuertes. Dice que cree que las tiró a la basura, pero yo creo que si nos pasamos por el último motel donde se ha alojado, las encontraremos ahí.

Dejé de golpe mi taza vacía.

—Joder, ¿a qué estamos esperando?

—Ya me imaginaba que ibas a decir eso —sonrió Smitty—. ¡Oye! —Le arranqué las llaves de la mano y salí corriendo de la sala.

—Conduzco yo. ¡Tú conduces como una ancianita! —le grité.

Por supuesto, condujo Smitty. Yo no debía conducir ningún vehículo de la comisaría durante los próximos tres meses. Órdenes de la capitana. Como ya he dicho, me la quiere hincar a base de bien.

El hogar de invierno de Pete resultó ser un sórdido motel a unas ocho manzanas de la comisaría. Los que vivían allí de forma permanente se ganaban la vida esperando fuera del 7-Eleven de Guerra hasta que llegaba un granjero a recogerlos. Normalmente se les pagaba una miseria por un trabajo demoledor y volvían a una habitación pequeña y atestada para dormir unas pocas horas y al día siguiente repetir todo el proceso.

A pesar del neón hortera de la ventana que prometía que la oficina estaba abierta las 24 horas, Smitty y yo tuvimos que esperar dos horas y media a que un tipo grasiento vestido con bermudas, una camisa de bolera y sandalias llegara tan tranquilo a abrir la puerta.

En términos generales, se necesita una orden de registro para entrar en la habitación de hotel de una persona. Sin embargo, el hombre con la cara marcada de acné que estaba detrás del mostrador estaba tan ansioso de volver a su videojuego portátil que apenas miró cuando le mostramos nuestras placas. Nos entregó la llave electrónica de Pete sin decir palabra y volvió a su videojuego.

—Gran seguridad —dijo Smitty con sarcasmo mientras cruzábamos el aparcamiento.

—Sí.

Smitty deslizó la llave electrónica por la cerradura y al instante nos asaltó el olor rancio a humo de cigarrillos y ese tenue olor acre que dejan los productos de limpieza baratos. Al menos han intentado limpiar, me dije a mí misma con una mueca de asco.

Entré en la pequeña habitación y miré a mi alrededor, sin hacer caso de la sensación de falta de higiene que me entraba siempre que estaba en sitios así. Olvidémonos de que en esos mismos momentos tenía ropa sucia acumulada desde hacía dos semanas en el suelo de mi apartamento. Hay una enorme diferencia entre ser desordenado y ser directamente asqueroso. Me vais a tener que creer, porque a menos que hayáis estado en una de estas habitaciones baratas y ruinosas, no tenéis ni idea de a qué me refiero. Smitty cerró la puerta y los dos echamos un vistazo experto por el reducido espacio.

—Yo compruebo el cuarto de baño. Tú mira aquí —dije. Apreté los labios cuando la idea de dejar entrar ese aire sucio y rancio en mi boca casi me produjo una arcada. Me puse un par de guantes y Smitty hizo lo mismo.

—Mm mmmm. —Smitty tuvo cuidado de mantener los labios firmemente cerrados. Al parecer, yo no era la única que no tenía ganas de abrir la boca aquí dentro.

Me dieron ganas de echarme a reír al ver el cartel de prohibido fumar de la puerta del cuarto de baño cuando entré. Aquello parecía el aseo de un bar. Había quemaduras de cigarrillos y manchas permanentes de herrumbre por todas partes. Miré detrás de la puerta, en la papelera, la tapa de la cisterna, debajo del lavabo y en la ducha. Salí del estrecho espacio lo más deprisa que pude.

—¿Algo? —preguntó Smitty desde el suelo.

—Qué va, todavía nada.

Smitty levantó con cuidado una de las colchas y miró debajo de una de las camas.

—Creo que tenemos algo. Pásame ese mango de escoba que he visto en la ventana, ¿quieres?

Aparté la cortina, cogí el trozo de mango de escoba de la ventana y se lo di a Smitty. Oí un ruido como de papel y Smitty sacó una bolsa marrón de debajo de la cama.

—Bingo —dijimos a la vez.

Abrí la bolsa y saqué con cuidado tres cintas de vídeo, todas las cuales iban en cajas negras vulgares y corrientes sin nada que las identificara.

—¿Echamos un vistazo? —pregunté.

—Adelante.

Abrí una de las cajas y metí la cinta en el pobretón aparato de televisión y vídeo de 13 pulgadas del que ahora hacían gala las "habitaciones mejoradas".

No tuvimos que esperar mucho a que nuestros sentidos se vieran asaltados por las voces de un hombre y de lo que parecía ser un chico muy joven de raza asiática. Luché por controlar la bilis que me iba subiendo por la garganta y amenazaba con escapar mientras los abusos se veían en la pantalla en primer plano. Y mientras mirábamos, el hombre cogió una pistola fuera de cámara, se oyó un fuerte estampido y la cinta terminó. La cosa es que el chico no dejó de llorar en ningún momento y que el cabrón demente que lo estaba violando no dijo una sola palabra en ningún momento. Smitty puso las otras dos cintas y vimos lo suficiente para asegurarnos de que contenían lo mismo. Abusos sexuales cometidos contra un menor seguidos de asesinato. Hasta ese momento, yo sólo había querido atrapar al hijo de puta que hacía estas películas. Era un asesino de lo peorcito. Ahora me preguntaba qué clase de gente las podía comprar.

—¡Ya tenemos a ese cabrón! Salgamos de aquí antes de que vomite. —Smitty salió de la habitación aferrando los vídeos. Cerré la puerta a mi espalda y tuve que correr un poco para alcanzarlo.

—¿Estás bien? —pregunté cuando arrancó y salió del aparcamiento como si de algún modo pudiéramos escapar de lo que acabábamos de ver.

—Sí. ¿Y tú?

—No.

—Yo tampoco.

—¿Cómo puede... por qué obtendría placer un hombre adulto con una cosa así? El miedo que había en los ojos de ese chico... —Me volví y miré por la ventanilla, parpadeando rápidamente.

—No intentes racionalizarlo, Foster. Esta gente está enferma... tú nunca podrás entenderlo. Sólo... sólo encontrarlos y meterlos entre rejas.

—Ya lo sé, Smitty, y me lo digo a mí misma, pero... A veces me pregunto si merece la pena, ¿sabes? Nuestro trabajo consiste en hacer que los ciudadanos que respetan la ley puedan dormir tranquilos por las noches, ¿pero quién se asegura de que podamos hacerlo?

—Foster, escucha... Yo ya he pasado por esto. En situaciones como ésta... tienes... tienes que aprender a quitarte todas las movidas de la cabeza y hacer lo que hay que hacer.

—Pero y si no es sólo este tío... quiero decir, ¿quién coño compra esta mierda? Sí, sacamos a este capullo de las calles. Ya habrá otro que siga donde él lo ha dejado... con tal de sacar tajada.

Llegamos a comisaría en considerable silencio. Ver esas cintas nos había dado mucho que pensar a los dos. Hasta hacía unas dos semanas, lo único que teníamos eran dos vídeos dentro de una carpeta de un caso paralizado. El caso había pasado de antivicio a homicidios y otra vez a antivicio mientras distintas personas intentaban averiguar si se trataba de la típica película pornográfica violenta o la cosa iba en serio. Y si iba en serio, no sólo se había violado y asesinado a un niño, sino que todo ello se había filmado y vendido. El caso se hizo prioritario para nosotros cuando en la calle empezaron a aparecer copias de dos nuevos vídeos. Presentaban el mismo tema, la misma ambientación y el mismo final demencial.

Bajé a hablar con Pete el Pistola mientras Smitty se ocupaba de conseguir la orden de detención y de informar a la capitana de lo que habíamos descubierto. Pete no pudo darme más información aparte de que el dueño del videoclub parecía un tipo bastante decente.

—Siempre parecen tipos bastante decentes, Pete —le dije al marcharme. Regresé a mi mesa pensando que Pete tenía razón. Últimamente costaba distinguir a los buenos de los malos. Estaba tan enfrascada en mis pensamientos que antes de que me diera cuenta de que estaba ahí, ya tenía a Smitty casi encima.

—¡Lo tenemos! —exclamó Smitty, agitando la orden de detención ante mi cara.

—Qué rápido.

—Lo ha conseguido la capitana. Parece que en la universidad estaba en la misma hermandad que la mujer del juez O'Malley y ha logrado que nos envíe esto a toda pastilla. El único problema es que como estamos tan escasos de personal, sólo tenemos una patrulla como apoyo.

Me encogí de hombros.

—Da igual. Esto va a ser fácil.


Llegamos al aparcamiento trasero de Reel Family Videos hacia las siete de la tarde. Estaba nublado y por eso fuera ya era casi de noche. Apenas había coches en el aparcamiento. Este tipo no parecía esforzarse mucho por mantener su tapadera legal. Eso me hizo pensar que nos enfrentábamos sin duda a un aficionado que se las había apañado para pasar desapercibido a las fuerzas del orden. Hasta ahora, claro.

Le indiqué a Smitty que yo entraría primero y que él debía cubrirme. Los agentes uniformados cubrirían la parte trasera del edificio y nos darían apoyo de ser necesario. Me deslicé pegada a la pared, sin hacer caso del olor a orina, y miré por la puerta de cristal. No había nadie en el mostrador, de modo que saqué mis fieles ganzúas y abrí la cerradura en pocos segundos. Smitty me miró meneando la cabeza, pero yo le hice una mueca. No sería la primera vez que un informe decía que una puerta estaba abierta cuando no era cierto. Abrí con cuidado la puerta, atenta al sonido de alguna campanilla que pudiera alertar al sospechoso de mi presencia.

Entré en la tienda sin problemas con Smitty pegado a mis talones y me agaché detrás del mostrador. En la pequeña zona de entrada había estantes de vídeos para todos los públicos que atestaban todo el espacio disponible en las paredes. El mostrador era lo único que separaba la "sección familiar" de la sección de pornografía indicada por las tres X rojas sobre la entrada. Le indiqué por gestos que iba a intentar rodearlo y colarme por la puerta que había al otro lado del mostrador. Él me hizo un gesto indicando que lo entendía y que me cubriría la espalda. Levanté la mano y conté en silencio y luego me colé en la habitación mal iluminada, con la pistola en alto.

La habitación tenía una decoración muy hortera en tonos rojos y rosas. En un extremo estaba la entrada que el tipo seguramente usaba para meter a los niños sin ser detectado. Tenía una cortinilla de cuentas moradas y no veía si al otro lado había una habitación o sólo una puerta. Tendría que asegurarme de que sólo había una persona en este sitio antes de actuar. Escudriñé la oscuridad y a medida que se me fueron adaptando los ojos vi una cama en forma de corazón rodeada de toda clase de focos de iluminación y cámaras. En el centro de la cama estaba encadenado un niño pequeño. Tenía los brazos sujetos con unos grilletes tan grandes que su mero peso parecía bastar para inmovilizarlo. Mi primer impulso fue correr hacia el niño, pero estaba segura de que quien estuviera a cargo de esto andaba por allí cerca y no quise poner en peligro la vida del niño. De modo que me agaché e intenté localizar al sospechoso.

Tuve que obligarme a dejar de oír el lloriqueo lento del niño. Era evidente que llevaba mucho tiempo llorando, puesto que sus sollozos sonaban roncos y cansados. Aguanta un poquito más, cariño, deja que localice a este capullo y te saco de aquí. Apenas había terminado de pensarlo cuando el golpe de una puerta me indicó dónde estaba el sospechoso.

—¿No te he dicho que cierres la puta boca?

El ruido de las cuentas al chocar con la pared me produjo una descarga de adrenalina por todo el cuerpo.

Un hombre blanco y rubio vestido sólo con calzoncillos cortos atravesó de golpe las cuentas y fue hacia el niño, que ya estaba alteradísimo. Salté hacia delante justo cuando él llegó a la cama, me tiré encima del capullo y le pegué un buen puñetazo en la barbilla que lo tumbó en el suelo, arrastrándome con él.

El niño chilló mientras el sospechoso y yo forcejeábamos en el suelo. Smitty gritó dos veces, pero seguramente en ese momento no lograba distinguir quién era yo y quién era el sospechoso. Le pegué al tipo dos puñetazos más en la barbilla y en la sien y por fin pude quitármelo de encima con ayuda de Smitty.

—Lo tenemos, chicos. La situación está controlada —grité cuando los dos agentes uniformados entraron por la cortinilla de cuentas con las armas en alto, haciendo que el niño chillara aún más—. Chicos, ya lo tenemos. ¿Puede uno de ustedes asegurar la zona y el otro llamar a servicios infantiles? —Me levanté penosamente y miré a Smitty, que ya había esposado al sospechoso y lo estaba levantando—. ¿Smitty?

—¿Sí?

—Quita esa cosa de mi vista, por favor.

—Ya la han oído.

Smitty sacó al tipo a empujones de la habitación mientras yo me acercaba con cautela a la cama. El niño me miró con tanto miedo que me detuve y alcé las manos.

—Mira, no llevo nada que te pueda hacer daño. —Alargué la cadenilla de la que colgaba mi placa—. Soy detective de la policía. ¿Sabes lo que es eso? —El niño siguió llorando, pero asintió para decir que lo entendía—. No voy a dejar que nadie vuelva a hacerte daño.

Asintió y sus ojos azules observaron todos mis movimientos mientras yo intentaba localizar las llaves para abrir el pequeño juego de esposas que le sujetaba las muñecas. Las vi encima de un tocador junto con unos alicates, un cuchillo de aspecto temible y cuerdas. Cogí las llaves del tocador y me acerqué a la cama.

—¿Te parece bien si te suelto esas cosas para que te puedas levantar?

El niño parecía a punto de echarse a llorar otra vez, de modo que intenté hablarle con calma mientras me acercaba.

—¿Cómo te llamas?

—Jason —contestó. Su llanto se detuvo por el momento, pues le había dado algo en que pensar.

—¿De dónde eres, Jason?

—El-segun-doo —dijo hipando, pero parecía muy seguro de lo que decía.

—El Segundo. Vale, eso está muy bien, Jason. ¿Sabes cómo se llama tu mamá? —El niño asintió—. ¿Y su número de teléfono, te lo sabes?

—Creo que sí.

—Estupendo. ¿Te gustaría llamar a tu mamá? ¿Qué te parece?

Casi me eché a llorar al ver cómo se le iluminaban los ojos al niño.

—Vamos a sacarte de aquí y a ver qué podemos hacer al respecto. —Justo cuando terminé de soltar a Jason de las cadenas, una agente de uniforme entró en la habitación—. ¿Sabes dónde está tu ropa, Jason?

Negó con la cabeza y pareció a punto de echarse a llorar de nuevo, así que lo envolví en una sábana e hice un gesto a la agente.

—Grady, ¿no?

Asintió y apartó la mirada, parpadeando para controlar las lágrimas.

—Aguante —le dije, pero también me lo podría estar diciendo a mí misma—. ¿Hay un teléfono ahí atrás?

—Sí, creo que sí.

—Vale, llévelo atrás y que intente llamar a su madre mientras esperamos a los servicios sociales.

Asintió y le ofreció la mano a Jason, quien, tras mirarme vacilante, la cogió y echó a andar con cuidado hacia el teléfono. Aparté la mirada de la pequeña espalda del niño, pero no sin antes haber visto las marcas de mordiscos.

La ira me inundó como la primera dosis de heroína de un futuro yonqui. La alimenté porque necesitaba una excusa para descargarla contra ese desperdicio de oxígeno. Entré en la parte delantera del videoclub, donde el sospechoso estaba sentado en una banqueta con la cabeza gacha y la cara bañada en lágrimas. Smitty daba la espalda al tipo: una postura conocida que le había visto adoptar en más de una ocasión. Era un desafío, una oportunidad para que esa babosa intentara hacer algo, cualquier cosa, y a Smitty no le quedara más remedio que pegarle un tiro. Pero las personas que atacaban a niños eran unos cobardes de mierda y yo sabía que éste no nos daría ni a Smitty ni a mí la satisfacción de volarle los sesos.

Me quedé mirando a aquel tipo vestido con sus inmaculados calzoncillos blancos y sus calcetines largos y sentí un odio irrefrenable que iba creciendo en mi interior. El aroma de su colonia pesaba extrañamente en el aire, como si se la hubiera echado mientras yo estaba en la otra habitación. Hugo Boss para hombre, pensé tontamente. En ese momento me miró y pronunció dos palabras que acabaron con los últimos vestigios de control que tenía sobre mi ira.

—Tengo frío —dijo.

Y caí sobre él antes de que cerrara la boca.

Estoy segura de que ni lo vio venir. Le asesté cuatro fuertes puñetazos en la cara, haciéndolo sangrar por la nariz y los labios, antes de que Smitty pudiera darse la vuelta siquiera. Smitty corrió hasta mí y me agarró de los brazos, pero no antes de que yo consiguiera agarrar la cabeza del sospechoso con las manos y se la estampara contra mi rodilla... dos veces.

—Everett, Everett, ya le has dado, cariño, ya le has dado. —Smitty me arrastró a la habitación de atrás mientras yo sollozaba ásperamente, con el pecho ardiendo aún de rabia, y forcejeaba para soltarme. Nunca en mi vida he querido hacer daño a alguien como quería hacérselo a este tipo.

—Escúchame, Everett, podemos asegurarnos de que le den lo suyo en la cárcel, nos aseguraremos de que le paguen con la misma moneda. No saldrá de allí con vida, te lo garantizo. Me crees, ¿verdad?

Asentí y sin mirar atrás, salí a trompicones de la habitación. Grady había metido a Jason en el asiento delantero del coche patrulla para esperar a los servicios de protección de menores. Vi que le pasaba su placa al niño y levantaba las manos como si él la estuviera arrestando. Por el rostro del niño pasó un amago de sonrisa que se desvaneció como si nunca se hubiera producido. Ella le dijo algo y la sonrisa apareció de nuevo. Se le dan bien los niños. Me pregunto si tiene alguno. Si es así, ahora debe de estar enferma de miedo. Me pregunté qué clase de vida iba a tener ahora Jason de El Segundo gracias al cabronazo de ahí dentro. Apreté y relajé las manos doloridas y luego me las puse debajo de los sobacos. Se me llenó la garganta de bilis y escupí un par de veces. Por fin cerré los ojos y apoyé la cabeza en el edificio. Estaba harta, hartísima de ver este tipo de horrores.

Abrí los ojos y vi que llegaba un vehículo poco llamativo. Suspiré, me aparté de la pared y eché a andar hacia allá. Un ruido procedente de dentro me hizo dudar.

—Smitty, ¿estás bien? —llamé.

—¿Eh? Sí.

Había algo en su tono que me hizo detenerme. Sacudí la cabeza. El sospechoso seguía esposado cuando me marché y además, no estaba en condiciones de dar problemas a Smitty. Si tenía que volver a mirarlo, no sabía qué podría llegar a hacerle. Eché a andar hacia la trabajadora social que ahora estaba agachada de espaldas a mí delante del coche abierto, hablando con Jason.

—Everett, tengo que hablar contigo —me llamó Smitty con tono de urgencia.

Ni me molesté en volverme. No necesitaba un sermón. Estaba segura de que la capitana me lo echaría dentro de nada.

—Sí, Smitty, pero podrías esperar hasta que...

—No, tenemos un problema.

—¿Qué dices? Ese puto no se habrá escapado, ¿verdad, Smitty? —Estaba dispuesta a registrar el edificio de punta a punta para volver a atrapar a aquel asqueroso.

Smitty me agarró de los hombros y me detuvo.

—Foster... escúchame, maldita sea. ¡Está muerto!

—¿Qué coño estás...? —Bajé la voz por instinto—. Smitty, ¿qué quieres decir con que está muerto?

—¡Pues que está muerto! —El tono de Smitty era insistente y observó el aparcamiento para asegurarse de que nadie nos oía. En su frente y mejillas acaloradas brillaban gotas de sudor como si fuesen lágrimas. Aparte de cuando teníamos que perseguir a un sospechoso, nunca había visto a Smitty sudar por nada.

—No, no... ¡no puede ser! —Intenté correr hacia el edificio, pero Smitty me detuvo.

—¿Quieres hacer el puto favor de mirarte? Tienes los puños amoratados y la cara como si estuvieras en estado de shock.

Me miré. Smitty tenía razón. Tenía aspecto de haber perdido una pelea en un bar. Smitty me agarró por los hombros y giró para que cualquiera que mirase sólo viera su espalda.

—Ahora escúchame, Foster. Quiero que te vayas a casa.

—¿Qué? Pero tengo que quedarme y hacer... hacer mi declaración —dije aturdida.

—¡No! —Smitty me metió en el videoclub, lejos de las miradas de los agentes uniformados que ahora hablaban en voz baja junto a su coche—. Quiero que te vayas a casa y te laves. Me inventaré una excusa diciendo que no te encuentras bien. Puedo conseguir que esto no conste en ninguna parte. A nadie le importa un asesino de niños. Eres una buena detective. No mereces pasarte el resto de tu vida enre rejas por su culpa. Tú no has estado aquí, ¿me oyes?

Asentí aturdida al caer en la cuenta de todas las ramificaciones de lo que había hecho. Mi carrera... mi vida se había acabado. Las palabras de la capitana resonaron en mi cabeza. Algún día va a acabar perdiendo el control por completo, Everett, y yo no voy a poder ayudarla.

—Deja... deja que yo me ocupe de esto. Vete a casa. ¿Me oyes, Foster? Vete a casa.

¿Veis lo que decía? Mi vida había acabado sin el más mínimo aviso previo.


Capítulo 2

Me fui a casa andando, esquivando el brillo acusador de las farolas como un criminal veterano. Smitty había dicho que no debía llamar a un taxi, lo cual me venía bien. Necesitaba tiempo para pensar. ¿Cómo era posible que todo hubiera salido tan mal tan deprisa?

Llegué a casa, me quité los pantalones y la camiseta manchados de sangre y pensé en dejarlos tirados en el suelo. La huella sanguinolenta de una mano en una de las mangas bastó para convencerme de que tenía que destruir la ropa a toda prisa. Siempre me había preguntado por qué las personas que cometían crímenes no eliminaban las pruebas inmediatamente. Ahora tenía la respuesta. Costaba muchísimo, sencillamente. Lo único que quería era dormir, cosa que nunca se me había dado muy bien.

El simple acto de ducharme y ponerme un chándal fue lo más difícil que había tenido que hacer en mi vida, pero lo hice. Me acerqué a la ropa ensangrentada como si me acercara a un laboratorio de crack, con suma cautela. Cogí la camiseta, evitando a propósito mirar la evidente huella de la mano. Tenía sangre en las manos y siempre la tendría.

Metí los pantalones y la camiseta en una bolsa de plástico de la compra junto con mis botas Doc Martin salpicadas de sangre. Salí de mi apartamento y bajé al sótano. Gracias a Dios que vivo en un edificio viejo que todavía tiene incinerador. Aunque fuese un riesgo de incendios, me permitía librarme de las pruebas. Eché la bolsa con su contenido al incinerador y vi cómo prendía. Usé una vara de metal que se había quedado en la estancia para asegurarme de que todo aquello se quemaba hasta quedar irreconocible. Mientras veía cómo la prueba de mi culpabilidad ardía con un vivo color naranja, pensé que al día siguiente tendría que salir a comprarme el mismo modelo exacto de botas. Daría lugar a sospechas si de repente cambiaba mis costumbres... ¿no?


Pasó casi un mes y lo lógico sería pensar que mi vida entera habría sufrido un cambio drástico, pero fijaos, no fue así, nada, cero, todo igual que siempre. Bueno, sí ocurrió que un sospechoso, un tal Harrison Canniff, buscado por sospecha de asesinato, secuestro y violación, fue encontrado flotando en el agua cerca de la orilla sur de la playa de Santa Mónica. Habían quemado su cuerpo después de morir y lo habían tirado al agua, donde probablemente estuvo flotando días hasta que unos salvavidas lo encontraron.

Lo olieron a kilómetros de distancia.

Smitty me lo había contado todo. Como he dicho, le encantaban las buenas historias. Cuando sacaron el cuerpo del agua, ya estaba habitado por un pequeño ecosistema. Según su carnet de conducir, pesaba setenta y dos kilos y medio, pero cuando lo sacaron estaba más cerca de los ciento treinta. Cuando un cuerpo se queda flotando en el agua cierto tiempo, el tejido adiposo se empieza a descomponer a las pocas semanas. El cuerpo se puede hinchar e inflar, aunque en realidad pese menos, debido a la descomposición química que sufre. El olor es aún peor de lo normal. Y os tengo que decir que no hay nada como el olor de un cadáver en estado de putrefacción. Pero uno que haya estado flotando en el agua parece emitir un hedor especialmente repugnante.

De cualquier manera, dimos por cerrado el caso. La capitana estaba contenta y los medios y el público simplemente se encogieron de hombros. Nadie lamenta la muerte de un asesino de niños, ¿verdad? Nadie, claro, menos yo.

—Hola, Everett —Saludé a mi compañero con la cabeza al hundirme en el asiento del pasajero del coche con mi tercera taza de café del día—. ¿Y esas ojeras?

—No duermo muy bien.

—Joder, ¿y cuándo has dormido bien? —preguntó Smitty al tiempo que se internaba en el tráfico. Nos dirigíamos a comisaría después de haber seguido una de varias pistas infructuosas de otro caso paralizado que nos había caído encima. Le sonreí agradecida, reconociendo que decía la verdad. Hacía mucho tiempo que no dormía bien. Así que tal vez iría a mejor. Algún día este vacío que sentía en el estómago no me resultaría tan doloroso—. Oye, pero sí que quería hablar contigo. ¿Estás perdiendo peso? Antes tenías algo de carne en los huesos, pero ahora estás toda flacucha.

—Mm, sí, también tenía un poco de barriga cervecera —intenté bromear, pero Smitty no estaba dispuesto, así que me limité a encogerme de hombros y me inventé una idiotez de excusa sobre un régimen acelerado.

Qué mentirosa de mierda estaba hecha. Un mes antes estaba atiborrándome de perritos calientes y cerveza con todos los demás en el bar de Charlie. Estábamos viendo cómo Shaq y Kobe les daban una paliza a los Kings. Era doloroso de ver, pero al final, me acabé comiendo prácticamente todos los perritos calientes que tenía Charlie. Y mientras mis compañeros de trabajo se quejaban de dolor de estómago, yo ya me estaba zampando las cestas de cacahuetes del bar.

—¿Estás teniendo problemas con lo que pasó? —preguntó con tono apagado.

Asentí sin apartar los ojos de mi café mientras él maniobraba en silencio por el tráfico del centro.

Smitty giró a la derecha por un callejón que los patrulleros usaban para pillar a la gente haciendo giros ilegales después de las seis. Apagó el motor y se volvió hacia mí.

—Cuando empecé como compañero tuyo, le prometí a tu padre que te cuidaría. Tienes que dejarlo correr. No sirve de nada que le des vueltas. Ese tipo no se lo merece. Ya viste a ese niño. Cuando hubiera terminado con él, lo habría matado y habría vendido la puta cinta como lo hizo con los demás. Joder, sabes tan bien como yo que seguro que les ha arruinado la vida a más niños, no sólo a ése. Tal y como lo veo yo, le has hecho un favor al mundo. ¿Lo comprendes?

—Sí, sólo que nunca me imaginé que las cosas saldrían así.

—¿Cómo?

—Yo... yo nunca había matado a nadie, Smitty. Pensaba que cuando por fin tuviera que hacerlo, no sería un problema, ya sabes... mi vida o la suya. Esto fue... esto no fue así. —Me volví parpadeando frenéticamente hacia la pared de ladrillo rojo. Kimmy quiere a Stan estaba tachado con pintura negra de espray, sustituido por las palabras Stan está muerto. Me pregunté cómo lo estaría llevando Kimmy. Seguro que mejor que yo.

—Vas a tener que olvidarte de esta historia, Everett. —La voz de Smitty sonaba inusualmente ronca.

—No sé si puedo, Smitty. No puedo comer, no puedo dormir... no puedo hacer nada salvo ver la cara de ese tipo mientras lo machacaba. —Smitty había dicho que cuando fue a esposar al tipo, se dio cuenta de que ya no respiraba. Creía que lo más probable era que le hubiera incrustado el cartílago nasal en el cerebro al pegarle los rodillazos, matándolo al instante.

—No sé si puedo hacer esto —confesé y esperé a ver la reacción de Smitty.

—¿Estás pensando en entregarte? —preguntó muy tenso.

—Sí... —Antes de poder decir una palabra más, me pegó un tirón para que lo mirara.

—Escúchame bien, Everett. Sé que lo sientes. Sé que detestas que ocurriera esto, pero maldita sea, hay otras personas implicadas. Yo tengo mujer y un hijo, esos dos novatos que corroboraron la historia de que el tipo no estaba allí cuando encontramos al niño también tienen familia. No nos podemos permitir perder nuestro trabajo por un capullo de tres al cuarto que de todas formas no merecía vivir. —Smitty me miró ferozmente a los ojos mientras la inutilidad de mi situación amenazaba con volver a hundirme. Ni siquiera podía confesar mi crimen sin arrastrar a otras personas conmigo. Smitty se había librado del cadáver, por lo cual era cómplice del crimen. Los dos policías que habían confirmado la historia de que Canniff no estaba en la escena cuando llegamos también tendrían problemas.

—¿Has hablado ya con tu padre? —preguntó Smitty, soltándome los hombros y mirando al frente.

—No, no lo llamo desde que ocurrió.

—¿Y por qué no lo llamas? Estuvo en el cuerpo treinta y seis años. Seguro que te puede decir algo sobre todo este tema.

Contrariamente a lo que Smitty pudiera creer, mi padre y yo no es que nos llevemos muy bien. Yo lo respetaba por haberme criado cuando mi madre se marchó, pero nuestra relación siempre había sido tensa, en el mejor de los casos. Él no parecía saber qué hacer conmigo y yo estaba enfadada porque nunca estaba en casa. Las cosas no mejoraron cuando se casó con una mujer que sólo tenía cuatro años más que yo cuando yo tenía dieciséis. Pasé por una etapa salvaje y rebelde que en realidad no terminó hasta que me aceptaron en la academia de policía a los veintiún años. Por suerte, mi padre había conseguido solucionar todos los encontronazos leves que había tenido con la ley y de los que yo no había podido librarme a base de labia, por lo que mis antecedentes estaban limpios.

Me trasladé a Los Ángeles y acepté un puesto en el Departamento de Policía de Los Ángeles porque no quería trabajar bajo la sombra de mi padre en Nueva York. Creía que Los Ángeles estaba lo bastante lejos como para no tener que preocuparme de hacer honor a la fantástica reputación de mi padre. Me equivoqué.

Por capricho, mi padre decidió venir a visitarme antes de llevar de vacaciones a su mujer a Las Vegas. Habíamos quedado en el bar de Charlie porque yo no quería que viniera a mi apartamento y viera que después de seis meses viviendo en el mismo sitio, todavía no me había molestado en comprar muebles. Llegué tarde al bar de Charlie porque la capitana se empeñó en que le diera un informe sobre un caso que nos había asignado a Smitty y a mí.

Entré en el bar y me encontré a mi padre rodeado de unos siete tíos de mi comisaría. Era evidente que los estaba entreteniendo con historias de lo que hacían los duros criminales de Nueva York. Y eso que no se podía decir que Nueva York se llevara la palma en esta materia. Nosotros vemos eso todos los días, pensé malhumorada mientras me sentaba y fingía no escuchar. Los tíos, sobre todo Smitty, estaban pendientes de todo lo que decía. Me pregunté por qué nunca me había contado esas historias a mí. Seguro que porque pensaba que no me interesarían... y tenía razón.

—No puedo decirle a mi padre que he matado a un sospechoso indefenso, aunque fuese un gusano... —Meneé la cabeza. Ya me daba cuenta de que no había nada que pudiera decir para convencer a Smitty.

—Tienes que hablar con alguien que comprenda cómo funcionan las cosas, Everett. Tu padre sabe cómo son las cosas y si a mí no quieres escucharme, a lo mejor lo escuchas a él. Te va a decir lo mismo. Lo que estás pensando hacer no va a ayudar a nadie a la larga. Este tipo ya ha destrozado la vida de muchísimas familias, no dejes que destroce cuatro más.

Me apreté el caballete de la nariz con los dedos, tratando de evitar la migraña que se avecinaba.

—Esos novatos no se merecen perder su trabajo y mi hijo se merece un padre, y te aseguro que tú no deberías estar encerrada en una celda por algo que la mayoría de nosotros pagaríamos por hacer. Llama a tu padre. Dile lo que estás pensando hacer. A ver qué dice.


—A ver qué dice —rezongué, con mi pequeño compañero de apartamento en la mano, al que luego me puse en el hombro—. ¿Tú que piensas, Bud? ¿Crees que debería llamar al viejo para ver que opina de la situación, mmm? —Le pasé a Bud un trocito de queso que sujetó con las dos manos y, después de darle vueltas con bastante delicadeza, se lo metió entero en la boca. Bud estaba empezando a parecerse a mí. No había llegado a soltarlo y le había cogido cariño. Nunca había tenido una mascota y nunca había tenido intención de quedarme con Bud, pero me daba un incentivo para volver a casa. Lo cogí y lo metí en su pequeña rueda para hamsters, para que pudiera rodar por todas partes y estamparse con las paredes. Parecía pasarlo genial y el ruido impedía que me concentrara en nada concreto. De no ser por Bud, ni siquiera me habría molestado en venir a casa. Probablemente me habría ahogado en las vidas miserables de otras personas, con la esperanza de poder olvidar la mía.

Cogí el teléfono y marqué el número del piso de mi padre en Nueva York. Me quedé triste cuando mi monstruastra, como la llamaba yo, y él vendieron la casa donde me crié y se compraron un piso en un rascacielos tras la jubilación de mi padre. Mi monstruastra era una escritora bastante buena. Vale, escribía esas enormes novelas rosas de bolsillo. Ya sabéis, ésas que se ven en el supermercado con esas portadas donde aparecen un hombre que parece gay y una mujer pechugona retorcidos en posturas extrañas. Me pregunto si a sus fans les importa que sea bajita y feúcha y que esté casada con un hombre que le dobla la edad.

Mi mala uva bastó para animarme, así como el hecho de que todavía no hubieran contestado al teléfono, por lo que estaba casi segura de que iba a conseguir un indulto. Cuando estaba a punto de colgar el teléfono, contestaron bruscamente.

¿Diga?

—Mm, hola, ¿papá?

¿Foster? Hola, ahora mismo estaba pensando en ti.

—¿Ah, sí? ¿Y el qué? —Me eché en la cama y cerré los ojos mientras intentaba encontrar una manera de hablar de la situación con mi padre.

Foster, ¿sigues ahí?

—Oh, sí, papá, perdón.

He dicho que si tienes que hablar conmigo de algo.

—¿Por qué dices eso?

Bueno, es que nunca llamas sólo para charlar, Foster.

—Mm, sí, tengo que hablar contigo de una cosa. No sé por dónde empezar. —Se me escapó una lágrima por el rabillo del ojo y me la sequé enfadada. Me esperaba que mi padre me preguntara, como llevaba haciéndolo los últimos años cada vez que lo llamaba, si estaba embarazada. Mi padre se ha negado a ver la evidencia, aunque llevo dándole en la cabeza con ella desde que tenía unos quince años. Jamás me interesarían los hombres. No tengo nada en contra de ellos, qué diablos, si Smitty es mi mejor amigo, pero es que no son lo mío, nunca lo han sido. A pesar de mi libido inexistente, jamás podría tener algo más que una conversación cortés con un hombre.

Pero no hizo el comentario de costumbre, sino que se quedó esperando en silencio un momento y luego, con suave tono de mando, me ordenó que empezara por el principio. De modo que lo hice y se lo conté todo, empezando por el momento en que Smitty recibió la pista de Jackson y Fuller hasta llegar a mi conversación con Smitty en el callejón. Hubo un silencio total y absoluto al otro lado del teléfono.

Creo que Smitty tiene razón, Foster.

—¿Sí? —Solté aliento mientras mi padre hablaba con calma. No me había echado la bronca como yo creía por haberme puesto como una energúmena con aquel tipo.

¿De qué servirá que digas la verdad? Smitty tiene razón sobre las familias implicadas y, qué demonios, el Departamento de Policía de Los Ángeles tampoco necesita otra mancha.

—Pero... Pero, papá, yo... Fue a sangre fría. El tipo ni siquiera intentó defenderse.

Foster, lo hecho, hecho está. Este tipo era un gusano... no era nada. Smitty y tú le salvasteis la vida a ese niño y seguro que a varios otros también.

—La cuestión... la cuestión es que se merecía el derecho a...

Todo eso ya lo sé, Foster, un juicio por la vía rápida que los contribuyentes tienen que pagar para que podamos ver a ese hijo de puta sentado en el tribunal ante las cámaras de televisión con un traje de Armani declarando que sufrió abusos sexuales de niño y por eso no ha sido culpa suya. —La voz de mi padre se fue apagando cuando me acerqué a la ventana. No me hacía falta escuchar lo que decía porque todo eso ya se lo había oído a Smitty horas antes.

Me quedé mirando las calles de debajo, las luces de los frenos que centelleaban mientras los coches avanzaban despacio por el tráfico como hormigas sobre una raya de tiza. Todos iban a alguna parte y no llegaban a ninguna. Sujeté el teléfono entre el hombro y el cuello y seguí mirando mientras el zumbido de la voz de mi padre continuaba sonando en mi oreja. Oí un ruido detrás de mí y me volví y vi que Bud se estrellaba todo contento con la pared tres veces antes de decidir seguir por una dirección distinta. De cabeza a ninguna parte.


Le aseguré a mi padre que no haría nada sin hablar antes con él y colgué el teléfono. Me quedé mirando un rato a Bud mientras daba tumbos por ahí y luego lo volví a meter en su pequeña jaula y me fui a duchar. Esta noche no me apetecía quedarme en casa, de modo que decidí ir a Secretos.

La Casa de los Secretos era un bar cercano sólo para mujeres que pasaba por la fase sórdida o la fase de moda dependiendo de la época del año en la que fueras. Hacía mucho tiempo que había dejado de tener alcohol en casa, porque tenía demasiadas probabilidades de bebérmelo para anestesiarme. Sobre todo después de ver algunas de las cosas que había visto a diario. Mi padre y todos los policías de más edad que conocía bebían demasiado. Yo no quería ser así, de modo que regulaba mi ingesta de alcohol. Esa regulación incluía también no ir a Secretos tanto como me habría gustado.

Me llevé una sorpresa cuando una morena alta y musculosa comprobó mi identificación en la entrada. Parecía de mi edad, si no más joven, como de metro ochenta de estatura y con la constitución de un armario blindado, como diría mi amigo Marcus. No tenía el pelo tan largo como yo, pero lo llevaba recogido en una trenza como yo. Sin embargo, ahí terminaba el parecido, porque el mío siempre estaba despeinado y con mechones sueltos por la frente. Ella llevaba el suyo peinado hacia atrás de una forma tan tensa que le daba un aire casi severo. No podría jurarlo, pero me pareció que no tenía ni un pelo fuera de su sitio. Miró mi identificación de la policía y luego contempló mi permiso de conducir antes de devolvérmelos en silencio, mirando ya a la siguiente cliente. Descubrí que mi rincón de costumbre en el extremo del bar no estaba ocupado y pedí un chupito de tequila.

—Guau, ¿un día duro, Foster? —preguntó Stacy, la dueña y camarera ocasional, al pasarme el chupito. Lo cogí y me lo bebí de un solo movimiento. Stacy se echó hacia atrás los rizos rubios que habrían sido la envidia de cualquier chica de pelo liso. Al contrario que mi pelo, que era espeso y con tendencia a llenarse de caracolillos, el suyo era ese tipo de pelo al que aspira la gente cuando paga un dineral por una permanente.

—Sí, por así decir —dije con los ojos acuosos y el pecho en llamas por la bebida. Tequila... un potingue desagradable, pero funciona deprisa. Me apresuré a beberme una cerveza para quitarme el sabor mientras Stacy se ocupaba de otra cliente. Se acercó a mí de nuevo y me puso tan tranquila otra cerveza delante justo cuando me estaba terminando la anterior.

—Gracias, ¿me pones otro chupito? —Me pasó el chupito sin mucho convencimiento. Me di cuenta de que estaba pensando en no dármelo, pero qué demonios, era mayor de edad y no estaba borracha en absoluto—. Bueno, ¿qué pasa aquí? —Me bebí el chupito de tequila, intentando no hacer una mueca y fracasando miserablemente—. Parece más lleno que de costumbre.

—Sí, la gente de la universidad se ha coscado de que estamos aquí y estamos teniendo mucho trabajo. Pero muchas se gradúan dentro de unas semanas, así que seguro que luego volvemos a lo de siempre. Deberías pasarte más a menudo. —Me sonrió con los ojos clavados en mi pecho cuando me incliné sobre la barra para coger un cuenco de cacahuetes.

Stacy llevaba por lo menos dos años tratando de acostarse conmigo. Su compañera Lisa y ella tenían una de esas relaciones abiertas que tienen a veces las mujeres cuando se aburren la una de la otra y tienen demasiado miedo de estar solas o son demasiado caguicas para romper.

—Tal vez, pero ya me conoces, intento mantenerme lejos del alcohol todo lo posible.

—Ya, ¿y qué haces aquí esta noche?

Me encogí de hombros.

—Yo qué coño sé. Me apetecía relajarme. Olvidarme de algunas cosas.

—Pues has venido al sitio adecuado. Avísame si necesitas algo más. —Se fue al otro lado del bar para ayudar a una tía que llevaba un chaleco de cuero y Levis recién estrenados. Aparté la mirada preguntándome distraída cómo podía soportar sentarse con esos pantalones tan duros. Como todos los bares sórdidos que había visitado a lo largo de mi vida, Secretos tenía una fila de espejos que cubría toda la pared de la barra. Delante había una serie de estantes llenos de marcas desconocidas de licor, pero había suficiente espacio entre las botellas y por arriba para que una persona pudiera echar el ojo a las clientes del bar sin dar la impresión de estar buscando ligue. Stacy había ido a darle una botella de agua a la amazona grandota que hacía guardia en la entrada y ahora estaba con los brazos en jarras sonriéndole de oreja a oreja. La portera la escuchaba cortésmente, pero parecía tan incómoda como yo con el flirteo descarado de Stacy. Solté una risita disimulada. Mejor ella que yo. Me terminé la cerveza y dejé la botella en la barra con un golpe. Empezaba estar atontada, lo cual era bueno. No estaría mal conseguir dormir un poco.

Stacy volvió y me puso otra cerveza. Yo no paraba de mirar a la portera por los espejos, más por aburrimiento que otra cosa. Un grupo de tres mujeres, una de las cuales era una rubia despampanante, entró tambaleándose por la puerta. La despampanante se colgó del brazo de la gran portera como si la conociera. Sus amigas hicieron una mueca y se fueron a una mesa mientras ella seguía pegada a la morena. Observé toda la escena, mirando ahora descaradamente. La portera aventajaba muchísimo en estatura a la rubia, que probablemente medía lo mismo que yo, si no dos o tres centímetros menos. La tía parecía estar diciendo algo muy intenso porque tenía los ojos medio cerrados. La cara de la portera no mostró emoción alguna durante un instante y luego dijo algo y se apartó de la rubia. La rubia, con aire muy ofendido, fue malhumorada hasta sus amigas y se sentó muy disgustada.

—Uy, te ha pegado un corte, ¿eh? —Me reí por lo bajo y me giré en mi asiento para ver mejor—. Jo, ¿pero quién demonios es ésa? —Estaba hablando sola, pero Stacy pasaba en ese momento y me oyó. Apoyó los codos en la barra y miró hacia la entrada.

—Ah, ¿te refieres a Riley? Jo, pues sí que hace tiempo que no venías por aquí. Esta gente más joven que viene ahora empezó a dar problemas, así que llamé a una compañía de seguridad para poner un guardia en la entrada. Pero dije que tenía que ser una mujer, ya sabes lo que sienten algunas de las señoras por los hombres. Dijeron que tenían la chica perfecta para mí y, efectivamente, me enviaron a Riley. Está terminando sus estudios de fisioterapia en la universidad, pero lleva unos meses trabajando aquí para ayudarme.

—¿Sí? Es grandota, ¿no?

—Sí, no me va a hacer ninguna gracia perderla cuando se vuelva a casa. Da un miedo que no veas a casi todo el mundo. Nunca tenemos problemas cuando está aquí.

—Seguro que no. —Me volví y rodeé mi cerveza con las manos—. A mí no me gustaría nada tener que vérmelas con ella.

—Mmm. —Stacy sonrió con sorna—. No sé yo, Foster, a mí me encantaría acostarme con una grandullona como ésa.

Mis ojos se vieron atraídos hacia el espejo y me sobresalté al ver que estaba mirando hacia mí. Mis labios soltaron la botella con un ligero ruido y me tragué la cerveza. Es una coincidencia, no me está mirando a mí. Qué ojos tan azules tiene, pensé justo antes de que apartara la mirada.

—Pero es una pena. —Stacy se alejó de mí limpiando la barra, con los ojos clavados aún en la figura perfectamente definida de la portera.

—¿Qué es una pena? —Me di cuenta de que Stacy seguía hablando y logré a duras penas no atragantarme con otro largo trago de cerveza.

—Una pena que no entienda.

—¿No? —Me volví para mirar a la giganta de la puerta y tuve que girarme de nuevo a toda prisa porque me estaba mirando directamente.

—¿Estás segura de que no entiende? A lo mejor es que no se le nota tanto como a ésa. —Señalé con la barbilla a Chrissie, la camarera de Stacy a tiempo parcial. Stacy sonrió: sabía a qué me refería. Lo que en realidad delataba a Chrissie no eran los oscuros tatuajes de las hachas que adornaban sus bíceps, ni el corte de pelo irregular que le encantaba lucir, ni la camiseta de tirantes y los pantalones sueltos que llevaba prácticamente todos los días, sino más bien la rala perilla que Chrissie lucía amorosamente en la barbilla. No logro comprender por qué se esforzaba tanto en tener ese aspecto para seguir insistiendo en que la llamaran Chrissie en lugar de Chris a secas.

—Bueno, de vez en cuando la llama al móvil un tío que se llama Brad, creo. Se le pone la cara toda tierna y al instante pide hacer un descanso para poder hablar con él en privado. Hasta la he oído decirle que lo quiere una o dos veces. Jo, si hasta sonríe cuando habla con él.

—¿En serio? —Volví a mirarla con escepticismo. Estaba estudiando el permiso de conducir de una pobre cría. Vi cómo le devolvía el carnet a la chica sin decir palabra y abría la puerta. La chica y sus amigas, avergonzadas por haber sido pilladas, se dieron la vuelta y salieron por la puerta. Todo ello transcurrió sin que ninguna de las dos partes dijera una sola palabra.

—Daría la teta derecha por tirármela —comentó Stacy cuando nos obsequió a las dos con una buena vista de su culo prieto y sus fuertes muslos al inclinarse para atarse un cordón, aprovechando que no tenía clientes en la puerta. Se irguió y dio patadas en el suelo hasta que los pantalones le cayeron por encima de las botas como era debido. Sonreí al reconocer el gesto. Yo hacía lo mismo todos los días.

—No sé, Stacy, yo prefiero que mis mujeres sean un poco más... accesibles. Ah, y lesbianas, no lo olvidemos.

Stacy se encogió de hombros, con los ojos todavía clavados en la morena, mientras limpiaba el espacio que había delante de mí por quinta vez.

—Jo, pero qué buena está, ¿verdad?

—Mmm, supongo —asentí distraída y bebí un trago de cerveza. Stacy me sacaba sus buenos diez años. Debería saber que el aspecto físico y un cuerpo estupendo no lo eran todo. Su compañera Lisa no tenía el cuerpo que tenía ésta, qué diablos, la mayoría de los mortales no lo tiene. Y tampoco era tan guapa, pero mira que era encantadora. Siempre dispuesta a dedicarte una sonrisa y una palabra amable. Jo, a mí me encantaría tener a una mujer como Lisa en mi vida. Volví a mirarla por el espejo: pero sí, la portera era muy atractiva.

—¿Así que estás diciendo que no querrías probar con ella?

Me encogí de hombros.

—¿Quién demonios iba a querer hacerle arrumacos a una bestia?

—Joder, yo.

Meneé la cabeza. Me refería a mí misma al hacer ese comentario, pero si se lo explicaba, empezaría otra vez a tirarme los tejos. De modo que compartí el chistecito de Stacy, con la esperanza de que cambiara de tema.

—Bueno, ¿cuándo fue la última vez que echaste un polvo?

Ya estamos otra vez. Bebí un trago de cerveza antes de responder.

—Stacy, ¿es que nunca te rindes? —Me reí ligeramente para quitarle hierro al comentario.

—Qué va, no hablo de mí, aunque cosas peores podrías encontrar. Es que me preocupas. Estás tan metida en ese trabajo tuyo que ya no desprendes la vibración.

—¿Qué vibración?

—Sí, ya sabes. —Stacy se inclinó hacia mí—. Esa vibración que dice "Soy lesbiana, ven y cómeme".

—Ja, ya, pues me alegro de no desprender ya esa vibración. Podría ser peligroso.

—Eh, mira. —Stacy estaba mirando algo detrás de mí. Siguiendo mi costumbre, no me volví de inmediato. En cambio, miré como de pasada en los espejos. La morena portera se había soltado el teléfono móvil del cinturón y estaba contestando. Agitó la mano para hacer pasar a dos mujeres y escuchó atentamente un segundo. Me quedé pasmada al ver cómo se transformaban sus serios rasgos ante mis propios ojos.

—¡Joder! —murmuré.

—Te lo dije, fantástica, ¿eh?

—Jo, ya lo creo. —Fantástica no era la palabra adecuada. Parecía tan feliz y llena de vida que costaba no mirarla. Vibrante tal vez fuese una palabra mejor, pero seguía sin describirlo bien del todo.

—Ya, pues Fred o Brett o como se llame es un capullo con suerte —dijo Stacy y yo me bebí el resto de la cerveza y me levanté tambaleándome.

—Bueno, ya he tenido suficiente, Stacy. Ya estoy bastante pedo, así que será mejor que me marche. Tengo que trabajar mañana. —Tras despedirnos, me dirigí hacia la puerta, sonriendo cortésmente a los ojos invitadores que me iban saludando. Creedme, chicas, no os convengo nada. Sonreí despectivamente y alargué la mano para empujar la puerta y salir.

—Buenas noches.

Me volví para mirar a la giganta sentada en la banqueta detrás de mí. Había pasado a su lado sin mirarla siquiera. No había visto que le dijera una sola palabra a nadie que saliera o entrara, de modo que no esperaba que conmigo fuera a ser diferente.

—Buenas noches —le contesté y la puerta se cerró detrás de mí.

Puuf, qué frío hace, pensé mientras caminaba, maldiciéndome por no haberme traído la cazadora. La camisa ligera que llevaba encima de la camiseta no me protegía en absoluto del viento gélido.

Había decidido atajar por el aparcamiento a oscuras para ir a mi apartamento, en lugar de ir por las aceras bien iluminadas. Aunque el centro no era una zona muy segura, en todo el tiempo que llevaba frecuentándolo nunca había habido ningún problema en Secretos que yo supiera. El alcohol debía de haberme abotargado los sentidos, porque apenas tuve tiempo de captar las pisadas detrás de mí antes de que una mano fuerte se posara en mi hombro.

Me giré en redondo por instinto al tiempo que sacaba mi pistola reglamentaria y apuntaba con firmeza al pecho de mi atacante. Lo primero que te enseñan es a no ponerte nunca tan cerca que puedan arrebatarte la pistola. Retrocedí y volví a apuntar con cuidado al pecho, que por alguna razón se balanceaba. Guiñé los ojos.

—Mm... jo, ¿estás bien?

Al parecer la portera de Secretos me había seguido hasta fuera. Era incluso más alta de lo que creía. Yo le llegaba al pecho, que no era un mal sitio al que llegar, pero, jo, qué mujer tan grande. Se había puesto pálida y parecía a punto de desmayarse. Por algún motivo, seguía con las manos en el aire. Tardé un momento en darme cuenta de que seguía apuntándola con la pistola. Bajé el brazo a toda prisa.

—Oh, lo siento, pero deberías tener más cuidado al acercarte a alguien por detrás. Oh, mierda. —La agarré por la cintura, sorprendentemente estrecha, cuando se tambaleó hacia delante. Su hombro me golpeó la nariz, tuve que parpadear rápidamente y por un segundo nos quedamos así, unidas en un abrazo curiosamente reconfortante. Tuve una sensación extrañísima como de chocolate y manta abrigosa.

—Ven, siéntate, ¿vale? —Sin decir nada, me dejó que la sentara en el bordillo—. Baja la cabeza, así estarás mejor. —Se puso las manos en la nuca y se quedó mirando al suelo. La miré, sintiéndome culpable al ver cómo se le estremecía el cuerpo.

—No me gustan las pistolas. —El gruñido sonaba apagado, pero capté el miedo, la rabia y el bochorno en su voz.

—Lo siento... soy policía, son gajes del oficio. —Por alguna razón, estaba hablando con esta mujer como si fuese yo la que le sacara más de quince centímetros de estatura y probablemente más de veinte kilos de peso, y no al contrario. Le toqué la espalda y aparté la mano rápidamente cuando los tersos músculos se agitaron debajo—. Mm, ¿crees que te podrás levantar?

La ayudé a ponerse de pie, nos quedamos mirándonos un momento y luego las dos apartamos la mirada. Yo llevaba saliendo con mujeres desde que tenía quince años y más o menos el mismo tiempo quitándome hombres de encima. Nunca hasta ahora me había sentido tan incómoda con nadie. Y tanto si entendía como si no, ella parecía sentirse igual. De repente, me sentí mortificada, al darme cuenta de que le estaba mirando los pechos.

—Tengo que irme —le dije nerviosa.

—Siento... siento haberla asustado. —La voz le seguía sonando algo tomada, como si estuviera acatarrada. Seguro que por no llevar chaqueta, pensé al advertir que sólo llevaba una camiseta ligera.

—Me parece que eso debería decirlo yo. ¿Me necesitas para algo? —pregunté mientras enfundaba mi pistola.

—No. —Y luego, como si se acabara de acordar, dijo—: No irá a conducir, ¿verdad?

Fruncí el ceño y entonces caí en la cuenta de que pensaba que a lo mejor estaba a punto de ponerme al volante después de todo el alcohol que había consumido. Lo que más temía Stacy era que alguien se pillara un pedo en su local y que luego saliera y matara a alguien y ella quedara como la culpable. Seguramente hacía que esta mujer vigilara a todo el mundo. Me sentí un poco desilusionada.

—No, no he traído coche. Vivo a pocas manzanas de aquí. Gracias por el interés.

—De nada —dijo, de nuevo con esa voz apagada que tenía.

—Bueno, me voy, si estás segura de que estás bien.

Se limitó a asentir y siguió allí parada, de modo que me metí las manos en los bolsillos de los pantalones y eché a andar hacia casa. Tuve tentaciones de volverme a mirar, porque estaba segura de que ella seguía mirándome desde el aparcamiento. Me debería haber sentido incómoda, pero no era así. Sentía que no estaba sola, que a alguien de verdad le importaba si llegaba a casa sana y salva o no.

Sofoqué una carcajada. Sí, estoy mucho más bolinga de lo que creía.


PARTE 2


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